Cierto olor a podrido

Gloria Inés Escobar (Columna)La educación en el sistema capitalista debe convertirse por completo en un negocio, es por ello que poco a poco se la va privatizando bien sea a través de decretar la partida de defunción de las instituciones públicas que quedan o por la aparición y legalización de instituciones privadas.

Por: Gloria Inés Escobar Toro

El paro de la UTP que actualmente se adelanta por parte de los estudiantes ha traído consigo, además de la consabida polémica, la proliferación de posturas a favor y en contra, la desinformación, parcialización y acomodamiento de los hechos por parte de los medios de comunicación locales y nacionales, dos interesantes agregados: uno, la salida a la luz pública de ciertas situaciones atípicas dadas dentro de la administración del señor Luis Enrique Arango, la cual en muchos casos se ha quedado solo dentro de los límites de la universidad, y otro, la oportunidad de discutir y reflexionar sobre la educación en este sistema.

Hechos como la politiquería, en cabeza de los Ángel, Soto, Gaviria, funcionando en pleno en el claustro universitario, amén de otras personas de la cuerda de la alcaldía y la gobernación; la sospechosa acumulación[1] y asignación de puntos para el incremento salarial por cuenta de la producción académica; las convocatorias y realización de concursos para docentes de tiempo completo hechas a la medida; el nombramiento de docentes catedráticos cuyo máximo mérito consiste en estar apadrinados; la asignación de contratos para prestación de servicios profesionales a amigos cercanos de la administración; el nombramiento de cargos directivos y administrativos por cuenta de la lealtad… con el jefe supremo; son evidencias de la descomposición de una administración que a pesar de pregonar la necesidad del cambio constante, logró que el Consejo Superior de la UTP emanara una norma que prolongara por 10 años la edad de su retiro forzoso con el fin de perpetuarse en el poder.

La suma de todos estos elementos y quizás muchos otros que todavía permanecen en la oscuridad, son producto de una forma de hacer las cosas, una forma que puede ser “legal” (ya sabemos la laxitud que permite la ley y la “pericia” de quienes la interpretan y acomodan a sus intereses) pero definitivamente es éticamente reprochable. Una forma que incluye “valores” tan preciados para el rector como el de la “lealtad con el superior” [2]; valor que para él debe ser cultivado por el profesional en el mundo laboral; la sumisión, la verticalidad y jerarquía incuestionables (“la primera oportunidad siempre la debe tener el superior, no el subalterno”, “no tratar de arrollar al superior jerárquico”)[3]; una forma conducente al amiguismo, la manguala, el clientelismo, el favoritismo, el seguidismo y todos sus conexos, características estas que se ponen por encima de la meritocracia que tanto se pregona.

Forma que va muy de la mano con los nuevos tiempos, los tiempos para algunos, de la posmodernidad, donde el uso de eufemismos, de expresiones de moda políticamente correctas pero vacías de contenido porque no se adecúan a la realidad y se utilizan para maquillarla y esconderla bajo el brillo de lo aparentemente novedoso. La responsabilidad social, el emprenderismo, la innovación social, la sostenibilidad, el descentramiento de la educación, la calidad del sistema de clase mundial… son expresiones que suenan “progresistas”, pero son solo eso, expresiones.

Para mencionar solo un ejemplo de cómo el discurso está divorciado de la realidad y la enmascara, baste recordar que mientras se genera un movimiento nacional amplio de resistencia contra la locomotora minero–energética que pretende legitimar el despojo de nuestros recursos naturales, la UTP suscribe un  contrato la Seafield Resources, multinacional aurífera asentada en la vereda de Miraflores en Quinchía, poniéndose de este modo de cara a la megaminería y de espalda a los pequeños mineros que vienen siendo despojados de sus tierras y cultivos.

De otro lado está el privilegio de lo cuantitativo sobre lo cualitativo: el incremento de programas, de estudiantes, de especializaciones, de grupos de investigación, de cursos de extensión, de proyección de la universidad en otras regiones…  cifras presentadas como logros de gestión, y tal vez lo sean, de gestión empresarial, pero las preguntas que habría qué hacerse aquí son a costa de qué o de  quiénes se ha obtenido esto y qué tanto las cifras representan la realidad y aseguran la calidad de la educación.

Ahora bien, todo este estado de cosas es consecuencia lógica no solo del estilo “particular” del rector y sus funcionarios, sino también de unas políticas propias del modelo capitalista en el que estamos insertos.

Por mucho que incomoden las formas, por reprochables que sean las actuaciones de la administración, por gran malestar que genere el rector con su arrogancia y su sordera, no puede dejarse de lado que el problema no es él, aunque él lo encarne y con su sello lo haga más profundo, el problema es un sistema que promueve, fortalece y al final, obliga a convertir todo, absolutamente todo, en mercancía. Si la educación se planea como empresa, funciona como empresa, se evalúa como empresa y se exige que como tal, sea rentable, es porque ésta ha dejado de ser un bien social y se ha convertido en un  negocio. Es una realidad, la educación se ha transformado en una empresa que además debe ser cada vez más privada y menos pública, y debe estar cada vez más al servicio del capital y cada vez menos, al de la sociedad.

Que la UTP marche en ese sentido no es pues por capricho del rector, ello es resultado de las exigencias de implementación de un modelo de educación acorde a la lógica del capitalismo, modelo que ha sido acatado “diligentemente” por el señor Arango. Ya hace más de once años esto lo denunció Chomsky cuando afirmó que “en las universidades [y se refería a las norteamericanas] hay un movimiento hacia el corporativismo (se entiende como ponerse al servicio de las grandes corporaciones) y esto tiene muy claros efectos”. La educación en el sistema capitalista debe convertirse por completo en un negocio, es por ello que poco a poco se la va privatizando bien sea a través de decretar la partida de defunción de las instituciones públicas que quedan o por la aparición y legalización de instituciones privadas.

Las IESAL (Instituciones de Educación Superior con Ánimo de Lucro) aparecidas en la pretendida reforma de la educación superior no son por tanto inocentes, son la copia de un modelo de educación que opera ya en otros países (empresas privadas que compran o crean instituciones educativas y se instalan por todo el mundo –léase, trasnacionales de la educación- como la Laureate Education Inc, que tiene 67 instituciones en 27 países[4]) como parte de una estrategia global de privatización de la educación. Modelo que se vende a nombre de posibilitar una mayor cobertura, una mayor calidad y una forma de lograr el desarrollo y el progreso humanos. Así, por ejemplo, en la misión de la multinacional educativa mencionada reza “compartimos la misión de hacer la educación superior de calidad, accesible y asequible para que más estudiantes puedan realizar sus sueños” y más adelante, “creemos que podremos ayudar a ser del mundo un mejor lugar”. Venta de ilusiones. Educación de mercado.

Pues bien, la pretendida implementación oficial de este modelo (las universidades llamadas “de garaje” –piratas- son parte de él), por ahora frustrado por el movimiento nacional en su contra, deja ver claramente hacia dónde va la política educativa del mundo capitalista, y no puede ser de otra manera porque está más que demostrado que en tal sistema lo que no produce ganancias, hay que eliminarlo tarde o temprano. Así que no nos llamemos a engaño, si el rector se va por las razones que sean, las condiciones de la universidad no cambiarán mucho, puede que llegue otra persona con un estilo menos perverso y quizás más transparente, pero fundamentalmente las cosas seguirán el rumbo ya trazado porque lo que pasa en las instituciones de educación superior no es más que una muestra, otra más, de la descomposición en la que este sistema tiene a la humanidad, descomposición que -tomando prestado el título de un libro de José Luis Martín Vigil- va dejando un cierto olor a podrido. Así que la lucha va más allá de derrocar al príncipe.

 


[1] En un solo año – 2009- el profesor Fernando Mesa, publicó 11 libros –uno de 180 páginas, 3 de 200 y 7 de 250- más una serie de artículos.  Ver http://201.234.78.173:8081/cvlac/visualizador/generarCurriculoCv.do?cod_rh=0000691186

[2] Como un ejemplo consúltese su discurso en el IV Congreso Diocesano de Educadores de octubre de 2009. Ver http://www.utp.edu.co/rectoria/discursos/iv-congreso-diocesano-de-educadores.html

[3] Idem

[4] Para mayor detalle puede visitarse http://www.laureate.net/SiteMap