Una moneda por favor

La mendicidad en Pereira es alarmante. Y aunque somos generosos, el sistema del “dar por el dar” está destruyendo a una comunidad de ciudadanos flotantes, y está beneficiando a los grupos expendedores de droga que pululan por toda la ciudad. Una reflexión sobre los indigentes y su actitud mendicante.

 

DIEGO FIRMIANO

 

Por: Diego Firmiano

“Todos somos mendigos porque

nos hemos convertido en víctimas del hambre:

 unos, de hambre de pan;

Otros, hambre de amor;

Casi todos, de paz;

los más de comprensión”

Burbujas

Graciela Montemar

 

Los mendigos de Pereira, los que dependen crónicamente del público, conservan una idea fija en su mente: la ciudad nos debe los medios fijos para vivir y sostener nuestra adicción. Particularmente he hablado con algunos de ellos, y no solo las ideas son comunes, sino también los olores, y un orgullo rancio, -según ellos- de vivir en la calle.

Cada uno pide a su manera y según su creatividad. En la plaza Ciudad Victoria, uno de ellos con un tubo plástico ejecuta malabares para sacar sonrisas y dinero; otro, en la Plaza de Bolívar entrega publicidad y llama: “doctor, cómo está. ¿Usted ya no me reconoce?”. No soy doctor y no me acuerdo. Contesto. “Entonces ¿tiene una moneda?”. No.

Y el más artista que me tocó fue mi nominado de la semana: “yo estuve en Colombia tiene talento. Bailé con Paola Turbay. Tengo dos éxitos que sonaron mucho por la radio. Soy el Celacho del Despecho. Colabóreme.” Y así, ingentes formas y métodos para sostener una idea y una adicción.

Curiosamente Pereira es una ciudad generosa. Las fibras de la compasión se mueven al son de la misericordia que suscita ver un menesteroso, un indigente. Lo que no deja de asombrar es que estos (no hay generalidades, pero sí observaciones generales) frente a la gente son una persona; frente a los de su clase, y en su pequeño “Bronx” que aún queda en la calles 13,14,15, se quitan la careta, hablan del “oficio” y las “hazañas”, comparan métodos y se jactan de sus éxitos sin pena ni vergüenza. Están en su mundo. Y caen en un doble juego, porque también las maneras que emplean para ganarse la vida los estigmatiza y los degrada.

Ahora, es cierto que no se puede juzgar estos espongiarios de buenas a primera. Muchos de ellos no son ni pereiranos, sino importados de la capital y encallados en la Perla del Otún como si se tratara de producto descartado. Dar una vuelta bajo los puentes de la calle 13 y escuchar los acentos de estos ciudadanos flotantes, confirma su procedencia, no solo capitalinos, sino paisas, costeños, vallunos, etc.

Lo que se puede afirmar con tristeza es que carecen de espíritu emprendedor y muchos de ellos parecen haberse resignado a una filosofía de la derrota. No solo por sus rostros lastimeros, y su penosa condición de vida, sino porque para algunos el trabajo no es la primera opción para sustentar la feroz adicción de la que son presa, ya que -dice el 90%- les va mejor pidiendo. Se calcula que reciben ingresos hasta de 300 mil pesos diarios, solamente en la zona céntrica.

Los sistemas de mendicidad en Pereira están en gran medida moldeados y determinados por las costumbres y creencias de sus habitantes.  Terminar con esto, no es eliminar a ningún ser humano, sino eliminar el sistema del “dar por el dar” que a la larga termina beneficiando a las “ollas” y las “Bacrim” que aún operan en la ciudad.  Solo así también finalizará la convicción de que el mundo les debe los medios para vivir, y esa habilidad de ser lo bastante listos como para disfrutar de esos medios, burlando a los generosos.