Como  todo pasa tan rápido, casi nadie se da cuenta del alcance de las cosas que cruzan ante la mirada sin tocar el cerebro: todos están ocupados en cabalgar ese relámpago que puede desmontarlos al menor descuido.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

De tanto repetirse, la escena ya hace parte del paisaje cotidiano: decenas, cientos, miles, millones de personas de todas las edades se fotografían a sí mismas con sus teléfonos y despachan las imágenes hacia los lugares más remotos, con  la esperanza de obtener un me gusta que dé cuenta de la propia existencia.

La vieja y necesaria mirada del otro como última prueba de nuestro paso por el mundo.

Desde luego, la sola palabra selfie contiene su propia carga de narcisismo, ese viejo sentimiento que llevó a la madrastra de Blancanieves a preguntarle una y otra vez al espejo: “Espejito, espejito, ¿quién es la más bonita?”.

Pero hay mucho más que eso.

La obsesión por fotografiar y compartir con el mundo el más nimio de los detalles se relaciona también con la necesidad de crear conjuros contra el vértigo.

Al fin  y al cabo, en estos tiempos nuestra relación con la vida se parece bastante al acto de cabalgar un relámpago. Consumimos trajes, comidas, bebidas, músicas, sexo y paisajes a una velocidad tal que hace imposible hacer de la experiencia parte del acervo de conocimientos necesarios para recorrer el camino sin sucumbir del todo a la desintegración.

Así que hay mucho de desasosiego existencial en esas prácticas tan vanas en apariencia. En el gesto de fotografiar un helado, un plato, un auto, unos labios que besan, alienta una antiquísima necesidad humana: la de sentir que algo perdura en medio de una sucesión de segundos y minutos que nos precipitan al abismo.

Para eso está el arte, me dirán ustedes, y les asiste toda la razón. En la misma página del mismo libro de Shakespeare las manos ensangrentadas de Lady Macbeth renuevan una y otra vez su pacto con el desastre.

En la misma página de Cien años de soledad, Remedios la bella es arrebatada hacia el cielo por una fuerza superior a los designios humanos.

Y en el mismo movimiento de su segunda sinfonía, Johannes Brahms nos revela de golpe la dimensión entera de su pesadumbre.

Pero la mayoría de las personas no tienen acceso a esos consuelos, entre otras cosas porque disfrutar y conocer el arte demanda una gran dosis de tiempo y, por lo tanto, de paciencia para descifrar  mundos que todo el tiempo proponen el desafío de signos, símbolos y metáforas.

Es decir, claves para  asomarse a los múltiples e insondables rostros del mundo.

Ya nos lo advirtió Ray Bradbury en una de sus parábolas: “Los hombres no tienen tiempo de conocer nada. Lo estropean todo. Lo ensucian todo”.

Y no hay tiempo, porque quien dispone de ese tesoro suele ponerse a pensar, y como el que piensa acaba formulando preguntas incómodas, suele volverse muy peligroso.

Justo en ese punto, decide luchar contra la alienación que lo envuelve: ese despojarse de sí mismo que es la clave de todo control político, económico, religioso y cultural.

Un pensador ya olvidado, Herbert Marcuse, se refirió a esa criatura cosificada como El hombre unidimensional.

Lo que equivaldría a hablar de un pájaro sin alas.

Si faltaba algo para completar ese cuadro, los prodigios digitales se encargaron de esa parte del trabajo.

Hay que ver el aire autista y enajenado de quienes reciben y emiten mensajes a través de la pantallita para darse cuenta de que están a merced de cualquier prestidigitador con capacidad de sugestión, sea este un demagogo, un gurú o un vendedor de baratijas.

Como  todo pasa tan rápido, casi nadie se da cuenta del alcance de las cosas que cruzan ante la mirada sin tocar el cerebro: todos están ocupados en cabalgar ese relámpago que puede desmontarlos al menor descuido.

Casi nadie nota, por ejemplo, que Twitter sería una excelente herramienta -algo así como un lápiz digital- para renovar y enriquecer el género del aforismo.

Cosas como estas que me compartió mi compadre Gustavo Arango hace unas semanas: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale de tus proyectos”.

Gustavo Arango, el mismo tipo que puso una canción de Jorge Villamil a sonar en los labios de un monje budista que cruzaba los desiertos de Asia central.

Pero claro, tiempo es lo que les sobra a los monjes budistas. Por eso habitan las formas supremas de la lucidez: la que permite ver el otro lado de las cosas.

Ese otro lado que no podemos ni tan sólo sospechar, porque estamos atados a una vertiginosa rueda de producción, consumo y derroche que acabará desintegrándonos con solo dar un clic.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada