GUSTAVO COLORADO IZQMi vecino, el poeta Aranguren, envidiaba al Onetti echado  en su cama de un apartamento  de  Madrid, negándose a levantarse porque ya lo había visto, contado y bebido todo.
Por: Gustavo Colorado Grisales

Toda  la vida  envidió a su  amado Juan Carlos Onetti. Pero no a cualquier Onetti. Ni siquiera al de los infinitos diálogos silenciosos  con su compadre Juan Rulfo. Tampoco al creador de esos  fantasmas de carne y hueso que vagabundean  por las calles de Santa María.

No. Mi vecino, el poeta Aranguren, envidiaba al Onetti echado  en su cama de un apartamento  de  Madrid, negándose a levantarse porque ya lo había visto, contado y bebido todo. Para alcanzar ese estado de gracia, Aranguren aspiraba  a una de estas tres cosas: ganarse la lotería,  rescatar un galeón hundido en las aguas profundas de su Santa Marta natal o casarse con una criatura imposible: una viuda joven, bella, millonaria y diestra  en los misterios del sexo. “Echhheeee, ñeeerdaaa. Ese día me acuesto en mi hamaca de siete colores y no me vuelvo a levantar”, me dijo  una tarde de diciembre, hace cosa de cinco años.

Ignoro con cuál de los  tres premios lo recompensaron sus dioses particulares,  amasados con una mezcla de diablos caribeños y divinidades de la Sierra  Nevada. Pero puedo dar fe  de que el hombre  consiguió instalarse en su trono tejido con hilos de mil colores por las manos virtuosas de las indias guajiras. Por lo pronto, la viuda perfecta no estaba. De modo que restaban las otras dos opciones.                                                  

Allí lo encontré un domingo  por la tarde, atrincherado entre una  selección exquisita de poesía universal y una provisión de ron Tres Esquinas como para  saciar la sed de un regimiento entero. Resulta increíble la cantidad de cosas que puede hacer un hombre echado en una hamaca. Aranguren escribe extensísimos versos endecasílabos con los que espera completar un volumen de poesía hermética titulado El multiforme heraldo de las Cícladas.  Una vez pulidos, los traduce al inglés y al francés  y los remite por Internet a ignotos corresponsables residenciados en Quebec y Sydney.

Mientras apura largos tragos de su licor favorito aromatizados con yerbabuena, recorre un universo musical que se antoja infinito: Bach, Gardel, Chucho Avellanet, Bob Dylan, Juan Pardo, Gaetano Veloso, Joe Arroyo, Janis Joplin, Sibelius. Al mismo tiempo les recita a su perro Teo y a sus siete gatos, bautizados con los nombres de los planetas, fragmentos enteros de Cien años de soledad que se sabe de memoria desde los días de su adolescencia. No contento con eso, escucha en  el computador los partidos  de su  adorado Unión Magdalena, un equipo coleccionista de fracasos y extraviado para siempre en los meandros de la segunda división.

En la alta noche apaga la luz, enciende un tabaco remitido desde La Habana  por un amigo diplomático y piensa en las suaves curvas de su viudita imaginada. Entonces… bueno… ustedes ya  saben lo que  hace un hombre imaginativo y solitario en esos casos.

De las glorias mundanas prefirió apartarse desde que empezó a ver por ahí a tanto energúmeno gritando a todo pulmón: ¿Acaso usted no sabe quién soy yo? De  las devastaciones del amor le queda un rescoldo del que no quiere ocuparse. Por lo pronto se levanta con el primer canto del gallo y prepara una enorme olla de café que reparte en generosas dosis entre los vecinos que se acercan a saludarlo.

A las cinco de la tarde me despido y lo dejo allí, con la sangre hirviendo  y el pecho sobresaltado por tanto ron con yerbabuena. Mientras camino de regreso a casa- una hora por una carretera polvorienta- pienso que he empezado a envidiar con ahínco  a este hombre enamorado de las montañas del Quindío y nostálgico de su mar Caribe, instalado en una hamaca como en un paraíso recobrado. Después de todo, en estos tiempos fraudulentos el único sitio digno de peregrinación es la morada de un poeta.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=uohmHDmCZLo