PARTE 2

Por: Mateo Ortiz Giraldo

Fotografías: Diego Valencia Gómez

Jueves 26 de Junio de 2014, cuarto día. Ya han pasado tres días del I Festival de Cine de Santa Rosa de Cabal “Cinentrada”, una verdadera proeza gestada por un grupo de jóvenes apasionados por el séptimo arte, liderados por el Colectivo Veinticuatro cuadros por segundo. Desde que inició, el día Lunes 23 de Junio, los asistentes vivimos grandes y enriquecedoras experiencias alrededor del cine. Primero recibimos desde África la película “Hotel Ruanda”, luego fue “Candy” desde Oceanía, y el tercer día “El viento se levanta”, desde Japón. Tres películas acompañadas también de talleres sobre fotografía y títeres, que aportaron grandes enseñanzas para niños, jóvenes y adultos que asistieron al Festival durante sus primeros días.

cine 6

Para el día Jueves, mientras aguardábamos en la sala de espera para bordar el avión al norte del continente americano, una persona se acercó a nosotros, quería hablarnos sobre cómo el cuerpo nos contaba historias, cómo él mismo era un lienzo apto para pintarse con pinceladas de colores, con anécdotas, dolores, remembranzas felices y acciones de otrora que nos llevarán a crear una obra de arte con miles de detalles y caminos desperdigados por toda la pintura. Nos contó cómo las cicatrices son el derrotero del hombre, el sumario de lo que ocurrió, y a esta altura de la charla me pregunté “¿Qué es una cicatriz?”. Después de saborear un poco este cuestionamiento reflexivo, me dije a mí mismo: la muestra de que vivimos, corrimos y saltamos, que nos movimos entres las espinas de la rosas y nos chocamos con las rocas del camino. Las cicatrices son marcas visibles de una guerra que no claudica sino con la muerte. A pesar de su corta intervención todos los presentes quedamos con una idea rodándonos alrededor de la cabeza: “El cuerpo es un relato de la vida corpórea, llena, hasta la saciedad, de memoria táctil; atiborrada de sensibilidad y experiencia”.

Imagen tomada de: www.gestaltgranada.es

Imagen tomada de: www.gestaltgranada.es

El avión llegó, nuestra charla terminó y alrededor de las 7:00 p.m., la pantalla se llenó de color y naturaleza para llevarnos  Hacia rutas salvajes de la mano de Sean Penn y el testimonio de Christopher McCandless: un mosquito me zumbaba al oído, traté de espantarle pero seguía ahí, persistente. La noche había iniciado hacía varias horas y las estrellas estaban en su máximo refulgir, ramas secas se quemaban a causa de las llamas de la hoguera, mientras el sonido de los grillos hacía las veces de banda sonora. Christopher, desde la frontera de la muerte, nos contaba su travesía patrocinada por sus divagaciones existencialistas y su afán por abandonar su estilo de vida burgués. Realizó un viaje por todo el país, no contaba con dinero pues lo había donado a causas humanitarias. Su forma de viajar estaba sustentada en la bondad de los automovilistas. Fue de California hasta Dakota del Sur, conoció a miles de personas, se topó con la escueta América del marginado. Una vez en Alaska decide iniciar un nuevo recorrido, al mejor estilo de Walden ocupando un trozo de la naturaleza, siendo ella quien le aportase el sustento. Encontró un bus abandonado, el clima se hacía cada día más inclemente, la misma madre tierra se lo engullía con facilidad. Intoxicado y muriendo de hipotermia, trataba de escribir sus últimas palabras en un maltrecho cuaderno. No le quedaba otra opción, debería dejar que su vida se le escapara de las manos. Todos sentados alrededor de las brasas rojas –ya en el último segundo de la existencia de Christopher- justo antes de que las luces se encendieran y la escena se cerrara con una toma sobreexpuesta de un bus lleno de vida silvestre y abarrotado de muerte humana, pudimos vivir bajo su piel, percibir su enseñanza.

Faltaban treinta minutos para las ocho de la noche cuando nuestro vagón de Eurail llegó. Se retardó un poco, pero este viaje ameritaba cualquier espera, pues iríamos a Europa. Así pues que pusimos nuestras valijas en el tren, entramos y la puerta automática se cerró tras nosotros. En un abrir y cerrar de ojos estábamos en el París de los años 60. Una hermosa joven americana nos vendía el New York Herald Tribune, mientras un maleante francés se acercaba a ella. Sin saber cómo ni porqué, empezamos a ser parte de una “escapada”, de una fuga. Corrimos por las calles de Francia a blanco y negro, vivimos el amor y la traición, el desasosiego de huir y, al final, la muerte. Habíamos llegado Al Final de la Escapada.

Una vez más el tren siguió su marcha, de repente se detuvo en una estación y allí hicimos un transbordo a Eurostar, nos dirigíamos a Inglaterra. Pasamos el Canal de Mancha bajo el sedimento marino, toda una travesía auspiciada por las tecnologías modernas. Londres nos daba la bienvenida con su London Eye y su vanguardista Gherk. Allí fuimos amablemente recibidos por un grupo moderno de gánsteres londinenses, los Rock and Rolla, una nueva mafia que transita por las calles citadinas, quienes no trafican con drogas o personas, sino que venden propiedades. Tienen la fachada de ser serios vendedores de bienes raíces, cuando en realidad hay toda una red tendida por la ciudad donde se atrapan Rockstars en decadencia, extranjeros con afán de construir edificaciones con algunos permisos “por fuera de la ley habitual”, ladrones de poca monta, contadores corruptos, políticos sin escrúpulos y, sobre todo, bajos instintos atizados por el dinero y las drogas. Mientras paseábamos por las calles de ese ícono internacional, descubrimos una faceta inglesa que no está directamente sustentada en el brillo de la corona o la comodidad del trono. Vimos esta parte poco comercial de una sociedad antigua, donde, al igual que la nuestra, la cuestión es matar o morir.

La excursión por los bajos fondos del Reino Unido finalizó, entonces nos dispusimos a abordar un ferry que nos llevaría a Holanda. Una vez allí nos escurrimos por el bosque, pasamos rápidamente mientras un grupo de habitantes subterráneos salían de su escondite para emprender la huida. Prestamos especial atención a un joven anciano que se escurría silencioso por entre follaje verde. Nos fue presentado más adelante como Borgman. Al parecer este grupo de habitantes del subsuelo salieron con la intención de invadir el mundo exterior. Como si de una novela de Orwell se tratase, la alegoría del oprimido y el opresor se vio claramente reflejada en un grupo de humanizados poltergeist. Ellos constituían una pequeña comunidad que buscaban la destrucción de una familia.

Primero vimos a Borgman correr desde su escondite hasta un chalet con todas las comodidades que el dinero puede comprar. Allí pide ayuda, pero sólo encuentra una bofetada por parte del sobreprotector hombre occidental. La abnegada mujer de este hombre, imagen típica de una dama que pone su vida en función a de su esposo, busca la manera de enmendar su error sanando las heridas del desconocido, prestándole un espacio de su casa y, al mismo tiempo, uno en sus deseos sexuales. La comunidad ya tenía lo que quería, gracias a esto se inició una serie de asesinatos con un estilo limpio, el cual revelaba que los participantes no sentían algún tipo de culpa. Primero fue el jardinero y su esposa, esto con el objetivo de adueñarse del jardín para entrar y salir sin problema del chalet. Después fue un suplente del jardinero. Los tres fueron a parar al fondo de un lago, lugar donde el grupo solía ir a nadar, rozando con sus piernas a los cadáveres. Hubo cuatro muertes que no implicaban exactamente la detención de la vida física del cuerpo, sino que proponían la pérdida de la libertad mental, pues quienes vivían bajo la sociedad de la superficie, tenían esta particular forma de adueñarse de una persona: hacían un incisión en la columna, allí alojaban algún elemento que hacía que las personas se perdiesen a sí mismas, y así cayeran a manos de Borgman y sus compañeros, los tres hijos de pareja adinerada, al igual que su joven niñera.

cine

 

Ya estaban cerca de lograr su objetivo, tan sólo los separaba el hombre occidental. Su mujer estaba a punto de enloquecer, pesadillas provocaban que día a día le tomase más odio a su esposo al punto de solicitarle su muerte a su nuevo jardinero. En ese punto vimos cómo el deseo carnal superaba a la racionalidad. Así que  Borgman se aprovechó de esto. De una forma sutil acató la orden de la mujer. Después todos bailaron y bebieron copas de vino cerca del difunto. El engaño no terminaba aquí, la mujer también padeció bajo el poder de la parca. La dama murió pensándose libre de todo yugo, mientras en realidad adquiría un nuevo opresor. Los invasores se llevaron a los hijos y su niñera coartados, regresaron a su viejo escondite.

Antes de finalizar nuestro viaje por los bosques holandeses, Borgman se da vuelta atrás para contemplar una vez más el hogar del cual se adueñó, para mostrarnos la razón por la cual abordamos el ferry hasta allí. Apropiarse de algo con la simple influencia de la muerte, hacerse propietario de la mente de algunas personas con el objetivo primigenio de sentirse el dueño y señor de alguien. Así pues, la revolución orwelliana terminó en el mismo punto que inició, pasando a desarrollar el papel de los opresores los que antiguamente eran los oprimidos, demostrando que éste es el único objetivo de las relaciones políticas, sentir el poder.

 

Sólo nos quedaba una jornada más a bordo de la nave itinerante del cine, este último viaje emprendido el día 28 de Junio; misma fecha en que se llevaba a cabo un enfrentamiento futbolístico entre el seleccionado colombiano y el uruguayo, disputa en la cual resultó victoriosa la Selección Colombia, provocando que las personas celebraran con el ruido de “vuvuzelas” (las famosas trompetas hechas de plástico con que los hinchas alientan a sus equipos), pitos, gritos, además del crujir  del “orgullo patrio”. Pero todo este bullicio no fue impedimento para abordar un bus que nos llevó a Bolivia. Una vez allí, después de haber visto a la Abuela Lluvia ser vendida, contemplamos una escena poco usual a nuestro alrededor: Llevábamos una cámara de vídeo, con ella registramos una fila de aborígenes que aguardaban para ser extras en una película en la cual nosotros participábamos, éramos los camarógrafos y patrocinadores.

Corría el año 2000. Bolivia, en sus sectores más marginales, estaba sumida en una profunda crisis por el bien más común y a la vez el más básico para la sub-existencia humana: el agua. Pero, como siempre, esto ocurría en segundo plano. Lo que primaba era nuestra película sobre la llegada de los españoles a América, exaltando la brutalidad de esta acción. Filmamos la simulación de miles de indígenas siendo oprimidos por Colón, mientras en la iglesia se gestaba una revolución por parte de un grupo de clérigos que no veían la necesidad de esclavizar para sustentar a la Madre Patria. Al fondo de la historia de colonización y opresión, estaba la moderna conquista, ahora no a manos de españoles renacentistas, sino de americanos con el poder económico para cobrar por la lluvia. Nuestra grabación se vio interrumpida por los enfrentamientos entre los habitantes de Cochabamba y las fuerzas militares de La Paz, y sólo de esta forma prestamos atención a lo que ocurría en el país que usábamos como set de grabación.

Los niños disfrutaron de actividades llevadas a cabo durante el festival de cine de Santa Rosa de Cabal

Los niños disfrutaron de actividades llevadas a cabo durante el festival de cine de Santa Rosa de Cabal

Nos chocamos de frente con la agonía de un pueblo que clamaba por bienestar. Dejamos las cámaras, para en un principio huir, pero terminamos involucrándonos en la misma guerra. Corríamos en una camioneta, pasábamos entre los escombros de la ciudad, contemplábamos cadáveres sobre los andenes. Mujeres llevaban a sus hijos en la espalda al tiempo que cargaban objetos para crear barricadas. Hombres dotados con palos y piedras se enfrentaban con militares fuertemente armados. Observamos la guerra, hasta arribar a un modesto puesto de salud, lugar donde sólo escuchábamos gemidos de personas moribundas. Llegamos hasta allí para preservar la vida de una niña que logramos salvar, pero no pudimos hacer nada por los demás humanos agonizantes que pasaban a engrosar las filas de “los caídos en guerra”.

Este último viaje finalizaba, las luces se encendían y el proyector dejaba fija la escena final: hombres luchando por tener lo que de antemano ya les pertenece, su vida, y las condiciones para sobrevivir en un medio hostil.

Cuando el filme terminó, esperamos a que llegara un expositor que nos hablaría sobre la crisis del agua. Él jamás arribó. Mientras aguardábamos, las palabras se agolpaban en nuestras gargantas, las ideas y quejas vociferaban en nuestras cabezas, y gracias a esto iniciamos un debate, una confrontación de ideas. Se habló del Caquetá,  de Japón; de cómo nuestros ríos eran contaminados por la minería; cómo cada día perdíamos miles de litros de aguas en baladíes. Contemplamos este escenario devastador, donde sólo la conciencia lograría cambiarle. Nos miramos unos a los otros para comprender el sentido que resultó tener el festival: crear ideas a partir de la cultura y el arte, fomentar la producción crítica, aprender a no tragar entero todo lo que el medio nos  muestra.

La charla terminó, la función se acabó. El sur de América cerró el festival proponiéndonos un cambio de actitud ante la indiferencia que nos aqueja.

Continuará…