Desencontrarnos, para exponerlo en la apariencia de la palabra inteligente y elegante, esa es la invitación final. Sobre armar “cacerías”, ya hemos tenido suficiente con décadas de historia pasada por sangre.

 

“Las opiniones son respetables, pero los hechos son sagrados”. Este axioma, tantas veces repetido en las escuelas de periodismo, parece que en la actualidad poco o nada tiene validez en un país como Colombia, donde el irrespeto por la diferencia es pan de cada día.

Más aún, los foros en los cuales se comentan los artículos expuestos por los columnistas se convirtieron en parapetos para lanzar toda la inmundicia de los participantes, muchos de ellos amparados bajo el cobarde disfraz de un nombre anónimo. Por supuesto, no faltan los comentarios ajustados que controvierten con base en argumentos razonados y que demuestran una gran capacidad de controvertir por parte de quien los emite, pero estos son escasos.

Es necesario empezar desde ya una cultura del diálogo, del antagonismo franco, pero caballeroso. Es imposible seguir en esta sordidez en la cual las ideas se confunden con los autores, en un soterrado ejercicio de lo que los expertos en oratoria denominan como “ataque personal”, una de las categorías más populares de las falacias, de los sofismas, para ser más exactos. En fin, abundan los razonamientos o inferencia incorrectos que se pretenden simular como válidos.

No es esta una discusión sobre la veracidad o la “verdad” –ya tiempo habrá para hacerlo luego–, es una discusión sobre el respeto y la altura necesarios para la confrontación dialógica. Es difícil separar las ideas de las personas que las proveen, pero ya es hora de empezar a observar esta diferenciación civilizatoria. “El columnista, en efecto, no dogmatiza, propone y comparte su pensamiento”, escribe el maestro Javier Darío Restrepo. Siendo así, es inconcebible que la toma de una posición sea motivo para elevar ataques de tipo personal contra quien asume esa postura.

Además, valga la pena aclarar que las columnas de opinión son artículos en los cuales –de manera responsable y mesurada– las personas exponen sus impresiones sobre un asunto, pero en modo alguno demandan la exposición exhaustiva de fuentes –como sí es exigible en otros géneros periodísticos–. Mucho más cuando las afirmaciones entregadas por quien opina no son afrentas contra una persona o entidad particular.

Esta es una reflexión que invita al diálogo, en modo alguno al señalamiento de un actor específico. Colombia requiere de la palabra asumida como prenda de valor, de las palabras como alas del pensamiento y del respeto a la diferencia, todas estas, herramientas necesarias para la construcción de una sociedad mejor, en la cual el odio, la bilis o el rencor no se conviertan en estímulos para atacar a cualquiera con quien haya un disentimiento.

TLCDLR es un espacio para el desencuentro, para la unión de opuestos, para expresarse, para contar; nunca, en modo alguno, una monótona llanura edificada sobre los cimientos de la uniformidad. Desencontrarnos, para exponerlo en la apariencia de la palabra inteligente y elegante, esa es la invitación final. Sobre armar “cacerías”, ya hemos tenido suficiente con décadas de historia pasada por sangre.