Buenos muchachos

Alguien tenía que ofrecerles una respuesta a esos jóvenes que ya no lo eran tanto y que se enfrentaban a la vida adulta con  un vacío entre las manos como único legado  y con la certeza de un  colosal fraude instalada en el corazón.

Por Gustavo Colorado

En 1969 pasaron más cosas en el mundo de las que podía resistir un corazón solitario.

Para empezar, tres astronautas norteamericanos pusieron pie en la luna, poniendo el colofón a esa carrera espacial diseñada como  respuesta de los líderes políticos de su país al fracaso de la invasión a Cuba y al malestar generado por las atrocidades cometidas en Vietnam. El festival de Woodstock supuso el principio del fin de la sociedad prometida por los profetas de la era de acuario. El submarino amarillo de  The Beatles hacía agua por los cuatro costados. A pesar de las promesas de apertura, la segregación racial se hizo más brutal que nunca en distintos lugares de Estados Unidos y en el territorio entero de Sudáfrica. Para entonces el rock and roll era al mismo tiempo  banda sonora y válvula de escape de las enormes energías que se concentraban en distintos lugares del planeta.

En medio del huracán estaban The Rolling  Stones, un grupo de ingleses  dotados de enorme talento, que se apropiaron de los ritmos negros, de la poesía de Rimbaud y  Baudelaire, así como de las consignas  políticas que desafiaban a la religión basada en el consumo y el derroche. En  1962, haciendo honor a su nombre tomado de una vieja canción de folk blues, se pusieron en marcha sin otro propósito que pasarla bien y de paso  conmover a las buenas conciencias temerosas de perder la tradición, la familia, la propiedad y con ellas la virginidad indefendible de sus hijas. I can get no satisfaction, I can get no reaction… and I try … and I try, era el grito de batalla que resumía el sentimiento de frustración experimentado por  una generación que atravesó la década alentada por las promesas de amor y fraternidad  consignadas en las canciones de The Beatles. Alguien tenía que ofrecerles una respuesta a esos jóvenes que ya no lo eran tanto y que se enfrentaban a la vida adulta con  un vacío entre las manos como único legado  y con la certeza de un  colosal fraude instalada en el corazón.

El gran problema residía en que los Stones  tampoco la estaban pasando bien. El guitarrista Brian Jones, uno de los fundadores de la banda, había muerto  ahogado en la piscina de su casa  después de una  temporada de conflictos con sus compañeros de aventura. Para acabar de completar, durante el  festival de Altamont, organizado por Jagger y sus alegres pillastres, se produjo la muerte del joven negro Meredith Hunter, al parecer acuchillado por un integrante de los Hells Angels, los legendarios motociclistas  contratados para garantizar  la seguridad en el evento. Los forjadores de leyendas urbanas insisten todavía en que algo tuvo que ver con el hecho el estado de ánimo  desatado por la interpretación de Simpathy for the  Devil, una de las mejor logradas en la historia del grupo.

Lo demás es leyenda blanca, negra o rosa, dependiendo de las circunstancias y del humor de los músicos, que  de allí en adelante serían poco menos que otra pieza en el engranaje  de la industria del espectáculo. Títulos como  Brown Sugar ( el nombre callejero de la  heroína), Love  in VainPaint it Black o Gimme Shelter, al lado de las ya citadas  Simphaty for the Devil y ( I can get no ) Satisfaction  nos dicen bastante sobre el carácter  depresivo de unas canciones que retrataban  al dedillo el paisaje de desastre  que sucede a toda utopía.

El mundo de los setentas tomaría otros rumbos  y el camino de regreso a no se sabe donde estaría salpicado por las que el poeta Joaquín Sabina llama “cenizas de revoluciones”.  Desde entonces Mick  Jagger, Keith  Richards, Charlie Watts, Bill Wyman y Ron Wood parecen más una sombra de si mismos dedicada a engrosar sus cuentas bancarias  y a saciar el apetito voraz de los empresarios del disco que un grupo de creadores capaces de ponerle música de fondo a los anhelos y frustraciones de más de una generación.

El año 2012 llegó con el anuncio de una avalancha de  libros, biografías, recopilaciones, películas y conciertos dirigidos a celebrar los 50 años de la banda que estremeció al mundo en 1962. Puros fuegos de artificio para ocultar lo esencial: que la llama de la pasión se apagó hace muchos años. Sin embargo, entre el rescoldo de antiguos fuegos todavía es posible recuperar unos cuantos versos y unos riffs de guitarra, suficientes en todo caso para plantar este tributo a los que, a pesar de todo, siguen siendo unos buenos muchachos.