Catalina todos los jueves,

de Alejando López Cáceres

 

MARTÍN RODAS IZQPor Martín Rodas*

 

Referencia bibliográfica: López Cáceres, Alejandro José (2012). Catalina todos los jueves. Cali: Universidad del Valle.

 

 

El tema de “Aplausos para vos”, que se hace interesante, por ese juego entre la seducción destrozada por los finos dedos de la insulsa realidad, finaliza en una más de esas trampas que la sociedad de consumo plantea a cada instante, y que un personaje bien construido literariamente (y tan avisado como Filomeno Cortés), no imaginaríamos caer tan fácilmente. Por supuesto, se pueden presuponer en el autor ideas como la eterna y vital pulsión entre el Eros y la soledad, con fondo de inmigrante, pero el tema es repetitivo. Se colige que, por necesidad de resolver una trama con desenvoltura, pierde la opción de desarrollar, con hondura y rigor, un asunto que sonaba bien, al proponer el autor las circunstancias y expectativas iniciales de los personajes.

En “La barra”, Kike, un joven apurado por seducir a una bella mujer, se pierde en una prolija descripción del entorno, que también promete un discurrir literario bastante halagador y eleva la narrativa en un crescendo digno para surfear hacia un final perfecto, apuntalado por unas precisas y demoledoras citas salseras, con entrañables ecos caicedianos; pero vuelve de nuevo el autor a perder el control de esa retina descriptiva del contexto tras la cotidianidad, y se resuelve en un misterio que, no por ordinario, sino por estar tratado con descuido, nos deja sin final o al menos no aquello que se sentía llegar.

Te vendo mi corazón”, tercer relato, el más simple de los cinco que componen el libro “Catalina todos los jueves”, se desarrolla en un ambiente gélido de autos, restaurantes, cirugías estéticas, iconos publicitarios y deseos sexuales indecibles en una realidad monetaria y caduca. Largo sin necesidad, ya habituados al relato preciso y más breve del autor.

Ya en “La cita”, vuelve López Cáceres a entusiasmarnos con su refinada promesa descriptiva, armando una atmosfera fraudulenta, pero creíble, de una pareja sin síntomas elusivos ni grietas que los amenazaran. Y justo antes del final, una vivencia del protagonista,  un solo párrafo perfecto que funge como fondo, es claro ejemplo de la maestría narrativa del autor: “Un poco antes de que la luz cambiara a verde, el pequeño malabarista fue abordando a los conductores pidiéndoles monedas. Cuando venía hacia mí, una de sus naranjas se le zafó de las manos y rodó por el suelo; en ese instante varió la señal y una llanta la reventó. Del carro que estaba detrás de mí empezaron a pitar. Tuve que seguir. Por el retrovisor vi que el niño, cabizbajo, corrió hacia el andén. Empecé a sentir que la vida me estaba jugando sucio”. Pero lo vuelve a hacer, permite que se derrumbe la trama, en una aparente y permisiva tolerancia de la nimiedad de la vida. Pero no es la misma nimiedad sino cómo la trata y nos quedamos de nuevo con un final banal, baladí, barato.

Catalina todos los jueves” le da nombre al libro y se marca, desde lejos, como el mejor relato, realizado desde su argumento, su construcción y su contexto. Claro, con tremendo equívoco, como que la protagonista, solo porque asistirá a un concierto de rock, cambie todas sus costumbres alimenticias, de comportamiento, sus muebles y hasta su manera de pensar. Eso no es creíble, no sucede. Y enseguida una magistral escena de sangre… Comprueba que la rabia y la sangre saben a lo mismo”. Y “…el filo de la ausencia hiere más hondo todavía. Es decir una geografía disímil es el texto. Una asesina serial entre la gastronomía y las onomatopeyas.

Tiene dos urdimbres el autor, una, refinada, prometedora, aguda, donde la economía de personajes y del léxico y la tensión de la trama, construyen por momentos perfectos entornos literarios; pero a la vez, desteje este entramado, cuando resuelve por lo superfluo, asuntos que podrían dar perfección a sus relatos. Eso dejando claro que nada hay de superfluo en la realidad, sino en la manera de relacionarnos con ella o como la describimos. Autor con oficio, que conoce su contexto y sus desafíos, y que los resuelve de la mejor manera, creando legítima literatura no solo escribiendo.

 

*        Poeta, anacronista, escribano, dibujante y pintor; editor de “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”.