“Hace falta un padre estricto que proteja y sostenga a la familia y que enseñe a los niños la diferencia entre el bien y el mal”

Por Ian Lopez

Si nosotros, los hijos de la Patria, descuidamos el camino correcto por ir en búsqueda de satisfacciones íntimas, ¿qué más podemos esperar que contar con una figura paternal que esté ahí para llevarnos de nuevo por el camino del bien?, en este caso el Estado. Como lo dice el lingüista George Lakoff en su libro Don’t think of an Elephant!: “Hace falta un padre estricto que proteja y sostenga a la familia y que enseñe a los niños la diferencia entre el bien y el mal”.

Pero esa actuación paternal le quedó grande al Estado, y en lugar de proveer a su familia lo necesario para vivir bien, enseñarle a la descendencia a comportarse bajo un manual de reglas básicas de convivencia, y de sancionar cuando sea menester, se ha centrado en desencadenar peleas familiares, con los tíos e incluso los antepasados, y eso cuando no está poniéndole pañitos de agua tibia a las grandes enfermedades que nos aquejan.

Y es que cómo hacen para llevarle quejas al papá y traer cuatro primos con peligrosos antecedentes de mentiras con el fin de convencer al progenitor y hacer al pequeño Sigifredo a un castigo ejemplar. Es que se tienen merecido que lo único que hayan conseguido sea mandarlo durante dos meses a su  habitación, y que no lo dejaran salir a jugar con sus amiguitos o a su clase de danza contemporánea.

Todo el proceso estuvo mal desde el principio. ¿Cómo se les ocurre, a esas lumbreras que tenemos en la rama judicial, apresar a un exsecuestrado? ¡Por Dios! Su liberación, su reencuentro con la familia fue más emotivo que ver a Leonardo DiCaprio dejar a su amada en una tabla para ir a congelarse hasta morir. ¿Para qué crear un mártir en un país donde la población piensa con el corazón y no de forma objetiva?

Continuando con el argumento de Lakoff, el lingüista argumenta que: “Mediante el castigo (incluso físico) se enseña al niño a obedecer. Gracias a esto se consigue disciplina y autosuficiencia”. Pero a Papá le quedó grande darle un par de nalgadas a Sigifredito, y como la familia lo estaba presionando, mejor lo dejó salir de su habitación. Y felices todos.

Y buenos, mientras unos hijos están tratando de evitar a como dé lugar el castigo del Padre, y otros están tratando de demostrar su culpabilidad, algunos más se esfuerzan en aprovechar el momento para lucir lo mejor posible, y quizá ganarse un aumento en su mesada, como el fiscal general, Eduardo Montealegre, quien calificó como ‘aristotélica’ su actuación durante la detención domiciliaria y el proceso legal de Sigifredito. Pero, ¿qué quiso decir con ‘aristotélica’? ¿Acaso se refería al pensamiento de Aristóteles frente al orden y conducta con los esclavos? Esa que enseña la conveniencia de fijar un término a la esclavitud, ofreciendo y concediendo la libertad al esclavo en un plazo dado. Quizá. O quizá sólo se refería a su interés en la ciudadanía. No lo sabemos.

Bueno, en últimas, ¿qué hacemos? ¿Cómo hacemos para darle un castigo ejemplar al muchacho?, nosotros que somos sus hermanos y lo queremos por ser sangre de nuestra sangre, porque a estas alturas, algún mosquito o zancudo debemos tener en común. ¿Vamos a la casa y le tiramos rollos de papel higiénico por la noche? ¿Le lanzamos tomates o verduras podridas? ¿O será que Sigifredito tiene en el bolsillo la simpatía del pueblo y no queda más que alegrarnos por su retorno a la libertad, así quede en tela de juicio su inocencia frente al caso de los diputados del Valle? ¿O será que a fin de cuentas sí es inocente? No queda sino especular.

Y ahora los más probable es que el Padre Estado, para que el niño olvide todo este trauma que le ha tocado pasar, le consiga unas merecidas y bien pagas vacaciones en una atractiva embajada, quizá con vista al mar y mojitos para desayunar. Y allá podrá terminar su segundo libro, y ganarse unos pesitos para poder vivir en un modesto hotel familiar, como el Hilton.