Todo comenzó cuando ella me pidió amablemente que le amarrara el cordón de uno de sus zapatos, que se le había soltado. Me pareció un favor muy extraño…

 

Por / Camilo Villegas

A mi hijo, que tiene siete años, lo llevo siempre de la mano por miedo a que la gravedad desaparezca debajo de su cuerpo y salga volando, dijo su madre. Ella creía eso, que la Tierra estaba llena de espacios libres de gravedad, agujeros inversos en los que uno podía caer hacia arriba y perderse en el universo. Habíamos entablado conversación en un McDonald’s, descansábamos, yo cuidaba a mi sobrina.

Todo comenzó cuando ella me pidió amablemente que le amarrara el cordón de uno de sus zapatos, que se le había soltado. Me pareció un favor muy extraño, pero luego, mientras la complacía, me explicó que no podía agacharse porque una de sus piernas era una prótesis ortopédica y tenía un problema mecánico en la articulación de la rodilla. No me dijo en qué pierna y tampoco me atreví a preguntarle.

Yo me hacía el relajado, recordé que habían anunciado un día caótico en la ciudad. Pensé que el trancón empezaría antes de que me diera tiempo de llegar a casa. Por decir algo, hice un comentario casual sobre el bullicio que hacían los niños jugando a nuestro alrededor. Entonces ella dijo que su hijo creía que las moscas eran pájaros pequeños. La idea me horrorizó. ¿Y las patas?, pregunté. ¿Qué pasa con las patas?, preguntó ella. ¿A tu hijo no le extraña que las moscas tengan seis patas?, dije yo. Algunas veces, generalmente, les quita cuatro.

Al imaginar a una mosca intentando mantenerse en pie sobre dos patas, como un gorrión, sentí pánico en el estómago. Quería vomitar la hamburguesa… Entonces pasaron corriendo, su hijo y mi sobrina. Ha sido un placer conocerte, dije sonriéndole, me voy porque tengo prisa. La mujer, afortunadamente, no intentó retenerme, me dirigí a la salida con la niña sin mirar atrás, pero con miedo a que aquella madre me siguiera, y también a caer en un espacio sin gravedad.