El relato era tan escalofriante que me di una pausa y abrí Lacrónica de Caparrós. Antes almorcé arroz y lentejas. Leí su relato de cómo se hizo periodista, sus primeros viajes, de cómo esnifaba cocaína durante una entrevista a un médico y mientras escribía.

 

Por: Giussepe Ramírez

Desperté a las 6:40. Hacía días no madrugaba. Normalmente me levantaba después de las diez. Fue un ruido en la reja. Hubiera seguido durmiendo, pero había una razón para no seguir en la cama que me taladraba la cabeza. Debía realizar una diligencia en la universidad de la que me gradué: afiliarme a la biblioteca. La noche anterior había anotado las signaturas de los libros que iba a pedir prestados. Desde hacía varios días la ansiedad por ir a manosear y prestar libros me rondaba.

Tomé una ruta expresa. En el trayecto se subió un hombre con una marioneta grande. Interpretaron juntos A esa de Pimpinela. La gente esbozaba una sonrisa tímida y observaba con curiosidad.

Demoré cuarenta minutos.  

Bajé al sótano de la biblioteca para averiguar por el trámite. El encargado me extendió un formulario. Necesitaba la copia de mi carné de egresado, la firma de un fiador —empleado, funcionario o docente de la universidad—, copia del carné del fiador y el pago de una suma: diez mil pesos el semestre o veinte mil pesos el año. Desde la noche anterior había pensado convencer, a quien me atendiera, de que me sirviera de fiador, pero cuando el funcionario me extendió el formulario no me salieron las palabras. Me sentía sospechoso como en un aeropuerto.  

Me dirigí a mi antigua facultad sin saber bien a quién pedirle el favor. No había trabado amistad con ningún profesor. Eran seres lejanos para mí, personas con las que no me interesaba intimar. Vagué por el segundo y tercer piso, pero las oficinas de los profesores con los que había visto clase durante cinco años estaban cerradas. Decidí pedirle el favor al secretario de la facultad, quien me reconocía por mi nombre extranjero, aunque lo confundía con el nombre extranjero de otro egresado. Entré a la oficina y le dije con tono de pena que necesitaba un favor. Le extendí el formulario. Giussepe, me llamo Giussepe, le repetí. Me quiero afiliar a la biblioteca y necesito un fiador, disparé. El tipo, joven, miró el formulario con desconfianza. Pretendió desentenderse del asunto diciendo que eso solo podía hacerse con un profesor, pero le repliqué que también podía ser un funcionario. «Ya tuve una mala experiencia», dijo. Yo sabía que mentía, que simplemente no quería empeñar su firma conmigo, pero no rogué. Guardé el formulario en la carpeta. Gracias (por nada), le dije.

Fui a sentarme a las mesas de la facultad donde antes estudiaba para parciales de cálculo, álgebra lineal, teoría de juegos o macroeconomía. Esperaba que pasara algún profesor conocido para atajarlo con mi pedido. No pasó ninguno. Solo caras nuevas, un grupo de mujeres hablando sobre la estructura y los pagos en un juego básico. Se me ocurrió recorrer el cuarto piso como última opción. Encontré la oficina de mi director de tesis abierta (no me acordaba que era en el cuarto piso). Se extrañó al verme. «No tengo plata», fue lo primero que dijo. Casi, le respondí como para romper el hielo. Accedió sin remilgos. «Yo no tengo multas, ojo», me previno.

Pagué en la tesorería diez mil pesos. Volví al sótano de la biblioteca. El funcionario comentó lo rápido que había hecho todo. Tomé un dulce de café que había en el mostrador mientras el hombre tecleaba y activaba mi cuenta. ¿Ya puedo sacar libros?, le pregunté.  

Subí al segundo a piso, a la sala B donde está la colección abierta. Abrí mi libreta para revisar las signaturas. Me dio alegría volver a caminar por allí, recorrer los pasillos como si fuera a una promoción de supermercado donde puedes llevarte máximo ocho artículos gratis. Caminé por el pasillo de literatura francesa, suiza, colombiana, peruana y argentina. Escogí diez y descarté dos. Puse esta pila de libros ante el funcionario que tramitaría el préstamo:

 

  • La palabra del mudo (I) – Julio Ramón Ribeyro
  • La palabra del mudo (II) – Julio Ramón Ribeyro
  • Crítica y ficción – Ricardo Piglia
  • Los estratos – Juan Cárdenas
  • La carroza de Bolívar – Evelio Rosero
  • Lacrónica – Martín Caparrós
  • La verdad sobre el caso Harry Quebert – Joël Dicker
  • El adversario – Emmanuel Carrère

 

Mientras el funcionario ingresaba mis datos y pasaba los libros por el lector de código de barras, se me ocurrió que tal vez él imaginaba que como mi cuenta estaba recién activada y yo era egresado, me robaría los libros. Otra vez sospechoso como en un aeropuerto. Con la pistola puso la fecha de entrega en la tapa de cada libro. De todos los autores solo desconocía a dos: Joël Dicker y Emmanuel Carrère. De todas formas, desde la noche anterior sabía que lo primero que iba a leer era El adversario de Carrère, pues me había interesado en él tras conocer que ganó el Premio FIL de lenguas romances.

Entonces, mientras estaba en la estación esperando el bus, lo abrí con ansiedad. En el viaje de regreso una mujer no muy bonita habló con su madre por celular de un lío de plata; tras colgarle tuvo una videoconferencia con un extranjero al que hablaba en un inglés chapuceado. Desde allí, hasta que llegué a mi casa, leí alrededor de treinta páginas. Cuando entré y acomodé los libros en la mesa, tomé el ya iniciado, lo abrí rápidamente y retomé la lectura. El relato era tan escalofriante que me di una pausa y abrí Lacrónica de Caparrós. Antes almorcé arroz y lentejas. Leí su relato de cómo se hizo periodista, sus primeros viajes, de cómo esnifaba cocaína durante una entrevista a un médico y mientras escribía. Después me dirigí a una de sus crónicas: Claroscuros. Volví a toparme con algo escalofriante, el relato de la tortura y posterior desaparición de un grupo de discapacitados durante la dictadura argentina.

Regresé a Carrère, dispuesto a aguantar el voltaje, las toneladas de tierra que caían sobre mí después de cada línea. 172 páginas de horror viviendo bajo el mismo techo. Es el relato sobre el caso de Jean-Claude Romand, quien en 1993 asesinó a sus dos hijos, su esposa, sus padres (presuntamente a su suegro años antes), e intentó lo mismo con su amante, quien se salvó tras mirarlo a los ojos y pedirle que parara. En términos más amplios, sobre la cadena de mentiras que Romand había tejido durante dieciocho años y las estafas que hizo, sobre la fragilidad en que se basan las relaciones humanas, incluso las más íntimas y sanguíneas.

Anocheció. Tenía los ojos cansados, pero ya faltaban pocas páginas. Faltando diez minutos para las ocho de la noche terminé la novela de no ficción. Estaba angustiado, inquieto. Una sensación entre el asco y la desconfianza.  

Salí a fumar un cigarrillo y a tomar una cerveza, que se convirtieron en tres.

No quería hablar con nadie. Sentía miedo de los hombres.

@Animalmoribundo