Gloria Inés Escobar (Columna)Y contrario a lo que muchas personas pregonan y pretenden hacer creer, cuando abortamos, la mayoría nos sentimos felices y pronto lo olvidamos. Este hecho no se nos convierte en una pesadilla que no nos deja vivir en paz. No tenemos cargos de conciencia y no pensamos en que hemos cometido ningún crimen.

 

Por Gloria Inés Escobar

Como mujer defensora del derecho al aborto dentro de una sociedad abiertamente patriarcal y en no pocos casos misógina, cansa tener que estar esgrimiendo razones, alegando argumentos para justificar una decisión estrictamente personal como lo es la de abortar. Y cansa porque frente a razones en el terreno de los derechos humanos dentro de un estado laico, como el nuestro, se erige como respuesta una muralla ética de carácter religioso, ética que no es la única posible ni la mejor pero que se impone por capricho y poder de algunos a pesar de su evidente doble moral; y cansa y fastidia también porque frente a los argumentos científicos se levanta siempre el muro de las ideas patriarcales sostenidas bajo la premisa nada objetiva de la subordinación de la mujer a la voluntad del hombre, de las ideas religiosas sin más fundamento que el mandamiento y la voluntad de lo divino, de lo metafísico, y de las ideas pueriles, necias que en nombre de lo “natural”, se empeñan en colocar por encima de las evidencias y las decisión de las mujeres, la tiranía del determinismo biológico.

Cansa tener que seguir convenciendo a una sociedad que les ha dado la espalda a las mujeres en todos los terrenos, que el aborto es un derecho que se debe garantizar y una decisión personal que se debe respetar. Cansa ser exhaustiva y honesta en las razones cuando hay que darlas a una sociedad hipócrita que tolera y prohíja una cantidad ingente de crímenes, violaciones e ignominias pero se pone histérica y condena y criminaliza a una mujer porque decide abortar.

Por eso, porque estoy cansada de argumentar a oídos sordos. Simplemente quiero decir que muchas mujeres abortamos porque no sentimos ni el deseo ni la necesidad de ser madres, porque deseamos vivir una vida libre de las preocupaciones y tribulaciones que implican los hijos, porque no tenemos ningún deseo de procrear, porque estamos convencidas que la maternidad es una opción y por lo tanto podemos rechazarla, porque queremos vivir por otras causas, porque deseamos transitar por esta vida más ligeras de carga.

Abortamos simplemente porque lo deseamos. Y para abortar no tenemos que pedir permiso a nadie, ni a la sociedad ni a la iglesia ni al Estado, tampoco a nuestros compañeros que en no pocos casos se desentienden de la crianza y educación de los hijos y delegan exclusivamente esta tarea en las mujeres. El aborto es una opción estrictamente personal que debe ser tomada por consideración íntima de la implicada.

Abortamos porque no estamos dispuestas a renunciar al ejercicio de una sexualidad erótica y placentera y frente a la cual, pese a los cuidados y prevenciones que se tomen para evitar engendrar vida, siempre está el riesgo y la posibilidad de un embarazo no deseado. Abortamos porque el aborto es la solución y no el problema.

Y hemos abortado a pesar de haber sido ilegal y penalizado, y aún ahora que está parcialmente permitido, seguimos haciéndolo a punta de lucha porque si bien existe el derecho en la ley, en la realidad se torpedea desde todos los flancos posibles su realización, lo que nos ha llevado a seguir acudiendo a la clandestinidad con todas las consecuencias que ello implica, entre otras, la muerte de la mujer, que paradójicamente no importa en absoluto a quienes defienden con tanto ardor la vida. Sí, muchas mujeres abortamos y no estamos dispuestas a renunciar a este derecho aunque tengamos que tomarlo a la fuerza y a escondidas.

Y contrario a lo que muchas personas pregonan y pretenden hacer creer, cuando abortamos, la mayoría nos sentimos felices y pronto lo olvidamos. Este hecho no se nos convierte en una pesadilla que no nos deja vivir en paz. No tenemos cargos de conciencia y no pensamos en que hemos cometido ningún crimen. Abortar definitivamente no trastoca nuestra vida. Tampoco nos convierte en inhumanas. No sentimos ni nostalgia ni dolor ni tristeza ni nada que amargue nuestro existir. No sentimos más que alivio. No nos sentimos ni peores ni mejores que quienes no abortan. Nos sentimos tranquilas. Abortar es simplemente una decisión que, como cualquiera otra que nos concierne y define gran parte de nuestra vida futura, se toma consciente, responsable y seriamente. Finalmente, abortar nos hace libres como mujeres y dueñas de nuestra vida.

En resumidas cuentas, muchas mujeres abortamos porque sí y ya.

Junio 28 de 2013