Coprología

El escritor español Joan Antoni Martín Piñol ha dicho algo en su libro El gran tratado de la caca que me ha puesto a filosofar (para creer o descreer) y es que no es la muerte la que nos iguala a todos, sino la caca.

 

Por: Diego Firmiano

Mi vecino, al que llamaré Flavio, me contó recién que fue al médico, por un copioso dolor de cabeza de tres días. En el consultorio, el doctor lo aseguró con unos exámenes de sangre, orina y VIH, además de recetarle, como si fuera un nutricionista, los alimentos bajos en yodo que debía comer.  Ante la sugerencia, Flavio, que es grande como un oso,  y que come igual que sus tres hijos, no pudo evitar expresarse:

-Doctor, con tanta recomendación, ¿me quiere mandar a comer mierda?

El médico, acomodándose los lentes respondió:

-Sí, pero bajita en sal sino quiere enfermarse.

Y ambos se descuadernaron de la risa.

Cuando Flavio delante de su esposa me contó esta pericia de la clínica, y después de perseguir esa cita durante un mes, no pude reírme sin pensar en varias cosas. Como por ejemplo la novela Secreciones, excreciones y desatinos del nonagenario Rubem Fonseca. O la coprofilia del Marqués de Sade, o ese extraño cuento de Francisco de Quevedo titulado Gracias y desgracias del ojo del culo.

Además de estos atisbos literarios, confieso que sentí un miedo escatalógico (de skatos, excremento ) porque en este país lo mandan a comer mierda a uno casi a diario. ¿Pero cómo? Cuando las EPS conejean a sus pacientes con medicamentos que llaman “post”. Es decir, con esos que aprueban una vez que el doliente  lleva tres meses bajo tierra. También con el salario mínimo, o mejor ínfimo, que reduce a los trabajadores a meros prosumidores (produce, consume y lo demás es cansancio).  Y otra forma en que nos mandan a comer mierda, y la última para no atosigar al lector, es cuando los políticos se roban la plata y nada pasa, o mejor, cuando para solucionar el hueco fiscal suben los impuestos y baja la calidad de vida.

Sin embargo, me da nostalgia, y quizá lástima, pensar que en los supermercados ARA o D1 no vendan este producto ya que saldría más económica comprar estos alimentos allí.  

El escritor español Joan Antoni Martín Piñol ha dicho algo en su libro El gran tratado de la caca que me ha puesto a filosofar (para creer o descreer) y es que no es la muerte la que nos iguala a todos, sino la caca.  Cerré inmediatamente el libro y me fui al baño a meditar sobre esta máxima. Después de un rato encontré un eureka en el asunto y no pude evitar escribir ese pensamiento epifánico en las hojas tersas del papel higiénico, como esas novelas de terror que venden en Japón:

¡Sabiamente nos conduce la naturaleza!

Cuando tenemos hambre, al pan.

Cuando tenemos sed, al agua.

Cuando estamos cansados, al sueño.

Cuando estamos llenos de amor, a la mujer.

Cuando tenemos náusea del mundo, al retrete.

Y por si queda duda alguna de aquello que un simple pensamiento excrementicio nos lleva a filosofar, recordemos la frase inter urinas et faeces, que llevó al mono de Sigmund Freud a formular su teoría sexual de los genitales y la fase anal del niño. En fin, para hacer justicia literaria a la anécdota de Flavio, mi vecino, anoto lo que reflexionó el buen Rubem Fonseca en el libro que ya he mencionado:

¿Por qué Dios, el creador de todo lo que existe en el Universo, al dar existencia al ser humano, al sacarlo de la Nada, lo destinó a defecar? ¿Habría revelado Dios, al atribuirnos esa irrevocable función de transformar en heces todo lo que comemos, su incapacidad para crear un ser perfecto? ¿O sería esa su voluntad, hacernos así toscos? ¿Ergo, la mierda?

@DFirmiano