De la esperanza y otros demonios

Valeria Guerrero OsorioUn sentido de competitividad que han motivado en todos con simples detalles como felicitarnos por algo bien hecho o premiarnos por cumplir con nuestras responsabilidades o simplemente dedicarnos un día solo a nosotros (o hacernos creer que es así).

 

Por Valeria Guerrero Osorio

No me gusta cumplir años, porque aunque trato de pensar que es solo un día más de mi vida, una fecha en la que nací muchos años atrás, aún guardo la esperanza de que mis padres asomen tras la puerta y me despierten cantando el feliz cumpleaños o que una llamada inesperada a la madrugada interrumpa mis sueños con los buenos deseos de alguien que está lejos; y es que como buen ser humano, guardo ilusiones que no siempre hacen bien.

Cuando era niña era diferente (claro); la torta, la piñata, las bombas, los regalos… hacían de esa rememoración de mi nacimiento el mejor día del año. Claro, después del de navidad.

Conocí a un profesor que decía que la esperanza fue el último mal que salió de la caja de Pandora, lo irónico es que para ser tan mala, fue lo primero que nos enseñaron a todos, incluso antes de nacer. Todas las madres -y hablo de madres porque son las primeras personas que están en contacto directo con sus bebés- esperan por la criatura que llevan dentro, no siempre con anhelo, pero finalmente, a la espera de la vida. Y hay algo que tengo claro, solo esperamos aquello que nos importa, aunque no necesariamente por considerarlo algo bueno.

Así, ser importantes, guardar ilusiones de serlo, mantener la esperanza de lograrlo es una de las mayores satisfacciones y aflicciones humanas; por eso buscamos reconocimientos como ser el primero, el número uno, el más capaz, el mejor, para llamar la atención, para sentirnos más importantes que los demás, aunque sea solo por un instante que alimente esa insaciable necesidad de ser el centro de atención. Un sentido de competitividad que han motivado en todos con simples detalles como felicitarnos por algo bien hecho o premiarnos por cumplir con nuestras responsabilidades o simplemente dedicarnos un día solo a nosotros (o hacernos creer que es así).

Lo peor de ese tipo de acciones no es la intención con que se ejercen -que no suelen tener ninguna relación con sus repercusiones directas-, sino los efectos colaterales a los que estas conllevan, pues no solo generan en nosotros el deseo de prioridad, sino también el sentido de priorizar en los demás. Y es que, ¿de qué serviría un gol sin ovaciones? Ser importante importa si alguien más reconoce esa importancia -valga las redundancias-. Una tradición que no ha dejado de cumplirse nunca, pues así como nos felicitaron, nos premiaron o nos asignaron un día, nosotros también felicitamos, premiamos y celebramos el día de los demás; es inherente a todos… imitar, hacerlo cultura.

Pero llega el día en que a nadie le importa si hacemos las cosas bien o mal, si cumplimos con nuestras responsabilidades -finalmente, son nuestras-, o si es nuestro cumpleaños, pues un año después también lo será. Es en ese momento cuando tratamos de convencernos que no es importante ser importante, aunque nuestro inconsciente nos repita a diario que sí, aunque leamos frases en todos lados que dicen que “si le importas, te llamará” o te buscará o no habrá excusa válida para no estar contigo -y no hablo solo de relaciones personales, como muchos pensarán, sino de las formas en que según la sociedad, las personas demostramos que alguien nos importa-.

Por eso no me gusta cumplir años, tal vez porque sé que no me despertarán con una llamada sorpresa ni me levantarán con una canción, pero aun así no pierdo la esperanza, o quizás solo sea una actitud que tarde o temprano adquirimos todos los seres humanos frente al transcurso de nuestra vida.