En aguas más profundas encontraremos los restos de antiguos naufragios y empezaremos a comprender de a poco que todo este asunto, como por lo demás sucede también en los otros países latinoamericanos, echa raíces en una sucesión de revoluciones abortadas hasta la fecha.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Hace una semana reflexionaba en este blog acerca de los consumidores de información que incorporan vocablos a su habla cotidiana, sin detenerse a pensar en su sentido.

Por eso cambian con tanta facilidad sus concepciones del mundo y se comportan como los llamados influenciadores quieren que lo hagan.

Y estos últimos suelen ser caja de resonancia de los dueños del mundo.

En ese tránsito se convierten muy rápido en expertos que lo conocen todo… excepto el origen y el contexto de los fenómenos.

Es decir, lo único importante.

Da igual si se trata de la guerra en Siria, de los acuerdos de paz en Colombia, del rendimiento de un ciclista o de la compleja situación de la vecina Venezuela.

Con la cabeza rebosante de imágenes y datos inconexos arrojan opiniones a los cuatro vientos, sin parar mientes en los daños colaterales, para hablar en el lenguaje redivivo tras el advenimiento de la era Trump y sus siniestros pillastres.

Detengámonos en Venezuela, ese territorio ubicado tan lejos y tan cerca de nosotros.

De un lado tenemos al gobierno de Nicolás Maduro y su cada vez más estridente aparato mediático que se encarga de presentarlo como víctima de una conjura internacional.

Del otro encontramos unos medios poderosísimos de carácter global, decididos a presentarlo como un demonio designado por las potestades comunistas para precipitar a Venezuela hacia el abismo.

CNN, Fox, NTN 24, RCN y Caracol forman parte de legión encargada de enviar reporteros al “lugar de los hechos”, es decir, al escenario que les conviene: protestas reprimidas por el régimen, supermercados vacíos, niños moribundos, incendios.

Es decir, el espectáculo de las noticias.

Y no es que todo sea un invento de los medios.

Pero no representa toda la realidad. 

Porque, en últimas, son muchas y muy variadas las circunstancias que han empujado a Venezuela a su situación actual.

Así que es mejor leer entre líneas.

Y sobre todo fijarse en la letra menuda.

Nada es lo que parece.

A no ser que hombres como Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera, Jaime Lusinchi o, viajando atrás en el tiempo, el dictador Marcos Pérez Jiménez, hayan pasado por arte de birlibirloque a la condición de santos o “Héroes de la Patria”, como llaman los ideólogos de los totalitarismos a quienes hacen el trabajo sucio.

Antes de Chávez ese país había producido y comercializado petróleo suficiente para brindarle a la totalidad de su población uno de los mejores niveles de vida en el mundo.

Pero no fue así.

Y no lo fue, entre otras razones, porque Venezuela participa de una condición común a los países del tercer mundo, empezando por Latinoamérica y África: en ellos la riqueza deviene maldición.

Se trata de naciones dotadas de unos recursos naturales -los minerales no son los únicos- que a lo   largo de los siglos han sido saqueados por el gran capital mundial y sus aliados: las corruptas élites locales.

Si: ya sé que unos cuantos entre ustedes van a tildarme de mamerto y desfasado.

Es más: me recordarán por enésima vez que estamos en el siglo XXI y que el muro de Berlín fue derribado en 1989.

Cosas que creo conocer en alguna medida. Por eso escribo sobre estos asuntos.

Asumo de entrada los adjetivos si eso contribuye al debate y la reflexión.

Sumo y sigo. No son Chávez y Maduro los únicos que han despilfarrado las riquezas de Venezuela, lo que no los exonera de sus responsabilidades.

Solo que simplificar siempre resulta una fórmula fácil: si conseguimos que una persona o un gobierno sinteticen todas las formas del mal, sus contradictores no tienen obstáculos para presentarse como los salvadores de la sociedad.

Con Leopoldo López, Enrique Capriles, Lilian Tintori, Julio Borges y los más visibles líderes de la oposición sucede eso.

Es más, a estas alturas suman millones los que los ven como gestores de una salida hacia la redención.

Olvidan que son herederos de quienes en su momento también expoliaron al país.

Como ustedes ven, es un asunto difícil de entender.

Tanto que es mejor hacer una inmersión en la Historia venezolana antes de tomar partido y ponerse a opinar a las volandas.

En aguas más profundas encontraremos los restos de antiguos naufragios y empezaremos a comprender de a poco que todo este asunto, como por lo demás también sucede en los otros países latinoamericanos, echa raíces en una sucesión de revoluciones abortadas hasta la fecha.

Y eso no parece interesarle mucho a la creciente legión de expertos.

Los resultados saltan a la vista: hasta  ahora hemos sido incapaces de comprendernos a nosotros mismos.

Sin embargo, nos obstinamos en desatar los nudos del vecino.

Al fin y al cabo parece más fácil.

Pero solo lo parece.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=-rnlA1VOuT4