La cultura creó la ilusión del yo para poder configurar un individuo que pudiera conocer y socializar; pese a ello, en nosotros habitan otros a la espera de poder emerger.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Al caminar por las calles empedradas de La Candelaria se observa, como es costumbre, turistas, hippies, vendedores y algún astro a la deriva. Aquellos destellos de luz pueden estar fijados en el firmamento o reposar en el puesto de algún vendedor ambulante; un poemario puede contener un universo.

Así llegó a mis manos un libro de la poeta Clemencia Tariffa, Poesía selecta. Una mujer que, como tantas otras, halló en la poesía un refugio desde el cual intentó comprender el mundo.

Porque las letras han sido una de las trincheras donde las mujeres han defendido sus anhelos; domesticar y apagar sus aspiraciones de saber es una constante en una cultura que teme a la mujer que está de cara a su deseo.

Cómo olvidar las pujas y laberintos con los que se topó Sor Juana Inés de la Cruz para poder escribir; el aislamiento al que se sometió Emily Dickinson para dedicarse a la escritura; el delirio de Virginia Woolf o a Alejandra Pizarnik… la poesía fue una tabla de salvación, un escudo ante el mundo y la antesala de la muerte.

Las letras permitieron soportar los embates de sociedades que juzgan lo que no logran comprender y no comprenden –todavía– que es preciso abocarnos al deseo para enfrentar la vida.

En esa línea, la poesía de Clemencia Tariffa es un juego de espejos donde se observa al otro en uno y uno en el otro; un juego vano porque nada permite conocernos.

Cada uno es un desconocido para sí y los demás; somos universos encarnados e infinitos que tenemos un anhelo de saber, pero esta búsqueda sólo se resuelve en la muerte.

 

Me habita otra mujer.

Una extraña, una intrusa

Que no alcanzo a comprender.

 

Estamos, entonces, habitados no sólo por un extraño, es posible que estemos poblados de varios extranjeros que divagan en nuestro ser. La cultura creó la ilusión del yo para poder configurar un individuo que pudiera conocer y socializar; pese a ello, en nosotros habitan otros a la espera de poder emerger. Tariffa se percata de esta presencia y la imposibilidad de comprender el vasto universo de la conciencia.

En el juego poético de Tariffa son constantes las alusiones al universo: anillos de Saturno, estrellas rojas, trocitos de luna… analogías que permiten intuir el universo interior de cada hombre y mujer.

Este recurso poético es una apuesta por acceder a la inagotable inmensidad interior de cada uno; queremos saber, pero sólo podemos rozar el conocimiento interior en el mejor de los casos.

 

Vacío

En las noches

De mis días,

Maullando,

Mendigo,

Un trocito de luna

¿Y qué he conseguido?

 

¿Acaso el erotismo puede crear un puente sobre ese abismo que llevamos en nuestro interior? Para Tariffa la respuesta es sencilla: no. Ni siquiera el contacto con el amante y el deseo milenario de fundirse en un solo ser puede cumplir este anhelo.

El erotismo encarna y llena de significados al amante, los besos, las caricias, acceder al otro, es un juego efímero que nos acerca a la totalidad, pero no deja de ser fugaz; un instante que sabe a eternidad, al tiempo que nos reintegra a la soledad cotidiana.

 

No me conoces

Aunque he frotado mis labios

En tu lampiño pecho,

He cantado consignas

Con la boca rota,

He pintado en mi cintura

Una estrella roja

Y he aprendido en tus brazos

A hacer el amor

En un beso.

Aún así,

No me conoces.

 

Al leer a Clemencia recordamos que somos astros a la deriva al igual que ella, seres que no tenemos punto de referencia y que nuestro destino está marcado por una búsqueda que nunca termina o, mejor dicho, finaliza cuando la conciencia deja de ser.

ccgaleano@utp.edu.co