La inseguridad no cabe duda ha incrementado pese a que en este gobierno se han dado golpes contundentes contra la insurgencia y la caída de varios de sus líderes.

Por: Juan Manuel Toro Monsalve

Medio mandato ha transcurrido sobre una incertidumbre que no ha sido buena para el país. Entre los anuncios que pinta Santos en cada discurso que despliega, se han pasado dos años de mandato que distan de una realidad perfecta, que viene cargada de promesas incumplidas y una capacidad de maniobra que ha sido ineficaz distanciándolo de los problemas que aquejan a la nación.

Ante tanta proclama y retórica haciendo creer a un país que todo estaba bajo control y que simplemente iba a seguir el camino indicado por su antecesor, hoy se puede ver un Presidente entre la espada y la pared, que no sabe cómo gobernar, no se conoce cuál es su ideal, su política propia o su postura ante los ojos de toda una nación. Como buen camaleón que es, ha jugado a ser abogado de Dios y del diablo, a quedar bien con todo el mundo pero dándole la espalda a un país que poco a poco se desmorona y que revive en su percepción general los fantasmas que, a partir del 2002, parecía habían sido espantados.

La inseguridad no cabe duda ha incrementado pese a que en este gobierno se han dado golpes contundentes contra la insurgencia y la caída de varios de sus líderes. La voladura de oleoductos, atentados contra la infraestructura energética, los retenes ilegales y el ataque a poblaciones al parecer volvieron de la mano de una guerrilla renovada que al parecer ya le tomó el pulso a la ofensiva del Estado.

En lo económico, por más que se anuncie que Colombia crecerá entre el 5 y 6 por ciento, muy por encima del promedio regional, es evidente que el desempleo sigue campante y la informalidad aumenta, quedando la sensación en el paladar del ciudadano de a pie que se volvió a aquellas épocas del 98 cuando Colombia sufrió una de las peores crisis. Se abona, eso sí, que el país sigue blindado contra la gran crisis mundial, pero ante tanto desacierto del Ejecutivo es posible que esa protección esté desapareciendo poco a poco.

Sus famosas reformas de la educación, la tributaria y de justicia, por mencionar solo algunas, resultaron ser una afrenta a los colombianos. Se pudo notar la burocracia de un aparato Legislativo que en concordancia con el gobierno intentaron aprobar unas leyes que atentarían contra los derechos y la honra de la mayoría de habitantes del país. Ante eso, tuvo que recular, sacar excusas públicas, incluso lavándose las manos por unos proyectos que son de su total autoría, intentando quedar ante la opinión pública como el nuevo salvador de la patria.

Aunque ha intentado abonar buen terreno con la ley de víctimas y de restauración de tierras, esta no ha sido posible porque sin paz es difícil que haya una reconciliación. En una guerra que continúa es complejo que el campesino recupere lo que fue suyo algún día. Algunos han muerto en el intento, sin que exista por parte del Estado mecanismos para su vigilancia.

Son solo unos hechos de un período presidencial que apenas atraviesa el Ecuador. Sin embargo, está la sensación colectiva que Colombia volvió sobre viejos naufragios. Santos representa el típico político criollo que goza de buen afecto ante las élites, pero que a la hora de mezclarse con el pueblo no encaja, no es compatible y se ve un mandatario alejado de la población en general. Por eso, la gente le cobra con un 47 por ciento su disgusto en una reciente encuesta de medios.

Quedan dos años donde se juega su capital político y el futuro de su reelección. Si las cosas siguen como van, es posible que la gente le cobre en las urnas su mal manejo del país. Allí veremos de nuevo alianzas y la activación de maquinarias que querrán seguir calmando su hambruna burocrática. Días grises se le vienen a Colombia, se llegó la hora de pasar del dicho al hecho.