GUSTAVO COLORADO IZQY entonces arribamos a las preguntas sobre el lenguaje, causa y fin de las reflexiones de Ludwig  Wittgenstein. En su acepción corriente, las palabras serían marcas impresas sobre las cosas, pero no expresan, no dicen las cosas.

 

Por Gustavo Colorado Grisales

¿Es posible conocer la realidad? ¿Existe una  conexión entre el lenguaje y las cosas? ¿El lenguaje define sus propios límites? ¿Es el  Yo una ficción sin asidero en la realidad? Dada la  condición de su objeto de estudio: “El mundo”, la lista de preguntas que se formula la filosofía puede hacerse infinita, puesto que todo interrogante digno de ese nombre solo puede conducir a otra pregunta. Es decir,  a una aporía: un callejón sin salida.

En la obra Seduciendo al seductor, Filosofía y sujeto,  de Diego Fernando Jaramillo, las aporías son seis y corresponden a igual número de pensadores: Descartes, Locke, Kant, Hegel, Husserl y Wittgenstein, es decir, cuatro siglos de pensamiento formando un arco que cubre el desarrollo de La ilustración hasta las últimas revoluciones tecnológicas.

Uno  de los problemas de los manuales de filosofía reside en su empeño en reducir a una frase sacada de contexto todo un sistema de pensamiento, es decir, una herramienta para tratar de comprender el mundo en un recorrido que va de la cosa al fenómeno y del yo al devenir.

Buen maestro como es, Jaramillo emprende el camino inverso. Quiere ir a la raíz, y por eso parte de Descartes y su conocida premisa “Pienso, luego existo”. Surge entonces la primera cuestión:¿ Constituye en sí mismo el pensamiento una prueba de existencia? A todas luces, no: para ello se hace necesaria una conciencia que se piense a sí misma. Suspendidos sobre el vacío, debemos entonces recurrir tanto a Husserl y su idea de una conciencia vuelta sobre sí misma accediendo así al sentido, como a Jhon Locke y su intuición del Yo como una necesidad del pensamiento, que requiere algo en lo  que sostener las cualidades y los accidentes.

El  autor de  Seduciendo al seductor sabe  que poco o nada nuevo se puede añadir al legado de  los autores abordados. Dueño de esa certeza, asume entonces  una tarea propedéutica: ayudarnos a  identificar las claves  y códigos que  soportan la estructura postulada por esos filósofos.

De ahí que una relectura de la  Crítica de la razón pura  suponga otro camino para interpretar  a Descartes.  Si no podemos  conocer las cosas en sí, debemos atender a sus manifestaciones, es decir, a los fenómenos. De la observación de las relaciones entre estos surge el entendimiento. Algo parecido acontece con la noción del ser.  No podemos conocernos a nosotros mismos, solo  a nuestra representación. Dicho de otra forma: la manera como aparecemos ante nosotros mismos.

Por momentos, cruzamos los terrenos de la sicología: el Yo, el ancla que en teoría nos fija en el mundo, en  el reino de los fenómenos, sería apenas nuestro propio relato: un juego de espejos, o mejor, una secuencia parecida a las fugas musicales, que solo pueden avanzar volviendo todo el tiempo sobre sí mismas.

Y entonces arribamos a las preguntas sobre el lenguaje, causa y fin de las reflexiones de Ludwig  Wittgenstein. En su acepción corriente, las palabras serían marcas impresas sobre las cosas, pero no expresan, no dicen las cosas. “Entre el pensamiento y el mundo existe una conexión lógica y el conocimiento de esa conexión lógica solamente se determina a través de la expresión del pensamiento, que es el lenguaje”, nos dice Jaramillo, repensando a su vez a Wittgenstein, lo que supone un gran salto desde el Pienso, luego existo inicial.

Traducidas a números, son doscientas tres páginas las utilizadas por el autor para ese tránsito, desafío que en el mundo de las ideas no es, desde luego, cuantificable. Por eso, las aprovecha muy bien para invitarnos a emprender un camino que al final nos ofrecerá como recompensa un aparente callejón sin salida, es decir, la esencia misma de todo proyecto filosófico.