La tragicomedia que ha generado la publicación de un video en el que dos hombres adultos conversan sobre sus preferencias sexuales, el exsenador y exviceministro del interior Carlos Roberto Ferro Solanilla y un miembro de la policía nacional, el capitán Ányelo Palacios Montero, comandante de la Estación de Policía de Florencia (Caquetá), nos muestra un escenario que no es nuevo, pero que sí nos invita a reflexionar acerca de la sociedad en la que vivimos.

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Por Margarita Calle*

Más que cuestionar las actuaciones del señor Ferro que, sin duda, pertenecen a su ámbito privado, así se trate de una figura pública; o las de la periodista Vicky Dávila, a quien seguramente la formaron para poner en práctica la máxima de George Orwell según la cual el periodismo consiste en publicar lo que alguien no quiere que publiques, porque todo lo demás puede confundirse con relaciones públicas; quisiera hacer referencia a la condición de vulnerabilidad en la que nos deja la acción del capitán Ányelo Palacios, habituado, como parecen estarlo muchas personas, a vivir el presente a través del visor de una cámara, antes que experimentarlo plenamente, de manera directa.

Ante la pericia que despliegan personas como el señor Palacio, quien logra sostener una conversación subida de tono con un amante ocasional, mientras que apunta con su pequeña y contemporánea máquina de mirar, camuflada en alguna parte del cuerpo, no podemos más que sentirnos vulnerables cada vez que nos ponemos de cara a los demás o interactuamos en algún contexto. Este afán de las personas de “estar presentes con un ojo mecánico en lugar de con un cerebro”, nos dice el semiólogo Umberto Eco, parece haber alterado mentalmente a un número significativo de personas y está transformando dramáticamente nuestra manera de experimentar la realidad.

A través de pequeños gestos individuales y de comportamientos sociales recurrentes, vamos mostrando nuestra proclividad a volver público lo privado, a inmiscuirnos en el universo íntimo de las personas y a convertir en tema de discusión pública situaciones que se ponen a circular, sin ningún pudor, a través de dispositivos mediales y redes sociales. Al llevar a un foro abierto estas situaciones, el impulso por opinar se dispara, haciendo que afloren las pasiones y las precariedades de nuestras valoraciones éticas.

¿Quién nos estará apuntando con la cámara, quién estará grabando lo que hacemos y decimos y con qué fines? Esas son cuestiones que nos rondan y generan cierta paranoia, en un país en el que el Procurador actúa como inquisidor, los medios actúan al vaivén de las circunstancias, y personajes como el capitán Ányelo Palacios pululan por todos lados, para empujarnos al abismo de nuestros propias debilidades.

*Directora Maestría en Estética y Creación, Universidad Tecnológica de Pereira.