El día del trabajo

Va un saludo de admiración y respeto para los trabajadores honrados y buenos ciudadanos. Hacemos mención de algunos de ellos: un reconocimiento especial para quienes tienen labores  tan ordinarias que no llevan ni nombres,  que su clasificación es la misma descripción de lo que hacen.
ANDRES CALLE (MAMBRE)
Por Andrés Calle: También son muy importantes los que cumplen las condiciones de los vestidos VALHER, que en sus productos tienen por fuera mil detalles de elegancia y por dentro, mil puntadas de perfección.  Nos conmueven los que tienen que trabajar desde niños y los que ya están viejos y cansados y no pueden liberarse de la yunta. Tan valerosos los que hacen su misión y viven enfermos y que les duele hasta el alma, o que tienen incapacidades y les tienen que proveer herramientas y muebles especialmente diseñados. Una venia para las mujeres que cumplen doble jornada. Unas gracias inmensas para quienes trabajan por la justicia y la paz.  Y otras gracias reverenciales para los que cuidan a los adoloridos, enfermos terminales y a los enfermos mentales. Acompañamos a los que tienen oficios muy tristes, como los de las funerarias. Aquí sí, las y los trabajadores sexuales, no sabríamos dónde ponerlos y extrañamos a las coperas viejas que tienen los nombres de los tangos, y con ellas a los lustrabotas. Y qué maravilla, para los que tienen tareas con nombres hermosos, como los orfebres y los alarifes, los magos, escribanos y amanuences y un extraño almocrí  y una labor tan dura y con nombre como la zafra. Y para los que sus empeños son estéticos en sí mismos, como lanzar una atarraya, enlazar un novillo, amasar vasijas y panes y los bailarines, los trapecistas y las gimnastas rusas y los clavadistas, y sobre todo los directores de orquestas. Trabajos que uno hubiera querido como los de arqueología, los de la curaduría de museos, o los utileros de óperas famosas. Y unos para pocas veces, como limpiar vidrios en un piso veinticinco, o tender los cables eléctricos y los que requieren arneses para asomarse a los precipicios y bambolearse en el aire. Qué pesar de los oficios que van perdiendo vigencia, como los afiladores de calle y las que remallaban medias y los linotipistas. Mi Dios bendiga a los que trabajan con las palabras, a los que las cantan, las escriben, las pintan, las bordan y las imprimen, las leen en voz alta y en silencio, las traducen y  las enseñan. Cerramos los elogios con un dolor en el pecho por los desempleados, los que mandan hojas de vida y les cierran las puertas, por los que no se ganan los concursos ni los premios y los que no alcanzan a ver coronados sus sueños, que les toca por suerte reemplazar a otros, ser suplefaltas, toderos y que ni siquiera supieron qué era lo que sabían hacer bien hecho. Un aplauso para los zurdos con sus cerebros zurdos.  Gracias para todos y que se pierda la memoria de los desagradecidos y de los que les devuelven un plato a los meseros y gritan y se hacen notar. Un saludo respetuoso para los obreros sindicalizados  y los que tienen criterio político. Que no falten la salud y el trabajo, la paz interior y las alegrías serenas.
Andrés Calle Noreña
1ro de mayo