De estos dos Quijotes he tenido la oportunidad de recoger testimonios y material que considero importante para esa historia invisible de la ciudad en donde los personajes son seres a quienes la fortuna y el éxito no tocó…

 

MARTÍN RODAS IZQPor Martín Rodas

En un lugar de La 23, de cuyo nombre no quiero acordarme… conocí por primera vez a mi primer Quijote, quien se hacía llamar Leonardo Quijano. Vestía un traje viejo, tatuado con las múltiples huellas que había regado por los caminos de la vida. En vez de lanza, llevaba siempre, “en ristre”, bajo el sobaco, un cartapacio de papeles y periódicos que apretaba obsesivamente. Por la calle vendía libros editados por él mismo y ofrecía sus servicios de “dibujador” de retratos. Recuerdo que la primera vez que lo vi, yo estaba muy pequeño e iba de la mano de mi padre y me antojé del libro que estaba vendiendo mi primer Quijote: “Manuelito, hermano suicida”, con sus poemas. Papá lo compró y yo lo aprecié desde ese instante como un tesoro, aunque no entendí nada de la poesía que contenía… ni ahora… creo que ese es uno de sus profundos misterios. El viejo Leonardo hacía estas ediciones en tipografía y con papeles reciclados, lo cual lo convierte en el primer editor cartonero que conocí y creo que en uno de los primeros del país.

Luego, durante muchos años, su figura siempre se presentaba en mis paseos por la carrera 23 de Manizales, era como una sombra errante y sempiterna que cumplía su misión de judío errante desandando los pasos que había recorrido como viejo intelectual venido a menos, abandonado a su suerte por una sociedad que cambia constantemente y que deja relegados a quienes ya no hacen parte del engranaje.

Un día cualquiera, mi primer Quijano desapareció y nunca supe más de él.

En otro lugar de La 23, de cuyo nombre no quiero acordarme… días después de que desapareciera mi primer Quijote, surgió de la nada mi segundo Quijote. Era un hombre más bien joven que vestía de la misma forma que el primero y que se distinguía por un corbatín que todos los días cambiaba de acuerdo a su ingenio; podía ser una corbata obsoleta que él convertía en moños variopintos  o una cinta encontrada en la calle y que transformaba según el ánimo que tuviera. También ostentaba una flor que colocaba en la solaba de su saco y que recogía de alguno de los parques que recorría todos los días. Este segundo Quijote se hacía llamar “Segundo Quijano” y su nombre real era Carlos Villegas…  “Villeguitas” o “Caliche” para nosotros. Con Caliche sí tuvimos una amistad cercana y los encuentros eran diarios, durante muchos años, en el “Tontódromo”, o sea, La 23.

Mi segundo Quijote era un artista que no hacía parte de los círculos académicos de las bellas artes, de los cuales fue expulsado, y su oficio lo ejercía día y noche en la calle; específicamente la carrera 23 y sus parques. Ese era su territorio, su paisaje, su taller… al aire libre. Su arte era retratar con pocas líneas el alma de las personas que se encontraba en el camino, a veces sus trazos eran delicados; otras, fuertes y contundentes. A todos nos tocaron uno o varios de sus dibujos y de él conservo un considerable volumen de este maravilloso trabajo. Este, mi segundo Quijote, “Segundo Quijano”, tenía una predilección especial por Federico Nietzsche, del cual podía recitar párrafos enteros de las obras que había leído.

Después de muchos años y de mis ausencias de la ciudad, me contaron que Caliche se había ido para Bogotá, ciudad en la cual falleció al poco tiempo.

De estos dos Quijotes he tenido la oportunidad de recoger testimonios y material que considero importante para esa historia invisible de la ciudad en donde los personajes son seres a quienes la fortuna y el éxito no tocó, pero sí dejaron una huella auténtica e imperecedera en muchos de nosotros por su manera honesta, sencilla y creativa de asumir la vida. Su legado, que permanece en las sombras, merece ser revelado, porque fueron seres que se atrevieron a recrear el mundo desde las márgenes, con miradas limpias y transparentes que se reflejan en sus obras, obras que no tienen otras pretensiones más allá de mostrarnos que en la sencillez de las cosas hay mucho valor y sensibilidad, esa que todos los días pasa a nuestro lado y nosotros ignoramos consciente o inconscientemente, por ceguera o por petulancia.

Hoy en día reconozco que son muchos los Quijotes que siempre nos acompañan y han acompañado, personas que se la juegan en los mundos de la imaginación, el sueño, la utopía y, por qué no, la locura, así no posean recursos, y se empeñan en realizar lo imposible, contra todos los monstruos y molinos de esta sociedad que cada día se deshumaniza más y más o se “humaniza” hacia otras formas que a mí no me gustan… A estos Quijotes y mis dos anteriores hago reconocimiento especial desde al alma, el recuerdo y la memoria en esta columna, que es parte de su legado.

Dibujo a lápiz de Jorge Carvajal “Chirico”.

Dibujo a lápiz de Jorge Carvajal “Chirico”.

Muchos otros Quijotes y Quijotas (¡Dios me libre!… se me atravesó Maduro y su manejo de la equidad de género en el lenguaje, me disculpan por favor) merecen también mención especial, al menos de forma somera: uno inolvidable fue el viejo Quijote que montaba en un caballo escuálido y que tenía un socio Sancho Panza con burro y todo… este personaje era igualitico al Quijote original, con lanza, casco y escudo, disfraz que utilizaba para promocionar almacenes y productos por La 23 y Chipre. Otros Quijotes son los gestores culturales de los cuales menciono en primer lugar a Carlos Mario Uribe y su Rocinante “La Nave de Papel”, el poeta Mario Armando Valencia, el declamador Armando de la Rosa, el artista Jorge Carvajal “Chirico”, el maestro Darío Alzate (q. e. p. d.), el maestro Óscar Jurado (q. p. e. d.), el líder social Enrique Arbelález Mutis “El Monstruo”, el poeta Edgar González “Cocherín”, el intelectual Hernando Salazar Patiño, Orlando Leyva “El Duende”, los artistas Ulises Giraldo y Germán Salazar, el poeta León Darío Gil y el escritor Jairo Hernán Uribe Márquez… el músico Fernando Cano… y obviamente se me quedan muchos en el tintero.

Por el lado de las “Quijotas” destaco a mi anfitriona en su periódico Quehacer Cultural, María Virginia Santander, quien lo ha editado durante treinta años ininterrumpidos; a la poeta Juanita Echeverri, a las valientes feministas en cabeza de Alba Inés Cano Ballesteros, a la educadora Marta González y muchas otras Dulcineas que hacen amable este trayecto existencial.

Hace cuatrocientos años falleció Miguel de Cervantes Saavedra, quien nos dio el precioso legado de dos personajes entrañables: Alonso Quijano y su alte ego Don Quijote, que indudablemente han marcado nuestra cultura en múltiples ámbitos, pues crecimos oyendo de sus historias dentro y fuera del aula. Su legado es imperecedero y la gran primera novela moderna de la historia se constituye en nuestra Biblia popular, surgida de lo más hondo de la humanidad en donde la realidad y la locura afortunadamente se funden para crear seres que vemos cotidianamente deambular junto a nosotros, empeñados en causas que aunque imposibles, son el horizonte que nos mueve hacia el infinito.