Mi niñez estuvo signada por la agitación que provocaba el ir y venir de personas que ganaban el sustento hilando en sus telares. Cuando en familia nos trasladamos de Neira para Manizales, yo tenía seis años, y nuestro lugar de residencia, hasta hoy, fue en el barrio San Joaquín, al pie de la fábrica.
Por Martín Rodas*
“Nunca fuimos más libres que durante la dominación alemana,
porque solo bajo los nazis entendimos el verdadero valor de la libertad.”
Jean Paul Sartre
La gigantesca estructura de la Fábrica de Hilados y Tejidos Única, abandonada y ruinosa, se impone todavía en el centro de la ciudad de Manizales como monumento que testimonia una época incendiaria que acunó en sus inmensos salones susurros, gestos y gritos de libertad. Fue la época de la famosa huelga de sus trabajadores, que trascendió fronteras y se convirtió en símbolo nacional de lucha y resistencia. A su alrededor, varios barrios albergaban a las familias de quienes laboraban en la factoría, como villas medievales en torno al castillo feudal.
Mi niñez estuvo signada por la agitación que provocaba el ir y venir de personas que ganaban el sustento hilando en sus telares. Cuando en familia nos trasladamos de Neira para Manizales, yo tenía seis años, y nuestro lugar de residencia, hasta hoy, fue en el barrio San Joaquín, al pie de la fábrica. Mi hermano mayor, Aníbal Montoya, ingresó a la misma como operario y fue luego presidente del Sintraúnica. A él le tocó vivir en carne propia la huelga.
Sintraúnica fue uno de mis refugios de niñez y juventud, en sus talleres de impresión aprendí el oficio que me acompaña hasta hoy. El olor de las tintas y el papel durante la labor de impresión de la propaganda sindical no me ha abandonado, y todavía mis obras están impregnadas de este hacer que funde en lo artesanal la palabra, el debate de ideas revolucionarias y estrategias de difusión en medio de la represión y la censura.
Y es que cuando María Gemma Salazar González me dio a conocer su novela “Historia de un asombro”, inmediatamente quedé hipnotizado por la empatía que sus páginas ejercieron en mí. Me encontré con una narración que tocaba mi vida desde lo más profundo. En ella los personajes y las situaciones retratan con el alma una época de búsquedas libertarias, en donde los movimientos sociales y contraculturales se entrelazan alquímicamente con la utopía, la rebeldía, el amor, el desamor y la solidaridad. El hippismo, la revolución obrera, estudiantil, campesina e indígena; el feminismo y la defensa de los derechos humanos y sociales; la política y la guerra son tratados desde el corazón, con una mirada transparente. Como editor me encontraba ante la gran obra feminista de la región, contada con maestría y sensibilidad de mujer, la que estaba faltando en nuestra bibliografía y que ahora Gemma me ofrecía para que surgiera a la luz pública.

Carátula de la novela “Historia de un asombro” de María Gemma Salazar González, editada por “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”.
María Gemma teje sutilmente, nombrando y creando seres, lugares y situaciones que nacen de su alma romántica y ensoñadora. Esmeralda Palomares Castillo es el personaje central que por instrucciones del Partido transmuta en la camarada Agustina, quien desde la ciudad imaginada de Aguasclaras nos recuerda a esta Manizales del Alma. De allí parte un periplo vital que la lleva al trabajo con las masas en el empobrecido caserío de Bajoquemao, en busca de formar las bases para la creación de la gran patria socialista. En el corazón llevaba el recuerdo del capitán Eloy Garcés, amor imposible que sacrifica por la causa revolucionaria.
La vida clandestina de Esmeralda-Agustina transcurre entre la lucha popular y los amores y desamores, en medio de la persecución estatal y las discusiones apasionadas del Partido sobre las formas más adecuadas de asumir la lucha de clases. En esta aventura es acompañada por personajes igual de apasionados que ella: Anselmo, compañero de enlace, quien la recibe en Bajoquemao para instalarla en la casa de Adrián Guapacha, jornalero de los cañaduzales y militante del Partido Comunista Marxista Leninista Maoísta. Anselmo es el escudero que la acompañará durante todo el viaje y en las situaciones que transcurren en la novela. Geraldina Segura, amiga entrañable y hippie, que le da el toque festivo a la narración y en cuya compañía, Esmeralda-Agustina enfrenta las actitudes machistas de sus compañeros de partido, entre los cuales se destaca Clemente Julián Ballesteros, quien al final traiciona la causa revolucionaria y se transforma en un político de derecha corrupto.
Uno de los ejes centrales de la ópera prima de María Gemma Salazar es el capítulo en donde narra la huelga de Tejidos Única y de cómo la comunidad del barrio “Ventilador” apoyó la lucha de los trabajadores, acompañados por movimientos sindicales, estudiantiles, campesinos e indígenas. Al final y luego de la firma de una Convención Colectiva de Trabajo entre el sindicato y los representantes de los accionistas, la huelga es levantada y se realiza la entrega de la factoría a los patronos, quienes incumplen el acuerdo y expulsan de la empresa a quienes habían apoyado el pliego de peticiones.
Esmeralda-Agustina continuó su tarea de resistencia frente a la opresión en medio de conflictos sentimentales que ella convertía en alicientes para alcanzar las metas libertarias, de las cuales la mayoría se fue al traste, pero que su corazón inmenso convirtió en el germen de un proyecto vital.
En medio de las frustraciones y enfrentamientos con los miembros del partido, la mayoría de ellos sectarios y machistas, un grupo de mujeres liderado por ella, funda la Organización Femenina María Cano cuyo lema era “Si la mujer es doblemente oprimida, debe ser doblemente revolucionaria”. Allí, junto a Geraldina, Lady, Isabel, Olga y Anselmo emprendieron la tarea de engrosar el movimiento con integrantes de diferentes sectores sociales mediante encuentros, visitas y propaganda.
De la aventura de nuestra protagonista destaca su trabajo en la librería revolucionaria que fundó el Partido, denominada El Zancudo y que luego se convertiría en un Bar de encuentro de camaradas. Sus esfuerzos son una gran lucha por la igualdad, porque todos y todas tengan los mismos derechos a pesar de la raza, el credo, el sexo o la edad.
La novela tiene su propia banda sonora en donde la música es cronista. Todo lo que pasa es cantando y contado. La música expresa sus sentimientos y refleja un alma liberada a pesar de las duras circunstancias. La música le permite a Esmeralda-Agustina “tomar su mochila cargada de ideales”, como en sus canciones preferidas y regresar al campo, a la vida sencilla de los indígenas de la selva en donde construye junto a su amado y sus hijos un nicho que linda con esa utopía que siempre la acompañó y que no abandona. Por eso no deja de cantar en todas las páginas del relato.
Al final, Esmeralda que ha recuperado su nombre y deja en el recuerdo a la camarada Agustina, se sume en la sincronicidad del Tao que le permite convivir en la simultaneidad de eventos y creencias. Su gran sueño realizado en medio de la naturaleza ha surgido en los días más oscuros, lo que le ha permitido transformar su mundo, porque después de tanta lucha se dio cuenta que la gran revolución está en nuestro propio interior y que a partir de la rebeldía, la desobediencia, la resistencia y el permanente asombro, es el amor el que permite liberarnos de las cadenas y hacer camino hacia la libertad.
Referencia bibliográfica: Salazar González, M. G. (2016). Historia de un Asombro. Manizales: ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente).
* Poeta, anacronista, dibujante y pintor; editor de “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”.


