Es un chileno que hace ciencia con elementos etéreos porque, según el catedrático venezolano Orlando Albornoz, los científicos son los que salen a la calle a transformar la sociedad.

 

juan-alejandro-jaramillo-colPor: Juan Alejandro Echeverri

Cuando observaba a ese hombre ensimismado me parecía estar viendo al escritor Ernest Hemingway, con medio siglo a cuestas, sobre la proa de un bote encallado en las playas de La Habana, entablando una conversación metafísica con el mar. Barba de abuelo -tupida y canosa-, gafas, boina, camiseta blanca por dentro del pantalón y crocs marrones; y una mirada punzante que irrumpe en una dimensión a la que yo no logro entrar.

Estamos Ana, Maira –sus pupilas- y él –Marcial Apablaza-  saboreando un helado en el antejardín de una casa ubicada en la intersección de dos calles: por este punto deben pasar, sí o sí,  las personas que quieran comprar drogas en el barrio Los Quindos (al sur de Armenia).

Primero se acerca Juan Manuel y nos saluda a todos con su mirada de gato y sus manos de mecánico –ásperas y revestidas por una escama de mugre–. Le pregunta a Marcial cuáles documentos necesita para comenzar, de nuevo, el tratamiento de rehabilitación. Además de mencionar su ilusión por intentar, otra vez, recuperar su vida, dice que al terminar el proceso le gustaría explotar su don ceramista y servir de ejemplo a otros consumidores que él conoce.

A los pocos minutos una joven que no supera los quince años se sienta en la acera y le pide una moneda a Marcial.

–Yo no le doy moneda, pero la invito a un helado… –dice él con la ternura que un abuelo le responde a un nieto.

–Bueno… rico–, dice ella, con una voz frágil hecha de cristal.

Se llama María. La nariz roja, encendida. Basta ver que la carne no alcanza a revestir los pómulos, para darse cuenta de su desnutrición. Lleva las uñadas pintadas de colores vivos. Un trapo café, vetusto, cuelga de su hombro derecho.

–¿Y tú dónde duermes?–, pregunta Marcial.

–Por ahí…  en la calle–, responde ella con la misma convicción que respondería cuánto es dos más dos.

–¡Estás bajita de peso!

–Estaba enferma, no podía comer–, los ojos de María triscan, como buscando algo.

–¿Fuiste al médico?

–No me atienden.

–¿Y cómo te aliviaste?

–Con el bazuco–, responde María con una serenidad que petrifica los huesos y congela la sangre.

Ya nos vamos. Juan Manuel y Marcial acuerdan encontrarse el próximo lunes en la Clínica del Prado. Del muchacho brotan una infantil sonrisa y palabras de gratitud. La marchita cara de María es rasgada por una mueca alegre, ella también le expresa su gratitud a Marcial.

Un hombre que, supongo, tiene otras cosas por hacer -jugar con sus hijos, preguntarle como amaneció a su mamá, ganarse el pan, ir a un bar, confiar en el azar, o sabrá él qué cosas- pasa gran parte de su tiempo ingeniando “pequeñas acciones con grandes significaciones” que le permitan a los drogadictos y habitantes de calle del estigmatizado barrio Los Quindos, “recuperar su capacidad de soñar”.

Tal vez para el capitalismo valga más una moneda de cincuenta pesos o una antena de celular en La Guajira que la sonrisa de un pobre o la tradición ancestral de un Wayuú. Pero Marcial es mucho más que un hombre que se revela contra el sistema en silencio o que siente amor por el prójimo. Marcial, en realidad, es un chileno que hace ciencia con elementos etéreos, porque según el catedrático venezolano Orlando Albornoz, los científicos son los que salen a la calle a transformar la sociedad.

 

@j_alejo16