El mito de la existencia de las brujas, por ejemplo, no solo es la manifestación más burda de la misoginia que comparten en general las religiones, sino que fue usado en los tiempos de cacerías de brujas para extirpar la disensión y el pensamiento crítico…

 

Por: Gloria Inés Escobar

Para empezar, las brujas no existen, estas no son más que seres imaginarios que la cultura popular mantiene vivos como todos los demás mitos que se han creado a lo largo de la historia.

Esto no quiere decir que no existan personas que afirmen tener conexión con el inframundo, con las fuerzas ocultas que gobiernan el universo, con los espíritus y demás energías que de acuerdo a sus creencias, determinan el destino de los seres humanos.

Por supuesto que estas personas existen, pero no son brujas ni tienen los poderes que afirman tener; no son más que vividores que hacen uso y abuso de la ignorancia, las carencias, las ilusiones y esperanzas de la gente que acude a ellos.

Sin embargo, el asunto de las brujas no es para nada infantil e inocuo. Y no me refiero a esa celebración cada vez más popular por lo comercial, y viceversa, en la que los adultos, no solo los niños, se disfrazan y festejan; no, me refiero a la creencia de la gente en dicho personaje.

La razón es que en la medida que avanza la superstición y el mito, retrocede la ciencia y eso para la sociedad, es una verdadera calamidad. Hoy no estamos en la infancia de la humanidad en la que todo aquello que se desconocía era atribuido a fuerzas extrahumanas, mágicas, divinas. Hoy la ciencia ha dado respuesta a muchos interrogantes y ha explicado muchos misterios. Falta mucho por descifrar y conocer pero el método riguroso y fiable utilizado por la ciencia es el camino correcto en esa búsqueda de respuestas.

El que la gente se mantenga en las garras de la superstición dificulta en mucho, la comprensión que pueda ganar del mundo en el que vive. Y no hablo solo de asuntos de la naturaleza en los que abunda la especulación sino, especialmente, de la sociedad. Si la gente sigue creyendo que su destino está guiado por la voluntad de un ser divino o por los designios de una supra conciencia universal, no intentará entender y descubrir quiénes realmente manejan los hilos del poder, quiénes y por qué se toman las decisiones que nos afectan a todos, quiénes y cómo modelan nuestro destino, quiénes y con qué fin propagan mitos de todo tipo.

El mito de la existencia de las brujas, por ejemplo, no solo es la manifestación más burda de la misoginia que comparten en general las religiones, sino que fue usado en los tiempos de cacerías de brujas para extirpar la disensión y el pensamiento crítico, mantener controladas bajo una moral única a las personas, imponer una sola visión del mundo. Fue también utilizado, en muchos casos, con fines políticos.

Un ejemplo conspicuo de esta última motivación fue la muerte de Hipatia de Alejandría en el siglo V, quien al parecer fue acusada de practicar magia negra por orden de Cirilo, opositor político de Orestes, prefecto imperial sobre quien la filósofa, astrónoma y matemática ejercía una gran influencia. Dicha acusación lanzada al pueblo provocó que una turba fanática la asesinara violentamente. De esta manera Cirilo consiguió eliminar no solo una aliada poderosa de su mayor contendor político, sino que propinó un duro golpe contra el pensamiento intelectual y científico de la época.

La cacería de brujas fue, y sigue siendo de manera remozada, un instrumento de poder no solo eclesiástico sino también civil, utilizado a conciencia para perseguir a todas aquellas personas que por diferentes razones resultaban inconvenientes o molestas a los señores del poder.

Las brujas no existen, pero su pervivencia en la cultura de la gente como encarnaciones del mal, sigue siendo un gran aliado de quienes detentan el poder, sino pregunten a Trump, a Bush, a Reagan…