El dolor del regreso

Todos conocemos el relato bíblico de la mujer de Lot: al desobedecer el mandato de no volver la vista atrás, es decir, al pasado, queda convertida en estatua de sal. Los mitos de iniciación   vuelven a la misma idea por distintos atajos.

Gustavo Colorado Por Gustavo Colorado: En el mundo del mercadeo lo llaman publicidad engañosa. Fabián y Mariela, un matrimonio entrado en años y en carnes, habían comprado boletas  para uno de esos conciertos que forman parte de la industria de la nostalgia, o al menos así  bautizó un agudo articulista a los rituales donde cantantes que tuvieron su momento de gloria cuatro  o cinco décadas atrás convocan a públicos que, a su vez, vivieron momentos de dicha y dolor al ritmo de  sus canciones.

Esa noche de  septiembre, Día de los enamorados en Colombia, el programa anunciaba a Tormenta de Argentina, Fausto de Colombia, Dyango de España y Los Golpes de Chile. El espectáculo lo cerraban Bárbara y Dick de Argentina.

Allí empezó  el problema, porque nada más saltar  al escenario los asistentes descubrieron   que, en efecto, se trataba de Bárbara y Dick… pero sin Dick. Un murmullo de malestar y un sentimiento de engaño recorrieron las graderías. “Tranquilos, tranquilos”, dijo un gracioso. “Dick quisiera estar aquí con ustedes, pero no puede hacerlo, por razones de fuerza mayor: está muerto y sepultado desde hace varios años”. “¿Por qué lo anuncian entonces?” lo apostrofó una dama otoñal con  el corazón hecho trizas. “Bueno, señora, sucede que Bárbara y Dick es una marca, una razón social. De modo que los contratos   y la promoción  deben  hacerse así ¿Me hago entender?” Replicó el fulano.

B_rbara_y_Dick

Y no. No se hizo entender. Quien compra un boleto  de tren con la esperanza de  volver al paraíso- o al infierno- perdido de su pasado  no se anda con ese tipo de  bromas: a uno no le pueden prometer el  alijo completo de su memoria particular  para después entregarle solo una rebanada. Al  fin  y al cabo en esos juegos la gente va al todo o nada. Pero  hay algo más: en el fondo todos creemos que esos elegidos que nos cantan y  nos cuentan la propia vida participan de alguna suerte de inmortalidad, por precaria que sea.

Algunos tienen la voz estropeada por el alcohol, el tabaco y el tiempo. Otros la conservan intacta. Unos cuantos suben al escenario para emprender una puesta en escena  que es en realidad un combate perdido con las propias certezas. No importa: los feligreses  llegaron allí, llueva o truene, para recibir a cambio una prueba de que  su pasado fue real. En eso consisten las canciones: en conjugar   y hacer creíbles la suma de inasibles  y fugaces acontecimientos que denominamos historia personal.

Todos conocemos el relato bíblico de la mujer de Lot: al desobedecer el mandato de no volver la vista atrás, es decir, al pasado, queda convertida en estatua de sal. Los mitos de iniciación   vuelven a la misma idea por distintos atajos. Los griegos, por ejemplo, nos legaron el relato de  Orfeo  y Eurídice:  mirar  hacia atrás resulta siempre letal. Las palabras, esas  saetas certeras dirigidas a un blanco siempre esquivo nos lo dicen con toda claridad: nostalgia viene de nostos, regreso. Es decir  el dolor del regreso. O dicho de otra manera: es la imposibilidad de volver, porque todos los atajos fueron cortados por las tijeras del tiempo.  Con el pasado no se puede hacer nada. Por hermoso que haya sido no podemos recuperarlo. Por terribles que hayan sido sus heridas no podemos borrar las cicatrices. La única salida es asumirlo, asimilarlo, convertirlo en experiencia y seguir la ruta hasta perder el hábito de respirar.

 Y , sin embargo, allí estamos. Al sol  o a la lluvia. A la espera de que Mick Jagger  y su millón de arrugas nos digan algo acerca de  nuestros pasos perdidos. Quien sabe: a  lo mejor  la voz de Gardel nos traiga desde la eternidad  el hilo de Ariadna que nos permita   recorrer  el laberinto de la propia vida,  hasta  alcanzar  el lugar donde el Minotauro  de las pesadillas pisotea nuestros mejores recuerdos.

Por eso Fabián, Mariela y varios centenares como ellos estaban allí esa noche, apiñados en un coliseo incómodo. Como quien  atraviesa un desierto, aguardaban el maná materializado en un puñado de canciones que hablaban de  trémulos besos y adioses despojados de toda piedad. Al final, tampoco les importó mucho que Dick estuviera  muerto.

PDT :  les comparto enlace a la banda sonora de entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=Pee-vUbv8ik