Anacrónicas/ ¿Y esa bolsita qué?

…Muchos de ustedes ya sabrán, a estas alturas de la lectura, para qué se utilizan. Pues yo me di cuenta más bien tarde, y no es que me las dé de ingenuo, ya que he sido recorrido en la vida y sé cosas de lo divino y lo humano, pero en este caso la ignorancia la cargué durante tiempo largo y fue despejada por culpa de una amiga reciente…

MARTÍN RODAS IZQPor Martín Rodas*

Generalmente imagino la ciudad como un enorme ser orgánico del cual soy una pequeña parte. Su anatomía está irrigada por venas y arterias conformando el sistema circulatorio que permite desplazarme de forma permanente, a manera de célula, transportando los elementos nutricios que le dan vida. Puedo construir casas, reparar vías, tapar huecos, recoger basuras… y también tirarlas. En este punto inicio mi reflexión.


Cuando voy por la calle, me gusta observar las cosas pequeñas, las que configuran ese entramado invisible de huellas, las cuales delatan nuestra ruta por la existencia, sin darnos cuenta. Veo los chicles pegados al pavimento como constelaciones de esputos que marcan ansiedades, encuentros y desencuentros. Así mismo, colillas de cigarrillos “apachurradas” contra el piso por la ansiedad de esperar amores que nunca llegaron. Son estos elementos, las colillas y los chicles, quienes siempre han distraído mi mirada auscultadora, la que anhela hallar otras cosas, pero que siempre choca contra ellos, pues son los que ocupan un lugar preponderante en la escenografía callejera.
Generalmente imagino la ciudad como un enorme ser orgánico del cual soy una pequeña parte. Su anatomía está irrigada por venas y arterias conformando el sistema circulatorio que permite desplazarme de forma permanente, a manera de célula, transportando los elementos nutricios que le dan vida. Puedo construir casas, reparar vías, tapar huecos, recoger basuras… y también tirarlas. En este punto inicio mi reflexión.

En ese andar permanente por las rutas de la “city”, un nuevo elemento tirado en el suelo empezó poco a poco a llamar mi atención. Se trataba de pequeñas bolsitas plásticas que me parecía en su momento, eran utilizadas para llevar la sal que se unta al mango biche y que venden con el mismo, pero las de la sal eran más pequeñas, estas un poco más grandes. Mi ojo avizor empezó a encontrar estas bolsitas, con el tiempo, en mayor cantidad… que luego fue multitud; estaban en todas partes, como los chicles y las colillas. El caso que más me sorprendió fue cuando, sentado en un parque, a la sombra de un gigantesco árbol, fijé mi vista en el césped y encontré que estaba completamente alfombrado de estas bolsitas.

Muchos de ustedes ya sabrán, a estas alturas de la lectura, para qué se utilizan. Pues yo me di cuenta más bien tarde, y no es que me las dé de ingenuo, ya que he sido recorrido en la vida y sé cosas de lo divino y lo humano, pero en este caso la ignorancia la cargué durante tiempo largo y fue despejada por culpa de una amiga reciente, cuando departíamos con otras personas en un bar. Noté que ella abría una bolsita igualita a las de la calle y empezaba el ritual de la “aspiración”. ¡Claro!, allí caí en la cuenta que la sal que yo pensaba que contenían era polvo, coca, perico…

Confieso que no he sido consumidor de drogas, pero sí en épocas pretéritas acompañé a mis amigos y amigas en sus juergas, hasta probé la “marimba”, que  abandoné al poco tiempo… en fin, hoy en día sólo me dedico a la libación idolátrica del vino. Retomando el hilo de la narración, esa bolsita me puso a pensar muchas cosas, después del descubrimiento de su uso, ya que ese rastro inmenso que deja actualmente en todas partes, inundando las calles y los parques de la ciudad, es un síntoma de que su consumo es prolijo y que las personas más jóvenes están dedicadas a esta práctica de una manera desenfrenada.

Por lo tanto, yo, célula vieja y cansada, que sigo viajando por el sistema circulatorio interno de esta ciudad también vieja y cansada, veo cómo, al paisaje de sus venas y arterias se ha integrado otro cuerpo extraño, indestructible, desecho de rituales que estimula la sociedad de consumo y que promueven la ansiedad de los seres humanos frente a la incertidumbre y desesperación… Esa bolsita, esos miles, esos millones de bolsitas… transportan el oro blanco que como toda quimera… está hecha de ilusiones… y por eso termina siempre tirada en el pavimento duro y frío de la realidad, como muchos de sus consumidores.

*        Poeta, anacronista, dibujante y pintor; editor de “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”.