Alérgico a las cofradías donde los egos se rinden culto y se premian unos a otros, el poeta Hernando López se atrincheró en La Virginia, ese pueblo de tierra caliente donde Eros y Marte van por las calles encarnados en la piel firme de las mulatas y en  la puntería certera de los pistoleros. El sexo y la violencia son viejos compañeros de viaje. El poeta lo sabe y por eso los conjura desde la palabra.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

 …Aguanta, corazón,

                                                              Que cosa aún más perra

                                                               Antaño soportaste…

                                                                      (Ulises, Odisea)

A veces -algunas veces- no queda una salida distinta a la de plantarle cara al lugar común. Negarse a él sería  abrirle la puerta al artificio. Por eso, frente a la poesía de Hernando López Yepes resulta ineludible hablar de un hombre que habita en el silencio y es habitado por él: toda forma de ruido lo amenaza, lo hiere.

Refugiado en un rumor de  palabras asidas en pleno vuelo, don  Hernando ha  cincelado sus poemas  a lo largo  de los años, atendiendo a la recomendación aquella: sin prisa pero sin  pausa. Sabe que la única recompensa es un verso capaz de conmover  la inteligencia y el corazón del lector y por eso se consagra a su oficio con  la devoción que otros le dedican a amasar una fortuna.

“A mi manera voy/ por camino azaroso/ que no es mía la senda/ de los muertos en vida”, escribe  en una suerte de declaración de principios: es el camino azaroso y no el trillado el que le prodiga  al poeta sus mejores recompensas.

Por esa razón elige la cornisa, el  río embravecido, el destino de los réprobos. Sabedor de que el lenguaje es un bosque en el que resulta fácil perderse, desde muy temprano se dio a la tarea de afinar sus sentidos para  identificar en el temblor del aire el irrepetible aleteo de la palabra precisa, la que desnuda lo más sublime y lo más terrible de nosotros.

Alérgico a las cofradías donde los egos se rinden culto y se premian unos a otros, el poeta Hernando López se atrincheró en La Virginia, ese pueblo de tierra caliente donde Eros y Marte van por las calles encarnados en la piel firme de las mulatas y en  la puntería certera de los pistoleros. El sexo y la violencia son viejos compañeros de viaje. El poeta lo sabe y por eso los conjura desde la palabra.

Para la vida tengo/ la mano abierta/ y la mirada firme/ el corazón altivo/y noble/y fiero/que en la vida yo estoy/ y a la vida me entrego”, se lee en un poema titulado así: A la vida me entrego. Como Hölderlin, López Yepes sabe que el poeta asume su destino entregando el corazón “a la tierra grave y doliente”.

En tiempos de penuria, como todos, los versos de este hombre se antojan rocas, cayados en los que apoyarse en un mundo cuya única divinidad  es el mercado. Quizá por eso deposita toda la confianza en la sabiduría del reino animal, como lo expresa en una elegía a la muerte de su lora: “Mi lora ha muerto/y me he quedado solo/el mundo que me imponen/ clava en mí su lanza/un  poco más arriba del costado.”

Quién sabe. A lo mejor frente a la verborrea impuesta por el mercado de la literatura, nos toque buscar la dosis necesaria de lucidez en la  voz primigenia de las aves. Seguir la ruta de Tiresias, el  viejo adivino que hablaba  la lengua de los pájaros, resulta un buen consejo.

Desconfiado, como todo hombre lúcido, Hernando López Yepes nos reta en cada uno de sus poemas:

En cuanto a mí /también fui peregrino/adoré pergaminos polvorientos/entre sus páginas/extravié el poema /en los cenáculos de la poesía/escuché voces indigestas de erudición/postrado ante el altar/recibí “el maná de la poética”/después de un tiempo/ y ya curado/ me pregunto: ¿por qué arrancar la pluma/ al  Ave del Paraíso/ para escribir con ella?

Bendecir al Ave del Paraíso, aprender de su silenciosa sabiduría es el propósito último de estos poemas agrupados más por el empuje de su ritmo que por una intención temática. A través de su lectura recuperamos, acaso sin que el autor se lo proponga, la esencia de aquella máxima del budismo zen:  “No es la flecha la que debe buscar el blanco: es éste último el que debe partir en busca del destino incierto de la flecha”.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada: