Quizás los cumpleaños sean provocaciones periódicas al instinto animal de supervivencia. O un día más o un día menos; dependiendo del tamaño de la luna y los ojos que la miran. Tal vez una escena como la del malabarista que, a 20 metros de altura, juega con el vértigo morboso del público: para dar un paso adelante da dos hacia atrás.

 

Por: Juan Alejandro Echeverri

El verbo cumplir-años es difícil de conjugar. Por su ambigüedad interpretativa en el universo creativo del lenguaje, cada cual lo conjuga como quiere –sin obviar que hay colores, frases, y conjugaciones estandarizadas. Como si de un Debate en el Tribunal Supremo de Justicia se tratara, Martin Caparrós sentenció: “Envejecer es descubrir que ya no serás otro”. Sí. Vivimos en sísmicas estructuras hechas de escombros –de tiempos- que no se reciclan.

Quizás los cumpleaños sean provocaciones periódicas al instinto animal de supervivencia. O un día más o un día menos; dependiendo del tamaño de la luna y los ojos que la miran. Tal vez una escena como la del malabarista que, a 20 metros de altura, juega con el vértigo morboso del público: para dar un paso adelante da dos hacia atrás.

Si miráramos la existencia con microscopio, cuando cumplimos años, el pasado se vería opaco y deforme, y el futuro tan moldeable que produciría una zozobra angustiosa.

De los cumpleaños solo sabemos lo mismo que sabemos de la muerte: que llegarán -que es como saber nada-. Tal vez, por qué no, cumplir-años sirva de excusa para leer Transfiguración de Vicente Huidobro:

Soy el alimento de millones de años

Preparándome a través de los tiempos y los siglos

En escapadas furtivas o violentas

A través de las razas los países y los mares (…) Y cada uno piensa

Y cada uno oye por todas sus hojas y por todos sus poros/ Y cada uno lleva su lepra legendaria

Y sus auroras explosivas

Y todos se me agolpan unidos por el ansia

De ser vibración propia en los paisajes

No me queda claro si podemos prescindir de los cumpleaños como las máquinas de los humanos. Entonces escribo, que es la única manera –mía– de poner en duda la verdad, usando la primera persona, sin miedo a no tener la razón en este teatro llamado realidad.