Desde la perspectiva de la memoria, hay que verla con los ojos  del historiador de los vencidos, aunque reconozco que implícitamente se podría legitimar y exaltar al villano de marras.

Por Carlos Victoria

Hace pocos días un taxista me declaró su profunda admiración por Pablo Escobar en las calles de Bogotá. Había llegado del Huila y no ha salido de la pobreza. “Vendí vicio y robé…para mantener a mis hijos”, dijo. Es su ídolo porque ha sido el más malo entre todos los malos. “No le temblaba la mano… es un verraco”. Como otros colombianos habla de Escobar en presente, como si no hubiera muerto. Pero lo que más impresionó de la conversación fue esto: “yo no lo enseño valores a mis hijos. A los ricos no le enseñan valores y miren dónde están… en cambio a nosotros los pobres nos enseñan valores para que sigamos siendo pobres…”

Es indudable que el atajo abierto por el narcotráfico se convirtió en la ruta  que atraviesa de lado a lado la incapacidad del Estado para ofrecer y garantizar derechos y oportunidades, especialmente a los más pobres y excluidos. La devoción de amplios sectores de la sociedad colombiana por Escobar es parte del correlato de la crisis por inclusión social, económica y política. El mítico Efraín González ya había notificado en los años sesenta que las grietas abiertas por un modelo extraordinariamente segregado sentenciaba la suerte de varias generaciones inmersas en un conflicto  del cual hoy difícilmente pueden salir airosas.

El orden mafioso que introdujo el narcotráfico en Colombia permeó todos las células de la sociedad. Ninguna escapó a su racionalidad. Ni la iglesia católica, ni mucho menos otras referentes morales. Desde entonces el país se sumergió en un pantano del cual no sale. Lo pudre y somete a sus reglas del juego cada vez más sofisticadas pero que culturalmente tiene un arraigo tan poderoso como quiera que  instaló una mentalidad ligada a hacer del atajo una institución sobresaliente en el comportamiento cotidiano de los agentes. Por supuesto que determinados sectores de la clase política llevan  la delantera.

La llamada narco cultura, de la cual algunos se escandalizan, tras el exitoso estreno del seriado de Caracol Televisión sobre la vida del bandido, es el sedimento que ha dejado esta industria en una sociedad cada vez más permeada por un negocio que sustenta diversos sectores de la economía, como el financiero, la agricultura, el comercio, la construcción, el turismo, el deporte, etc. Que este episodio de la diáspora nacional haya sido llevado al cine, la literatura y la televisión no es más que el reflejo de una etapa histórica de la vida de los colombianos, maximizada comercialmente.

En septiembre de 2006, recordemos, la “marcha de protesta” realizada en Pereira con ocasión del seriado “Sin tetas no hay paraíso”. Escasamente salieron los funcionarios públicos a asolearse, mientras Bolívar –su libretista-  confraternizaba con la muchachada del sur de la ciudad de Pereira. “Yo puse a leer a Colombia”, dijo en ese entonces el escritor, mientras las élites  locales se daban golpes de pecho. Como hoy, también salieron a la palestra voces que condenaban la difusión de las secuelas heredadas del narco, pero no –curiosamente- contra el narco mismo. La doble moral, como siempre, sumerge y logra el efecto de desviar el curso objetivo del debate.

Para quienes se rasgan las vestiduras y se escandalizan por la mediatización de esta tragedia basta recordar que la cultura traqueta, como lo sostiene el profesor Fabio Zambrano (1999), se instaló por imitación en las barriadas como el “símbolo generador de un prototipo social”. Para esto no fue necesaria la televisión. En la actual fase de consolidación del narcotráfico por otras vehículos de socialización y legitimación, incluida la institucionalización de liderazgos mesiánicos de vena mafiosa, el seriado en el que se reconstruye la memoria delincuencial de Escobar no es más que  un acicate de lo que está hecha esta sociedad.

El patronazgo mafioso que ostentó el líder del cartel de Medellín  es un eslabón más de la cadena de poderes que se han encargado de ejercer control moral, social, económico y político en la esfera pública y privada de la sociedad colombiana. Algo va del conquistador español, el encomendero, del gamonal al patrón, el contrabandista, y la figura del  capo que emergió de las breñas del sur de Italia. Todos han ejercido el poder desde la intimidación, y a la vez prodigaron un paternalismo que les catapultó su verdadera esencia: la industria de la protección (Gambetta, 2010). Al igual que  el Estado, la mafia ejerce la violencia. A lo sumo este se ha valido de ella para asumir el control donde la gobernabilidad es azarosa.

Samper, elegido presidente con dineros del cartel de Cali, fue directo. “Hay que legalizar la mafia antes de que, por mantener en la clandestinidad esos  capitales, sus dueños acaben con nuestras instituciones” (marzo 18 de  1982, citado por Fabio Castillo en Los nuevos jinetes de la cocaína). La predicción se cumplió sin mayores atenuantes. En cuestión de años la narco democracia  se prodigó a través de la narco política y la parapolítica con los estragos por todos conocidos. Lo critico, como lo argumentaba en vida el profesor Darío Betancur Echeverry (1998) –quien fue desaparecido por sus  valerosas investigaciones en este campo– es que, a propósito del seriado,  “la repetición de datos y de fechas sigue manteniendo la estructura del curso de la historia”. En Colombia no pasa nada, dicen.

El escozor que  produce el patrón del mal, como sostiene el experto Omar Rincón, es parte de las discursividades que cumple en una sociedad el dramatizado televisivo. No por ello es una apología al delito como lo pretenden algunos moralismos que  rebrotan cada vez que la tragedia se vuelve rating. Desde la perspectiva de la memoria, hay que verla con los ojos  del historiador de los vencidos, aunque reconozco que implícitamente se podría legitimar y exaltar al villano de marras. En clave deconstructiva, y ante el colapso de la moral pública, como sostiene Mauricio García, al menos quedan patentizadas dos cosas: la apología al misticismo católico y la legitimación seudopopular del poder de los señores (Marino, 2002). Ambos están arraigados en el ADN de la nación. El clon de Escobar no solo está en la pantalla.