¿Novedad? Por supuesto, no. De niños ya sospechábamos que nos engañaban con los cuentos de la cigüeña, el duende y toda una antología de moralejas enfocadas a controlar los apetitos humanos, demasiado humanos.

 

GUSTAVO COLORADO IZQPor Gustavo Colorado Grisales

Caperucita Roja se calza sus  zapatillas Converse blancas y parte rumbo a un after party. “Vuelvo en tres días”, dice y mamá le recomienda no abusar de las pastillas de colores y, por amor a Dios, no dejarse embarazar.

¿Novedad? Por supuesto, no. De niños ya sospechábamos que nos engañaban con los cuentos de la cigüeña, el duende y toda una antología de moralejas enfocadas a controlar los apetitos humanos, demasiado humanos. Años más tarde, los freudianos, obsesionados con el falo, nos dirían que el pico de la cigüeña era una sublimación (qué curioso el traslado de esa palabra del reino de la química al de la psique) del órgano sexual masculino.

De modo que el libro “¿Puro cuento? ¡A que no te sabías el de Caperucita Roja!”, escrito por el profesor Cristian Bohórquez, supone no tanto una revelación como una recordación: en algo más de cien páginas el autor nos conduce por las múltiples versiones de esa obra que ha acompañado la formación- o deformación- de varias generaciones de niños y adultos en occidente… y oriente, porque, entre otras cosas, la lectura sugiere remotas raíces chinas.

Si los cuentos y leyendas abrevan en una fuente común o mundo de los arquetipos, como lo llamara el sicólogo Carl Gustav Jung, esta lectura de Caperucita nos devuelve a las raíces mismas de la tradición judeo cristiana. Asuntos como el pecado y la culpa, con sus correspondientes nociones de castigo y redención, palpitan en el relato desde el momento mismo en que la madre le recomienda a su hija no desviarse del camino y cuidarse muy bien de no estropear ( “no romper”, se lee en algunas traducciones) las viandas que le han sido encomendadas.

Según algunos intérpretes, la abuela representaría la tradición, que debe ser traicionada para que la vida empiece a transitar por otros caminos: los que emprende Caperucita cuando desatiende las recomendaciones maternas y se detiene en los claroscuros del bosque a explorar toda cosa nueva: flores, pájaros, mariposas, aromas y, sobre todo, los llamados de su propio cuerpo.

Como todos sabemos, al final de la jornada, en lugar de la abuela la aguarda el lobo, vale decir, el macho seductor y depredador que, luego de un sugestiva escena en la que la adolescente se desnuda y se mete en la cama con él, le revela los misterios de la sexualidad y la devuelve al mundo convertida en una mujer, con todo y sus facultades sexuales y reproductivas. Como nos lo recuerdan otros exégetas, el color rojo de la prenda es a la vez símbolo de la pasión y de la menstruación como el momento en que el cuerpo femenino   emprende el tránsito hacia otras dimensiones.

Y es aquí donde el verbo comer se despliega en todas sus acepciones. El señor lobo se come a Caperucita. ¿Cómo sustraerse a la evidente connotación sexual de la expresión? Por lo demás, la figura deviene imagen mística en la liturgia cristiana cuando los fieles ingieren el cuerpo de Cristo. También tiene componentes iniciáticos en las leyendas donde los vencedores en la batalla devoran el cuerpo del vencedor. En los tres casos: el sexo, la liturgia y el combate, se trata de incorporar al propio ser la energía vital del otro con el fin de hacerse más fuerte o, acaso, más sabio.

En algunas versiones, incluida la más conocida de Charles Perrault, sobreviven la abuela y Caperucita. En otras, solo la muchacha consigue salir con vida del trance. Pero en todas las circunstancias la chica vence los poderes del lobo: se lo come de manera real o simbólica y vuelve a casa investida de una nueva fuerza: el poder sobre su propio cuerpo. Ahora es también una iniciada, una bruja.

Los detractores del sicoanálisis dirán que se trata aquí de una lectura obvia y acaso maniquea. Sus fieles devotos insistirán en la forma como el relato nos conduce a los pliegues del inconsciente. De mi parte me limitaré a decir que, entre otras cosas, el libro me devolvió a un momento de la infancia que creía irrecuperable: la hora de la noche en que mi tía Teresita nos leía el cuento, mientras el niño que fui intentaba descifrar, sin más ayuda que la imaginación, el misterio oculto en las piernas doradas de mis pequeñas primas, a punto ellas a su vez de hacer su iniciación en los arcanos de Caperucita Roja. Pero eso ya sería escarbar demasiado en los meandros de la propia memoria y correríamos el riesgo de enredarnos en un berenjenal.

PDT:  a falta de una, les comparto enlace a dos bandas sonoras de esta entrada: