Sean Penn ha sido un ferviente crítico del sistema económico y ramplón en el que vivimos. Pero sin la necesidad de hacer un panfleto o una pirotecnia documental, decidió ofrecer un banquete artístico. The last face es un tesoro testimonial y cinematográfico, que de la misma manera como nos seduce por su calidad, nos conmueve por su tratamiento de la historia.

Por: John Harold Giraldo Herrera 

¿Cómo juntar la fuerza de las imágenes con el poder de una historia? Sean Penn lo consiguió. Ha hecho una película sobre los refugiados, sobre esos lugares del destierro, que han sido sepultados por el ojo de los medios y que se convierte en una molestia para el presupuesto de gobiernos y que en últimas viven una de las peores tragedias: ni siquiera se les concede nombre, no pertenecen a ningún territorio, porque allá, donde fuera que viviera, fueron despojados, masacrados y las manos criminales decidieron saquear su memoria. En algunas ocasiones son sujetos de interés por un hecho quizás casuístico, de resto, su rostro, su ideario, sus sueños fueron arrebatados. Hoy un tercio de la humanidad, quienes no cuentan entre sus pertenencias el derecho a idear otra vida, deben conformarse con huir, escapar, esconderse, someterse a una serie de vejámenes, por guerras y conflictos que ya no se sabe por qué es lo que pelean sus soldados y mercenarios; mientras que saquean los recursos naturales, aseguran sus mafias y desafían el modo de vida de culturas. Sean Penn, ese actor que fue niño rebelde de Hollywood y ahora es un polémico y reconocido cineasta, ha gestado una historia que es un arsenal de emotividades.

Si usted, quien aprecia las historias, pudo ver El jardinero fiel y se conectó con semejante drama y tuvo identidades con lo que nos contaron, ahora va a estallar en poesía, pues desde el principio una artista nos delinea con arena, a modo de performance en vivo, una narrativa de unos médicos, mientras que suena con su imponencia de melodías, una banda sinfónica. En el intermedio, una furtiva pareja se despide, y sabemos que entre ellos, ocurrió ese flechazo, esa punzada, esa andanada de circunstancias que los puede unir como separar. La corriente del amor, también es otro hilo conductor, en el que vamos quedando, en la película The last face, o en castellano como se tradujo: Diré tu nombre o Un lugar para quedarse.

Cualquiera sea la manera de titularla, el hecho apremiante, el que convoca nuestras sensibilidades, es el de un poderoso relato, con su capacidad técnica, fotografía, montaje, banda sonora, actuaciones, locaciones, ritmo narrativo, estructura, detalles de todo tipo, han sido dispuestos para no olvidar a esos seres que en todo el planeta, fueron borrados, desdibujados. Si una vez Edvard Munch, el pintor, dejó para siempre una obra pictórica de los estragos de las bombas nucleares, en esta película Sean Penn colocó un punto muy en alto, sobre seres desproporcionados por estar padeciendo una realidad en la que ni siquiera existen por haber sido invisibilizados. Pero digamos que no están del todo en solitario, algunas manos con su sapiencia y ternura, una serie de voluntarios y uno que otro organismo y organización no gubernamental, hacen esfuerzos por arrebatarles un peldaño de vida, en sus atrincheradas fronteras flotantes.

La apuesta de Penn o la alternativa de uno como espectador, es grabar, incorporar, hacer propio un dolor, experimentarlo desde una cómoda butaca, y ver ese plató donde van pasando los horrores humanos de otros despiadados; sacuden nuestras entrañas, pero para no fenecer ante tanta indulgencia, hay dos gotas con las cuales refrescamos el desierto: dos médicos intentan intimar sus debilidades y allí florece algo de esperanza, por el otro, esos individuos cuya disposición es la de no estar sentados, ni a la espera de que llueva maná del cielo o que algo más sea lo que permita otro tipo de situaciones y ponen sus esfuerzos al servicio de los demás.

Sean Penn ha sido un ferviente crítico del sistema económico y ramplón en el que vivimos. Pero sin la necesidad de hacer un panfleto o una pirotecnia documental, decidió ofrecer un banquete artístico. The last face es un tesoro testimonial y cinematográfico, que de la misma manera como nos seduce por su calidad, nos conmueve por su tratamiento con la historia. Bastaría ir suspirando con la puesta en escena, con los múltiples desenfoques arriesgados por el director de fotografía, por cada persona que aparece allí de repente: mutilados, niños con pocas sonrisas que siguen jugando, huérfanos de la infamia, irresistibles al derecho de respirar, viajar hacia geografías ni siquiera rotuladas, o en la vibración del diario vivir de médicos irrigados por el mundo tratando de tapar una arteria, de suturar un disparo, de mitigar un ataque a machetazos, de impedir que la sangre siga brotando, así como el desinterés humano por sus semejantes.

Diré tú nombre, no en el de una deidad cuyas marcas no aparecen, no cuando quieras o decidas aparecer, sino cuando sea necesario. En ese lugar para quedarse donde también es posible construir un espolvoriento grado de esplendor. Sean Penn lo ha logrado, su película tiene nombre y sus personajes obtuvieron nuestra atención, la anodina historia de amor entre dos médicos, más el interés por cautivar nuestros sentidos, surtió un efecto, no placebo, como muchas películas, sino duradero.

 

Ficha técnica

Año, país, duración

2016, Estados Unidos, 131 minutos

Director

Sean Penn

Guion

Erin Dingam

Música

Hans Zimmer

Fotografía

Barry Akroyd

Actores

Charlize Theron, Javier Bardem, Adèle Exarchopoulos, Jean Reno, Jared Harris,Sibongile Mlambo, Bronwyn Reed, Sarah Muhoho, Ebby Weyime, Hopper Penn

Productora

River Road Entertainment / FilmHaven Entertainment / Gerber Pictures

Género

Drama | África. Drama romántico

 

*Docente Universidad Tecnológica de Pereira

John.giraldo.herrera@gmail.com