La situación de subordinación de la mujer, y todo lo que ella trae aparejada, ha cambiado sí, en su forma, pero no en su contenido, precisión ésta fundamental que no se puede dejar de lado.

Por: Gloria Inés Escobar

En varias ocasiones, durante una charla o conferencia sobre la situación de violencia o de subordinación que padecen las mujeres en la sociedad, he experimentado un cierto rechazo o malestar del público que escucha. Esta actitud, por quienes se han atrevido a manifestarla directamente, obedece a que el tema les parece recurrente (“machacado”), poco importante frente a los graves problemas que padece la sociedad, o finalmente, afirman que esa “victimización” de las mujeres o bien no es hoy pertinente porque la realidad para estas ha cambiado mucho y por tanto los padecimientos de los que se habla aparecen sobredimensionados, o bien porque “victimizar” a las mujeres no ayuda a nada y entonces se habla de que todos los seres humanos debemos ser más tolerantes con las diferencias de los otros, etc; en fin, en todos los casos, se niega o minimiza el tema.

Debo confesar que frente a la primera razón que se afirma yo he sentido algunas veces lo mismo pero de diferente manera. Me explico. Por ejemplo, dentro de poco más o menos 15 días se conmemora el Día Internacional de la No Violencia Contra las Mujeres y por supuesto, a quienes nos preocupa el tema y hacemos de él una lucha permanente para visibilizarlo y denunciarlo, nos pronunciamos en esta fecha, escribimos o hablamos o planeamos cualquier actividad para que no pase inadvertido. Pues bien, este volver cada año a lo mismo, a nombrar y evidenciar las distintas formas de violencia, a rememorar lo que hace ya más de 50 años pasó con las hermanas Mirabal en República Dominicana, me trae en ciertos momentos un sabor ya conocido, el de lo ya dicho, el de lo tantas veces repetido, el de “machacar” sobre lo mismo. Pero este sentimiento aunque pueda asemejarse en el nombre al ya expresado al comienzo de este escrito, es diferente porque lo que lo origina no es el sentimiento de aburrimiento y rechazo frente al tema sino la desazón que me produce una sociedad que se niega a ver la realidad, que vive de espaldas a ella.

Y es que la realidad existe por fuera de nuestros deseos, ella está ahí querámoslo o no; no importa si se cierran los ojos o se tapan los oídos para no verla ni escucharla, la realidad sigue allí, presente,  tozuda, aguardando con paciencia a que notemos su presencia. Así que no importa cuánto la neguemos, ella va a continuar hasta tanto no nos decidamos a considerarla y modificada, porque digámoslo también, la realidad, lo que pasa, lo que vivimos, no es inmutable, no es para siempre, al contrario, puede cambiar, puede ser totalmente derribada y reemplazada por otra, esa es la ventaja, esa es la certeza a la que nos aferramos, esa es la verdad que nos anima a continuar la lucha, ese es nuestro motivo para volver una y otra vez sobre ella y por esto es que se repite el discurso de la violencia contra las mujeres y la discriminación a la que están sometidas, porque la realidad que padecen millones de mujeres en el mundo (un poco más de la mitad de la población mundial) no ha sido transformada, sigue ahí agazapada, tal vez maquillada y muy adornada, pero incólume.

Esto último me lleva a desmentir la también recurrente afirmación de que este discurso de algunas mujeres (unas “feministas”) no es pertinente porque hoy la realidad es otra y las mujeres han visto transformar su vida de una manera radical. He aquí una crasa confusión, una falsa percepción, tal vez la más dañina y difundida. La situación de subordinación de la mujer, y todo lo que ella trae aparejada, ha cambiado sí, en su forma, pero no en su contenido, precisión fundamental que no se puede dejar de lado. Aquí resulta clave recordar la vieja, pero al parecer no entendida o sospechosamente marginada, dicotomía aristotélica de forma y contenido. Un contenido puede adoptar diferentes formas, manifestarse de diversas maneras, y claro, si lo que se miran son precisamente las formas, las apariencias sin hurgar en la esencia, en el fondo, en el contenido, fácilmente se pueden sacar conclusiones erradas como la de que efectivamente la realidad ha cambiado y por tanto algunos discursos que plantean lo contrario se dice que han quedado anclados en el pasado, se han momificado y son hoy obsoletos, entre ellos, el discurso de la desigualdad entre hombres y mujeres, amén de otros tantos que son igualmente atacados por la miopía o el interés de quien los critica.

Pero resulta que si hacemos un examen juicioso, profundo, riguroso y minucioso de la situación de la mujer hoy día, encontraremos que las cadenas que oprimían a la mujer en tiempos pasados, aquellas que la sujetaban a la voluntad del hombre, aquellas que la consideraban seres de segunda categoría, aquellas que le exigían sumisión y obediencia, aquellas que le justificaban padecer toda clase de violencias, siguen intactas, solo que ahora no se ven, no hacen tanto ruido, no tienen la apariencia molesta, tosca y burda de antes.

Por ejemplo, hoy al parecer, las mujeres son “libres” de elegir si quieren ser madres o no (se hace caso omiso de millones de mujeres que quieren no serlo y se ven obligadas a ello porque no tienen acceso a los métodos de anticoncepción o los tienen prohibidos; porque se les niega la opción al aborto seguro; porque se les sigue enseñando que la maternidad es un destino…);

Hoy, al parecer, las mujeres pueden acceder a todos los niveles educativos y áreas del conocimiento (no se tiene en cuenta que innumerable cantidad de mujeres se ven condenadas al analfabetismo porque se sigue considerando que su función en la vida es ser madres, esposas y amas de casa y para ello no se requiere formación alguna; o porque no tienen recursos económicos para acceder a la educación, ni siquiera a la más elemental; o porque las religiones deciden qué contenidos deben ser objeto de aprendizaje de las mujeres y cuáles no; o porque en opinión de ciertos altos académicos y científicos las mujeres no tienen la misma capacidad intelectual y cognitiva de los hombres; o porque hay profesiones que son naturalmente masculinas y otras naturalmente femeninas…).

Hoy, al parecer, las mujeres no padecen un tipo de violencia particular sino aquella que padecen los seres humanos en general (no se menciona que la violencia contra las mujeres difiere esencialmente de la violencia común por cuanto se la ejerce por hombres que se consideran los dueños de ese objeto que les pertenece –la mujer-; por hombres además cercanos afectiva y parentalmente con ellas y por considerarse superiores tanto física como intelectualmente; porque las religiones, todas ellas misóginas, dictan la subordinación de la mujer y su sujeción al hombre lo que incluye el derecho de éste a golpearla y hasta matarla…).

Hoy, al parecer, las mujeres trabajan en todas las ramas de la producción (se olvida mencionar que en ciertas áreas el pago es diferencial si el trabajo lo hace un hombre o una mujer, por supuesto en este caso la ventaja es para los hombres en un porcentaje que varía de país en país y de sector en sector; que hay ciertas ramas de la producción consideradas masculinas –las que requieren mayor grado de inteligencia o fuerza- y otras femeninas –las menos valoradas socialmente-; que los trabajos más precarios y de menor remuneración son realizados en mayor número por mujeres…).

Hoy, al parecer, las mujeres son libres de ejercer su sexualidad (pero no se dice que ésta sigue girando alrededor del placer masculino y no de una relación plena para ambos; que aun así, aquellas que se creen en libertad de ejercerla siguen siendo señaladas por hombres y mujeres como indignas, putas, escorias y como tal son tratadas; que una sexualidad reprimida por el miedo al embarazo –ningún método anticonceptivo es totalmente seguro y además muchas religiones lo prohíben- o por el miedo al contagio de una enfermedad venérea por la negación machista de los hombres de usar preservativo, no es para nada agradable ni totalmente placentera; que muchas mujeres son obligadas a tener sexo porque sus esposos les exigen el derecho que supuestamente el matrimonio les confiere, o simplemente porque son coaccionadas en nombre del amor, del deber y hasta de la manutención).

En efecto, se han cambiado las formas –la apariencia– pero el contenido –la esencia– ha permanecido inalterado en lo fundamental, sobre todo para ciertos sectores de mujeres cuya realidad ha sido y sigue siendo brutal: las campesinas, las indígenas y las afro, mujeres que en general padecen además de la discriminación de género, la discriminación social que la pobreza en la que viven las arroja.

Por supuesto que en esta sociedad hay víctimas y las mujeres son unas de ellas, y el reconocerlo y aceptarlo no se hace como queja que busca la compasión de los demás, no se hace con el ánimo de ponerlas en una situación de minusvalía; se afirma que las mujeres son víctimas porque en efecto lo son pues padecen daño, violencia y discriminación y hasta que esta realidad de dolor, de injusticia, de hambre, de golpes no se erradique, no pararemos de denunciarla, de desenmascararla, de ponerla al frente para así combatirla con la contundencia necesaria.

Mientras la realidad solo sea camuflada para que todo parezca diferente aunque permanezca igual, para que nadie haga nada y todos sigamos conformes los dictados de unos cuantos, repetiremos una vez más y todas las veces que sean necesarias que las mujeres continúan siendo víctimas de una sociedad que las desprecia como seres humanos y las utiliza como objetos; mientras esta situación no cambie esencialmente y no solo en apariencia, seguiremos luchando en todos los espacios con fuerza y determinación para que en un futuro, no importa qué tan lejano se encuentre, la realidad sea muy otra, una realidad en que se pueda vivir en la diferencia pero en condiciones de igualdad, una realidad en la que ahí sí los discursos sobre la violencia y discriminación no tengan efectivamente lugar por no corresponderse con ella.