Hace poco regresé de San Juan de Pasto, donde sentí con toda su fuerza el Carnaval de Negros y Blancos, fiesta popular que funde tradiciones indias, negras y españolas en un crisol potente y telúrico que hace vibrar las fibras más profundas del alma.

Por Martín Rodas

En la foto, de izquierda a derecha: Andrés Kaicedo, organizador de “Poetas en Carnaval”, Carlos Mario Uribe, director de La Nave de Papel, Jeanette Álvarez, cuentera, y Martín Rodas.

En la foto, de izquierda a derecha: Andrés Kaicedo, organizador de “Poetas en Carnaval”; Carlos Mario Uribe, director de La Nave de Papel; Jeanette Álvarez, cuentera; y Martín Rodas.

En los desfiles que aprecié, la visión de miles de personas luciendo los atuendos fruto del trabajo de todo el año, donde la creatividad y las tradiciones se manifiestan de manera esplendorosa, es un espectáculo para no olvidar, mientras el aire se llena de poderosos sonidos de tambores, kenas y capadores como si fueran la voz de la tierra.

Asistimos, como parte de una invitación hecha a la Fundación cultural La Nave de Papel y como invitados especiales, Carlos Mario Uribe, Jeanette Álvarez y yo, por parte de la Fundación Poetas en Carnaval, al evento del mismo nombre, auspiciado por la Alcaldía de Pasto y Corpocarnaval. Hicimos presencia con nuestras lecturas poéticas en el auditorio de la galería de arte “Pilares”, dirigida por Darío Buchelli Erazo, ubicada en una hermosa casa colonial en el centro de la ciudad con una nutrida asistencia de personas dedicadas al arte y las letras inspirados en esa “Morada al Sur” que fundó el vate Aurelio Arturo.

Esos vientos que descienden desde el volcán Galeras, Urcunina o “Montaña de Fuego” en lengua incaica, a cuyos pies la urbe rinde tributo permanente, fueron la inspiración para el goce, la alegría y la convivencia fraterna con un pueblo que ama, resguarda y cultiva sus tradiciones como tesoro invaluable. La Pacha Mama invade todos los escenarios y rincones mientras que sus hijos e hijas se deleitan con la celebración a la vida y la dignidad.

Definitivamente, nuestros pueblos indígenas son el ejemplo más claro de la resistencia frente a la imposición de patrones culturales extraños, pues se siente cómo su relación con la tierra y la identidad es auténtica. Esto solo se pueda sentir cuando uno se sumerge en carnavales que, como este, son verdadera expresión del saber y la cultura popular.

Tuvimos oportunidad de visitar el sitio en donde se construyen las carrozas monumentales que son un dechado de arte. Allí nos encontramos con el maestro manizaleño Luis Guillermo Vallejo, quien como jurado del carnaval, con asombro y sin descanso disparaba su cámara fotográfica.

Luego de esta gran experiencia, pienso en la profunda narración que nos dejó Malcolm Lowry en su novela “Bajo el Volcán”, resultado de sus vivencias con comunidades indígenas que rinden especial reverencia a la naturaleza representada en el poderoso símbolo del volcán, y encuentro que nos parecemos mucho, tanto en nuestras actitudes como en los contextos donde vivimos, pues las ciudades que están al pie de los volcanes (Manizales, Pereira, Armenia) tienen esa especial connotación de celebrar la vida y la muerte en torno al fuego inextinguible de la libertad que proporciona el frenesí de las celebraciones que surgen “desde abajo y con la tierra”, como ha expresado en estos días ese gran teórico y paisano Arturo Escobar.

Agradezco esta oportunidad especial de establecer relaciones con regiones de Colombia de inmensa riqueza cultural, en el contexto de las múltiples actividades de La Nave de Papel, que inicia con este una serie de encuentros desde todos los lenguajes del arte, tanto en la ciudad de Manizales como en el resto del país.