Gloria Inés Escobar (Columna)Lo que tal vez no se ve, no se dice y, menos, se reconoce, es que la madre además de serlo, es un ser humano a quien le aquejan todo tipo de angustias, inquietudes y preocupaciones propias del cualquier otro ser humano, y a quien también la acompañan sueños y proyectos personales como a cualquiera otro.

Por: Gloria Inés Escobar

En esta oportunidad quiero hacer referencia a dos hechos, que para decirlo de una manera suave, me tienen MAREADA. Me refiero a los comerciales que promocionan el tan apreciado Día de la madre, y a la canonización de la madre Laura, dos hechos aparentemente lejanos y sin conexión, pero en realidad bastante unidos en nuestra cultura tan patriarcal y saturada de religiosidad que nos ha tocado respirar.

Nadie, por supuesto, estará en contra de hacer un reconocimiento a la tarea de ser madre; nadie negará que las madres que realmente han querido serlo, han sacrificado parte de su vida para atender las necesidades y requerimientos de su familia; nadie tampoco negará que el lazo afectivo que une a una mujer, que decidió ser madre, con sus hijos es profundo y perdurable; finalmente nadie que haya sentido el amor materno podrá eludir en el llamado día de la madre, alguna demostración de agradecimiento hacia su progenitora. Y eso está muy bien pues aunque suene a frase de tarjeta rosa y el día, como los demás en que se hace algún tipo de conmemoración haya sido promovido con gran fuerza por el comercio capitalista que todo lo convierte en mercado, es justo hacer un reconocimiento a quien tanto se debe y se quiere.

Lo que tal vez no se ve, no se dice y, menos, se reconoce, es que la madre además de serlo, es un ser humano a quien le aquejan todo tipo de angustias, inquietudes y preocupaciones propias del cualquier otro ser humano, y a quien también la acompañan sueños y proyectos personales como a cualquiera otro. Esto quiere decir ni más ni menos que ella, como toda persona, tiene una vida propia que requiere tiempo, espacio y autonomía para desarrollarse, y la exigencia de ocuparse y pensar en sí misma con el propósito de satisfacer sus deseos más personales e íntimos. Y esto que parece obvio y tan entendible para una persona no lo parece para una madre quien generalmente sacrifica todo esto por dedicarse a facilitar, impulsar y ayudar a que sus hijos y compañero sí vayan tras sus metas y ellos sí logren la trascendencia que ella perdió en su función de ser madre. Y es que aunque muchos piensen que la felicidad de una madre es trascender a través de sus hijos, esto no es más que una conveniente mentira.

Recuerdo, a propósito de esto, la bella y profunda película Cerezos en flor, que relata cómo los hijos y el compañero de una mujer, descubren al final de la vida de ésta que esa madre y compañera que tuvieron tanto años para sí, escondía a una mujer que tenía sueños que aunque todos conocían ninguno había tenido en cuenta porque solo vieron en ella a una madre y esposa, respectivamente. Viene a mi memoria también el relato doloroso de muchas madres ancianas que se quejan porque no tuvieron la posibilidad de pensar en ellas mismas, de ir tras sus sueños, de explorar sus habilidades y cumplir sus deseos porque la labor de ser madre las atrapó por completo.

Pues bien, por la invisibilidad de esta realidad es por lo que a la madre se la eleva a la categoría de “reina del hogar”, eufemismo para disfrazar la esclavitud en la que realmente vive. Ella, en los comerciales repetidos para esta fecha, es resaltada por lo bien que desempeña los “oficios”, por estar siempre pendiente de los demás, por estar siempre ahí de manera incondicional, por ser “tan especial”, por ser aquella que nunca olvida ningún detalle, la que tiene todo listo, la que soluciona todas las pequeñeces domésticas de la vida… sepultando en esta montaña de “virtudes” el ser humano que ella es y que en la mayoría de los casos no puede salir a flote. Doloroso e injusto sin duda.

Ahora bien, la madre Laura se ha convertido en una pesadilla de la que parece imposible despertar. Si se enciende la radio o la televisión o se abre la prensa, la madre Laura aparece invariablemente, no importa los esfuerzos que se hagan para huir de ella, ahí está. No importa si apagas y clausuras para ti los medios de comunicación, tan católicos todos ellos, en las conversaciones callejeras que se escuchan sin querer, en las que estás obligado a escuchar en tu familia, en los comerciales que al mejor estilo antioqueño dicen que es una verraquera tener una santa colombiana, que es un orgullo para todos, especialmente para las mujeres que tengamos una santa, que es una bendición de dios, que… ahí está la madre Laura, y finalmente, hasta en las conversaciones de quienes estamos hartos de este regocijo impuesto por el credo católico, aparece la inefable madre Laura, así sea para renegar de lo que su presencia evidencia en esta sociedad tan plural y laica que constitucionalmente somos.

Aquí también hay que decir que seguramente la madre Laura fue una mujer valerosa, “feminista” sin saberlo como aseguran las laurólogas, caritativa y compasiva, un ser humano al que le dolía la miseria y humillación de los indígenas, un ser muy especial y mucho más, cualidades todas ellas muy loables pero también muy humanas y terrenales pero convertidas en sacras gracias a la fe de los místicos que cunden como plaga y como no, al inocultable interés del negocio que reporta fabricar una santa.

Ni las madres ni las santas son seres extraordinarios; ni las unas ni la otras están por fuera de la esfera humana, al contrario, ambas son sólo seres humanos a quienes por su condición de mujeres se les redujo sus posibilidades de acción y se les condujo por un estrecho y único camino abonado y embellecido por todo un ideario alambicado y por supuesto engañoso, cuyo punto de llegada es el olvido de sí mismas.

Digámoslo con voz fuerte para que quede claro: ni el sacrificio, ni la abnegación, ni la bondad y el amor ilimitados, ni una capacidad infinita para soportar el dolor son cualidades innatas o naturales de las mujeres, son más bien imposiciones veladas que reportan innumerables beneficios para quienes son sus receptores. Las mujeres por naturaleza no somos más que seres humanos que portamos un útero y unas mamas, las cuales no tienen por qué condicionar y limitar el rumbo y destino de nuestra vida social; aceptar lo contrario es caer en una trampa.

Mayo 13 de 2013