Consignas y falacias

Cada enero vemos revivir en nuestro país la eterna discusión del maltrato animal. Con la llegada de las corralejas y las corridas de toros, llegan también los reclamos, protestas y argumentos de quienes lo repudian, y también de quienes, aunque dicen no disfrutar explícitamente del dolor producido a los animales, disfrutan y/o practican actividades que necesariamente lo generan. No es esta, por supuesto, una batalla con solo dos bandos, a ambos lados del espectro hay grados y matices, y también existen, como es usual, los que consideran que no es un tema importante y por tanto les es indiferente.

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 Por: Edwin Hurtado
La confrontación por la tauromaquia es tan repetitiva que ocasión tras ocasión vemos desfilar ante nuestros ojos las mismas frases, los mismos intentos de justificación, las mismas imágenes; en pocas ocasiones tenemos la suerte de encontrar argumentos e ideas que rompen con las afirmaciones anquilosadas. Es tanto así, que los debates no lo parecen, sus participantes se limitan a leer sus decálogos sin prestar atención a sus errores, sin tener en cuenta el discurso del otro ni siquiera para mejorar el propio.
Por un lado vemos a los antitaurinos con una sensibilidad innegable, pero que lastimosamente se han dedicado en un buen número a repetir consignas que no resisten ningún análisis: “La tortura no es arte ni cultura”, “Si la tauromaquia es arte, el canibalismo es gastronomía”, entre otras. También muchos difunden estereotipos sobre sus contradictores: “mafiosos”, “asesinos”, “ordinarios”, “paracos”, “uribistas”…(A pesar del burdo intento de Uribe de confundir peras con manzanas). ¿De dónde sacaron tantos antitaurinos que la cultura es solo lo que un sector de la población considera bueno o deseable?¿De dónde sacaron que las cosas que ciertos sectores consideran malas no hacen parte de las tradiciones culturales de los pueblos? Convenientemente, eligen una acepción de la palabra para hacerse oír, pero aunque no lo quieran así, la cultura es amplia e incluye todo aquello que los grupos humanos han hecho de manera sostenida en el tiempo, incluso aquellos actos donde se golpea, se derrama sangre y se sacrifica. Así definida es evidente que la tauromaquia es una tradición cultual, aunque esto no implique que sea buena, válida o respetable.
La discusión sobre si es o no arte es mucho más compleja, debido, creo, a los múltiples desacuerdos en la definición de arte, pero podemos convenir que la tauromaquia comprende elementos estéticos y rituales que pretenden sacudir las emociones de los participantes y espectadores, englobando así buena parte de las definiciones propuestas. Tampoco tiene mucho sentido generalizar peyorativamente a quienes disfrutan de esta actividad, entre ellos hay hombres y mujeres, ricos y pobres, derechosos e izquierdosos, mestizos, negros y blancos. ¿No saben acaso que Antonio Caballero y Alfredo Molano son reconocidos protaurinos? ¿No han escuchado a Andrés Calamaro, Joaquín Sabina o Joan Manuel Serrat?¿No han leído a Ernest Hemingway, Fernando Savater, o Federico García Lorca? Otra generalización que cae en el vacío, otra demostración de que aunque sea más fácil repetir consignas que elaborar argumentos, debemos hacer el esfuerzo.
Del otro lado del espectro, tenemos a los taurinos entonando las mismas falacias y mentiras de siempre. Su favorita es la ad antiquiatem, que enuncia en este caso que la tauromaquia es una actividad válida y respetable solo por ser antigua, por ser una tradición. Afortunadamente las cosas no son así , para defender una actividad hay que presentar más y mejores argumentos además de sus años de historia. Esta falacia es muy usada por los mentados Caballero y Molano, y también subyace a la ley 84 de 1989, presunto estatuto nacional de protección animal que parece proteger más las tradiciones que los maltratan y sacrifican. Caballero y Molano también viven difundiendo otras falacias y mentiras: que su actividad debe ser respetada porque son una minoría, como si eso fuera razón suficiente; que la especie del toro de lidia desaparecería con el fin de la tauromaquia, como si eso se pudiera asegurar tan fácilmente, como si el toro de lidia fuera una especie y no simplemente una variedad de la especie tronco, y como si la extinción de una variedad doméstica tuviera muchas repercusiones negativas. No falta el incauto que les cree. Afortunadamente algunos como el genial Klaus Ziegler han destapado sus mentiras y señalado sus yerros y contradicciones.
Considero, como animalista convencido, que debemos cambiar el enfoque de nuestras protestas y reclamos, que para cambiar nuestra cultura primero es menester aceptarla y que no es necesario, al menos en este caso, abrir una brecha insalvable con los contradictores. Valen más las ideas estructuradas que las consignas, valen más los argumentos con evidencia a favor que los insultos, valen más los cambios culturales ampliamente debatidos que las prohibiciones por decreto. Con el paso de los años los humanos hemos venido ampliando nuestro círculo de consideración moral, hemos revisado con relativo éxito las costumbres que incluyen a los animales no humanos, incluso las alimenticias. Ojalá que mediante debates profundos y respetuosos logremos mitigar el dolor que infringimos a nuestros cotérraneos, que logremos superar las crueles tradiciones que generan asimetría entre el placer y el dolor de unos y otros, que sigamos avanzando en la construcción del paraíso, un paraíso que no dejará de tener conflictos pero que tendrá mejores maneras de resolverlos.
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