Para empezar, con todo y lo saludable que es un buen polvo, seguimos regidos por religiones empecinadas en abominar del sexo, produciendo de paso una legión de pederastas, violadores y obsesos adentro y afuera de su estructura burocrática.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Con seguridad, muchos de ustedes han recibido el mensaje por el correo electrónico, las redes sociales o incluso en  una hoja volante deslizada  bajo su puerta. La invitación dice así: “Descubre al niño interior dormido en ti. Talleres todos los sábados  en  horarios adaptados a tus necesidades”.Y sigue una lista de números de teléfono disponibles para quien desee acometer la enojosa tarea de despertar a los infantes.
Como creo que en lugar de un niño dormido los humanos tenemos adentro una bestia herida por siglos y siglos de represión, propongo desde  esta ventana una defensa del hijo calavera. Al fin y al cabo, no tiene sentido despertar a los chicos a un mundo de pesadilla. Hace poco leí en el periódico que uno de ellos fue  arrojado desde un piso diecisiete , al parecer por un prójimo incapaz de  manejar a su bestia .
Para empezar, debo decir que toda familia digna de ese nombre precisa de un hijo calavera que la salve de la neurosis.  Bien sabemos que  el exceso de normas y reglamentos es el camino más corto para llegar a la locura. De hecho, la historia de  nuestro modelo educativo es un extenso decálogo de prohibiciones. ¿No dijo un gracioso por ahí que todo lo bueno de este mundo  engorda, es pecado o las dos cosas juntas?
En realidad, no sé si el hijo calavera, dichoso como vive al margen de sus parientes desquiciados, precise de alguna defensa.  Pero  aquí van algunas de mis razones :
Para empezar, con todo y lo saludable que es un buen polvo, seguimos regidos por religiones empecinadas en abominar del sexo, produciendo de paso una legión de pederastas, violadores y obsesos adentro y afuera de su estructura burocrática. Una sesión de  talleres con un hijo calavera podría resultarles de más provecho que un año entero en manos de un experto en despertar niños dormidos. Sólo él conoce el arte de deslizarse en camas propias y ajenas sin caer en la tentación de la culpa.
La segunda no es menos valedera. El tamaño de las prohibiciones acabó por convertirnos en organismos siempre a punto de estallar, como si en lugar de sujetos pensantes y gozosos fuéramos calderas a presión ambulantes. Para liberarlas se inventaron los espectáculos deportivos (¿han visto a un hincha de fútbol puteando a toda la parentela del árbitro?), los centros de diversiones (¿se han fijado en los ojos desorbitados y en la tez lívida de un adicto a la rumba?), la pornografía (ah… la parábola de la impagable gratificación del sexo sin cadenas a la vista) y los cultos religiosos (siempre es bueno delegarle  a la insondable divinidad nuestra incapacidad para resolver los nudos de la propia vida).
La tercera reside en que las explosiones sociales derivan a la larga en una irreversible decepción. Según algunos sociólogos y antropólogos, el último gran intento de liberación colectiva fue el sobre dimensionado mayo francés de 1968. Ya todos conocemos el final: A la vuelta de pocos años sus más incendiarios  protagonistas estaban acomodados en las poltronas del poder. Para completar, sus descendientes se convirtieron en  los sumos sacerdotes de esa religión del arribismo y el consumo que  hoy gobierna el planeta entero. Los teóricos de la conducta nos dicen que las claves de esta última se explican por el estímulo incesante de las pulsiones de deseo y frustración que nos atan  la cadena producción-consumo-derroche-produccción por los siglos de los siglos. Nadie como el hijo calavera para sortear la dificultad: toma la flor del día y se marcha a sus cuarteles de invierno.
Si usted es un hijo calavera -condición envidiable- o si es padre de alguno -situación deplorable- conoce la contradictoria posición  de las familias frente a  ese fenómeno de la cultura y la naturaleza. Al mismo tiempo les  huyen y los reverencian  como a  los monstruos de los viejos relatos. La razón es simple y ya  fue esbozada al comienzo: los necesitan para preservar la propia salud mental, como los griegos precisaron del minotauro para  comprender esa parte de sí mismos que la batalla entre los instintos y la civilización dejó encerrada para siempre en el laberinto.