SIMON BLAIR (IZQ) No es justo que un candidato que le mintió descaradamente al país resultara ganador en la primera vuelta. Óscar Iván Zuluaga es un mentiroso sin tregua; sus contradicciones son más que justas para no elegirlo. 

 

Por: Simón Blair

Tengo rabia. Me duele lo que está pasando en Colombia con estas elecciones. Los adagios populares y siniestros se cumplen a la perfección en este país. Seguimos siendo un pueblo retrógrado, extremadamente religioso y sin un sentido certero de su esencia. No sé por quién tengo más rabia, si por el 60% de los abstencionistas (que por supuesto no garantiza que hubiesen votado por el cambio) o por los colombianos que votaron por los mismos candidatos de siempre, mostrándonos con descaro que las ideas más avanzadas y progresistas de una sociedad libre están enterradas bajo los principios del caudillismo, el pasado y el desconocimiento reiterado de la historia. Este es el resultado de lo que varios columnistas han llamado (entre ellos recuerdo a Juan Gabriel Vásquez) el examen mental de una nación: lo hemos demostrado; las fuerzas del fanatismo y la ceguera se están apoderando del poder, el discurso de la guerra y la venganza se están afianzando en los colombianos. La religión tendrá, así, una aproximación sin tregua con el Estado.

El inconformismo dejará de ser lo que es para convertirse en un rebaño de perezosos, de acomodados y criticones sin objetivo. Me duele: el abstencionismo histórico no puede ser otro síntoma que el del inconformismo descarado que desea cambio pero no lo busca. No puede haber una transformación en Colombia si no se informa, compara y educa. La política no puede jugar con nuestras vidas, nosotros, como ciudadanos responsables, debemos tratarla, acomodarla a nuestra necesidad imperante como nación, no dejarla en las manos de la emotividad estúpida y el fanatismo rampante.

No es justo que un candidato que le mintió descaradamente al país resultara ganador en la primera vuelta. Óscar Iván Zuluaga es un mentiroso sin tregua; sus contradicciones son más que justas para no elegirlo. Hagamos un resumen de esta fábula: 1) que jamás conoció al hacker, 2) que pasó por su oficina y le envío saludos 3) que organizó temas de redes sociales 4) que sí estuvo en su oficina, pero todo fue un vulgar montaje. La Fiscalía, las pruebas, la evidencia lo “desenmascararon”, pero los colombianos seguimos con la venda puesta. ¿Qué dijo después de esto? Que todo fue una infiltración y punto final. Un hombre que no acepta sus errores, un hombre que no tiene vergüenza es el espécimen que da lugar a un déspota, una bestia para perpetuar el poder. Esta es una columna de rabia, de sinceridad y pesimismo.

Es muy triste que el discurso del perdón y la reconciliación no se escuchara como debía. Aída Avella soportó la matanza de decenas de personas afines a su ideología política, fue una de las cinco sobrevivientes de la Unión Patriótica y sabe con grandeza que la venganza no hace otra cosa que fomentar la guerra y que el comienzo de una nación se construye con base a la paz y la reconciliación. El odio visceral del uribismo no nos lleva a ninguna parte, o sí, hacia un país más tonto y guerrerista.

El gobierno más corrupto de la historia parece que regresará al poder si no hacemos algo para evitarlo. Aquí la mesura y la cordura nos dicen que debemos elegir al candidato menos malo que, por lo menos, es mesurado, no se cree un caudillo ni un representante de dios y quiere ponerle fin al conflicto armado en Colombia, con todos sus defectos y dolores.  

El abstencionismo y la izquierda que no es dogmática deberán decidir si queremos seguir mal o estar peor. Yo prefiero seguir mal.