…mientras la  derecha ostenta la figura de una joven rozagante siempre dispuesta a  adaptarse a los cambios del mundo,  la izquierda se presenta como un viejo fósil anclado en nostalgias y consignas que poco o nada tienen que ver con  el entorno real.

Por: Gustavo Colorado Grisales

La  llamada Industria Che Guevara es uno de  los  ejemplos más invocados  cuando se intenta probar que el capital es capaz de convertir en negocio hasta a sus peores enemigos. De figura diabólica, acribillada a tiros en Bolivia por los  gringos buenos y sus aliados locales, la efigie del célebre guerrillero argentino pasó a convertirse en sofisticada mercancía reproducida en camisetas, gorras, banderines, toallas, maletines, discos, películas y tatuajes.  Despojada así de todo sentido, luce igual en escenarios tan dispares como la camisa de Brad Pitt o el brazo de Maradona, pasando por el trasero de Lady Gaga, da lo mismo.

Dieter Zetsche, presidente de la Mercedes Benz, presenta una iniciativa tecnológica usando la imagen del Che Guevara. La estrella en la gorra ha sido remplazada por el símbolo de la firma automotriz.

La imagen me vuelve a la memoria después de leer el libro El monstruo amable, del académico y ensayista italiano Raffaele Simone.  A lo largo de sus páginas el escritor se pregunta por las razones  de una paradoja común a la escena política  mundial: excepto los casos ya conocidos de Cuba o Corea del Norte, en el resto del planeta -en mayor o menor medida, eso sí- mientras la  derecha ostenta la figura de una joven rozagante siempre dispuesta a  adaptarse a los cambios del mundo,  la izquierda se presenta como un viejo fósil anclado en nostalgias  y consignas que poco o nada tienen que ver con  el entorno real.

¿Qué sucedió?, nos preguntamos  a la par con el profesor italiano. ¿Se produjo realmente el fin de la Historia, como lo profetizara Francis Fukuyama poco después de la caída del muro de Berlín? ¿El pensamiento de hombres como Karl Marx está de veras muerto y enterrado, como quisieran algunos que descalifican con el adjetivo de mamerto a cualquier forma de disidencia, por distante que esté de las ideas comunistas? Por lo visto, nada de eso, como lo demuestran los movimientos sociales que se multiplican en todos los rincones del planeta, aunque por causas distintas a las de medio siglo atrás: ahora ya  los líderes no pretenden  acabar con los ricos, sino con los pobres a través de la redistribución de la riqueza. Claro que para algunos conspicuos representantes de la caverna colombiana, hasta este último concepto, caro a la esencia de la democracia, tiene un tufo a cruzada leninista digno de ser exterminado.

Para  Simone el asunto va por otro lado. Siguiendo el viejo consejo del New Deal puesto en marcha por Franklin Delano Roosvelt en la primera mitad del siglo XX, los más brillantes defensores del capitalismo se  adelantaron a hacer suyo el propósito de acercar  la justicia a la tierra que movía por igual a comunistas, anarquistas y socialistas. De esa manera, la frase “And Justice for all” que cruza toda la constitución política de los Estados Unidos obró a modo de contrapunto de aquella “Proletarios de todos los países: uníos” consignada en el Manifiesto Comunista. En la práctica fue el mismo truco utilizado por los patrones  ante la  amenaza del radicalismo de un sector de los obreros: a modo de antídoto se consagraron a crear sindicatos patronales que  pudieran controlar. Fue así como se inició el desmonte de derechos que desde finales de la centuria anterior  se conoce con el eufemismo de “Flexibilización laboral”.

De modo que el trabajo estaba hecho:  Lejos de presentarse como la bestia insaciable que se alimentaba con la sangre de niños, mujeres y viejos,  tan bien descrita  por Dickens en sus novelas y por Marx en sus ensayos, el capital y sus lógicas resumen hoy la fórmula del consumo sin lugar, sin tiempo y sin límites que constituye el único sentido de la vida para millones de habitantes del planeta, empezando- cómo no- por los excluidos que hoy recorren las calles de las ciudades bajo el nombre de indignados reclamando, no una revolución, sino su derecho a un pedazo del pastel. Después de todo, la  compulsión por el consumo se las vendieron como conquista, no como imposición.

Es en ese punto donde cobra peso la tesis de Raffaele Simone. Sin que sus voceros se dieran cuenta, la izquierda se volvió derecha, al tiempo que esta última supo   enfundarse en el vestido  de lo nuevo, que en este caso equivale a lo chic, a lo sofisticado implícito en el paraíso del consumo de bienes, ideas y tendencias. Es decir, todo aquello que puede comprarse con tarjeta de crédito. El monstruo se volvió amable y ya no amenaza: seduce. Quizás las más lúcidas mentes de la izquierda todavía estén a tiempo de aprender la lección.