El proceso de la adolescencia –bastante traumático para la mayoría de nosotros– nos deja plenamente claro que la vaina de relacionarse se hace más difícil a medida que vamos creciendo. En esta etapa de la vida o pensamos que debemos ser firmes, que lo sabemos todo y  no nos gusta que nos contradigan…

 

DIANA CAROLINA GOMEZPor: Diana Carolina Gómez Aguilar

Somos sujetos sociales, eso está clarísimo. Relacionarnos es una necesidad inminente y latente de la especie.  Desde la primera infancia, es en el otro en quien encontramos respuesta a nuestras preguntas y cura a nuestros males; conocemos la plenitud, la tranquilidad, la seguridad y la estabilidad. En las siguientes etapas de la vida, seguimos siendo seres humanos necesitando de otros seres humanos todo el tiempo y para todo. Nos convertimos en una sociedad que teje lazos y construye vínculos, a partir de esa necesidad primigenia de alivio. La vida se convierte, entonces, en la búsqueda incansable del paraíso perdido.

A medida que vamos creciendo, la cosa se nos complica porque el hecho de relacionarnos con gente que ya no hace parte de nuestro núcleo básico, nos va haciendo conscientes de que los demás no son iguales a nosotros: no tienen las mismas ideas, no les gusta el mismo color, la misma música, la misma comida o la misma ropa. Empieza uno a descubrir un cúmulo de opiniones diversas, gustos variados y personas que son cada una, un universo en sí misma. Esto en teoría debería ser emocionante, y algunas veces lo es, porque no hay nada mejor que descubrir un nuevo mundo y aprender del otro. Sin embargo, es un choque ya que enfrentarse a la diferencia, implica necesariamente, poner a prueba nuestras propias convicciones.

El proceso de la adolescencia –bastante traumático para la mayoría de nosotros– nos deja plenamente claro que la vaina de relacionarse se hace más difícil a medida que vamos creciendo. En esta etapa de la vida o pensamos que debemos ser firmes, que lo sabemos todo y  no nos gusta que nos contradigan; o estamos llenos de inseguridades y miedos propios de ese momento de la vida tan falto de experiencia;  pero así vamos, luchando contra los demás, contra los imaginarios, las imposiciones, las realidades y, sobre todo, contra nosotros mismos.

Termina, en ocasiones, convirtiéndose todo eso en la lucha por defender lo que pensamos que no es más que una pataleta orgullosa que no quiere dar cabida a nada que nos contradiga; no porque sepamos que estamos en lo cierto, sino porque asumimos que darle la razón al otro es como perder una batalla.

Ya pasados los 20, la cuestión de ‘auto-descubrirse’ es bien compleja; hemos cometido errores innecesarios por no saber escuchar, sabemos que no siempre tenemos la última palabra aunque nos cueste admitirlo y somos conscientes de que con el paso de los años también llegan los cambios inminentes que nos hacen ser diferentes para transformarnos una y otra vez. Muchos nos hacemos conscientes de que hemos estado pretendiendo ser algo que no somos por sorprender a otros, por sentirnos aceptados;  incluso, hasta alabados en cualquier momento. Identificamos la impostura, esa protagonista de tantas conversaciones o eventos a los que antes asistíamos con gran entusiasmo y de los cuales ahora, con total vehemencia, pasamos de largo.

El otro, que representa la diferencia, ya no nos produce tanto miedo, conocerlo empieza incluso a convertirse en un proceso enriquecedor y valioso, ya que nos deja la frescura de sabernos sujetos en constante construcción.