CALLES DE PENURIA  

El destino, en el mejor de los casos, les permitirá volver a la misma calle al día siguiente a esperar que un golpe de suerte los ayude a salir de la miseria…

 

Por / Christian Camilo Galeano Benjumea

El centro de la ciudad se mueve al mismo ritmo de siempre, personas que van de un lado para otro, lo único diferente son las largas filas en las entradas de los bancos; el resto, sigue en completa normalidad. Tan normal como ver a dos familias mendigar en medio de los transeúntes que caminan por plena carrera sexta.

Se puede observar un bebé en brazos que duerme mientras la madre busca en un morral un biberón que aún tiene algo leche; el padre, por su parte, sostiene un pequeño letrero que dirige a la gente que pasa y que los ignora; “Una ayuda para mi familia”, repite como una oración, mientras las personas continúan su trayecto.

En uno de los morrales que los acompañan se ve una bandera que confirma que esta familia no tiene un suelo firme donde echar raíces.  Se recuestan sobre las paredes del Concejo municipal que parece cerrado y desde donde solo se ve salir un funcionario radiante caminar para ir a un café a pedir un chocolate caliente con una torta, para poder regresar a llenar informes, perder el tiempo de su jornada laboral y justificar así su salario.

En el andén del frente una mujer vende galletas y chiclets a doscientos pesos, cabizbaja siente a las personas que pasan a su lado, ellas tampoco la observan, ni mucho menos determinan el cajón trasparente que contiene las galletas Rondallas. El hijo de esta mujer juega con un pequeño carro, mientras una cartilla que ilustra los primeros pasos para aprender a leer esta abierta en la página que dice: “Mi mamá me ama”, con unas planas ya resueltas, es agitada por el viento. El niño quiere salir a correr, pero la madre siempre vigilante no le quita la mirada.

Madre e hijo están a la entrada de lo que antes era un bar de música de los setenta y ochenta, y ahora es un edificio abandonado. Las puertas selladas, las paredes rayadas, quedan como rastro de aquellas noches cuando parejas llegaban a evocar tiempos mejores. No es posible saber si para esta mujer y su hijo esos tiempos mejores algún día existieron.

Algo parece cierto, la pobreza se convierte en una categoría existencial. No existe un futuro porque la tarea diaria consiste en sobrevivir al día a día, las esperanzas se agotan en lo inmediato, en calmar el hambre y resistir al frío. El pasado solo es la evocación del recuerdo de un lugar feliz, aunque muchas veces ese pasado debe ser alterado por una fantasía desesperada que transforma un pasado lleno de angustias y carencias en un lugar idílico al que se busca volver falsamente. La pobreza crea espejismos para resguardarse ante la adversidad.

A su vez, el contacto con los otros se rompe, no existe. La pobreza parece que condena a las personas a estar aisladas unas de otras, ni las palabras de ayuda tienen eco en los trabajadores que van de un lado a otro, ni mucho menos permiten crear un vínculo entre aquellos que mendigan en medio de las calles. Los lazos sociales se diluyen entre las súplicas, las ventas informales y la miseria.

También la patria termina por ser un recuerdo ilusorio para las personas que se ganan la vida suplicando un gesto de solidaridad. De los discursos alrededor de la patria, en el mejor de los casos queda una bandera como representación de ese paraíso perdido al que se espera retornar en algún momento.

La noche ha caído y estas dos familias abandonan la calle que las albergó durante el día. El destino, en el mejor de los casos, les permitirá volver a la misma calle al día siguiente a esperar que un golpe de suerte los ayude a salir de la miseria; aunque quizá eso no llegue a suceder.

ccgaleano@utp.edu.co

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