Al calor de las masas

Y surgen otras inquietudes. ¿Qué energía transmite la colectividad que nos impulsa a comportamientos poco comunes en nosotros? ¿Por qué los replicamos si, según sabemos de la psicología, esa masa es intelectualmente inferior a nosotros pensando, solitarios, en nuestro cuarto?

 

Por: Giussepe Ramírez

Es como si Melville hubiera escrito:

Basta que sea irracional un sólo hombre

para que otros lo sean y para que lo sea el universo.

Jorge Luis Borges

 

Imagínese en una plaza llena de gente donde le echan el cuento de que quien está en medio de la plaza, desnudo, es un violador de niños y hay que golpearlo, ojalá matarlo. El sentido común y las leyes le dictarán que debe averiguar más, que no basta con el rumor o el testimonio de unos cuantos, que para condenar a alguien faltan pruebas. Sin embargo, lo más seguro es que la mayoría de gente en esa plaza desatienda su sentido común y la emprenda contra el sospechoso; lo más probable es que usted entre en esa mayoría. En resumen, la masa puede convertir en un asesino a alguien que nunca sospechó asesinar.

Es indudable que para vivir en sociedad debemos replicar ciertos comportamientos de los otros, y que muchas de estas construcciones sociales nos permiten desarrollar nuestro potencial de forma genuina, pues son la memoria de conocimientos adquiridos durante décadas y siglos. El ejemplo más claro es el lenguaje; nuestro idioma y acento responden a eso: una forma de sobrevivir y crear relaciones empáticas. Así no nos guste, somos moldeados por la colectividad. Pero qué pasa cuando esos actos, más que con la empatía tienen que ver con el odio hacia otros, y la racionalidad es casi nula al momento de ejecutarlos.  

Una mujer que casi no va al estadio a ver fútbol me contó lo siguiente. Su papá la llevó al estadio; durante los primeros cuarenta y cinco minutos de un partido “importante” y lleno de tensión repitió el comportamiento de los otros hinchas: puteó, abrazó a un anciano que no conocía, se alteró y sufrió. Al llegar al descanso la gente se dispersó y ella, ya tranquila y consciente, se preguntó por qué actuaba así, por qué algo que no afectaba su vida la arrastraba a semejantes comportamientos. En los segundos cuarenta y cinco minutos también fue arrastrada por la masa y la euforia final le pasó por encima.

Otra mujer me dijo que admiraba a Hitler por su capacidad de persuasión. Habría que preguntarse qué tan genuina es esa capacidad cuando una nación casi por unanimidad sigue a un líder con un objetivo tan cuestionable moralmente; cuál es el nivel de análisis de una masa uniforme a la que no le interesa el debate.

Y surgen otras inquietudes. ¿Qué energía transmite la colectividad que nos impulsa a comportamientos poco comunes en nosotros? ¿Por qué los replicamos si, según sabemos de la psicología, esa masa es intelectualmente inferior a nosotros pensando, solitarios, en nuestro cuarto? Una de las tantas respuestas es que al mezclarse con la masa el individuo se vuelve anónimo y por lo tanto puede realizar sus pulsiones inconscientes.

En un primer momento el individuo no busca la aprobación. Lo que lo impulsa es algo más fuerte que caer en gracia con la colectividad, una especie de embriaguez que se apodera de él, y al volver en sí se pregunta “qué carajos hice”, lo común después de una borrachera. El individuo adopta la forma de la masa, sin matices; lo digo porque todos en algún momento hemos sido contagiados por los comportamientos de un grupo, sin que opere nuestra capacidad de análisis.  

Seguramente usted no va mucho a la plaza de su ciudad; me refiero a detenerse y sentarse a dejar pasar el tiempo y ver pasar la gente. Pero existe otra plaza a la que acudimos diariamente, y nos sentamos y dejamos pasar el tiempo. Lo más probable es que en este instante usted tenga abierto Facebook o Twitter y estén linchando a alguien. Normal. Usted está solo en su cuarto, su oficina, un baño o ante un plato de comida; su capacidad mental debería ser suficiente para sopesar argumentos en las discusiones que se dan en estas redes sociales. Sin embargo, desde esa virtualidad es arrastrado a replicar los ataques contra alguien, sin argumentos o debate serio de por medio. Usted se convierte en la masa y condena al sospechoso.

El día miércoles 23 de marzo, la periodista Andrea Guerrero fue acusada de racismo en Twitter. Fue creada una etiqueta que se convirtió en tendencia: #AndreaGuerreroRacista. Aquí entra otra vez el fútbol y el escaso discernimiento con el que opina un colectivo. La discusión inició por los comentarios de la periodista sobre lo inconveniente de la convocatoria de Pablo Armero a la Selección Colombia, pues este había golpeado a su esposa meses atrás y había que rechazar estos comportamientos y enviar un mensaje claro desde una institución como la Federación Colombiana de Fútbol.

Entonces los tuiteros retrocedieron en el tiempo y recordaron la posición de la misma periodista frente a un caso de violencia contra la mujer en el que el agresor fue Hernán Darío Gómez, técnico de la Selección para esa fecha. Aquella vez su opinión fue similar a la del caso de Pablo Armero, aunque menos tajante: el técnico debía renunciar, aunque ella no emitiría juicios de valor. Sin embargo, el asunto tomó los derroteros del racismo (ahora es común que ante denuncias u opiniones de rechazo frente a algo, el implicado o sus seguidores esgriman como razón el género, la raza o la clase social para defenderse, en vez de esgrimir argumentos para desvirtuar las acusaciones). Lo que vino después fue la saña común en estos casos: insultos de todos los calibres, acusaciones sin sentido y amenazas de muerte.

El tema de fondo era si se podía separar la esfera profesional de la esfera personal, cuando claramente en la segunda había un comportamiento condenable desde todo punto de vista; si algo tan popular como el fútbol debía condenar desde su organización a los agresores con la separación definitiva de la Selección. Pero no, el debate se desvirtuó y la periodista fue convertida en la enemiga pública número uno, y el maltratador pareció erigirse como un héroe, como un prócer del deporte nacional.

¡Ay, las masas, los gregarios!

@Animalmoribundo