SIMON BLAIRO bueno, lo único que sacó fue a varios jefes guerrilleros y copartidarios de la ideología de extrema izquierda: muerte, más muerte y más muerte (parafraseando al paisano, pues).  Incluso, uno de atrevido, podría conjeturar que sus logros en materias de seguridad, son solo el producto de imágenes evocadoras y activas, de procedencias del pasado desgarrador: la muerte de su padre  perpetrada por la guerrilla. ¿Quién puede decir que eso no fue parte de su ideología política y de su persecución asmática contra la guerrilla? Y hay una manera de probarlo: está supremamente encabronado con el Proceso de Paz, lo tilda de impune, de pasivo, de subversivo… 

Por: Simón Blair

Poco a poco uno se acostumbra a la desfachatez total del país, o sea, de los personajes que lo manejan y que son en últimas los creadores de ese protagonismo digno de ser llamado “desfachatez”. O “dignidad, compromiso, equidad”, si el caso lo amerita, o mejor, si los políticos que manejan este pedazo de tierra lo merecen. Álvaro Uribe no se contenta con comer reses de las miles que tiene, no, el quiere algo más fuerte: poder.  Ahora resulta que se lanzó al senado después de  haber sido presidente de Colombia ¡después de ser el primer presidente reelegido en este siglo! No es el único en la historia, eso sí, tampoco primero en pensamiento -cuántos no lo hubieran querido- ; sólo que él es más extrovertido y le importa un carajo cuántas veces se le acuse de crímenes perversos o de apoyarlos (que viene siendo lo mismo y peor). 

Pero uno se pregunta: ¿cómo es posible que ansíe tanto poder cuando se encuentra casi siempre en encrucijadas perniciosas que pueden costarle incluso la cárcel? Muchos pueden llegar a la conclusión de que es un severísimo idiota; pero si caminamos más, si nos adentramos más en el sendero oscuro de la ambición humana, nos daremos cuenta de que en medio del bosque hay una lamparita de petróleo que busca caer y quemar todo lo que encuentre: busca llegar al senado para tener, aunque mínimamente y no con las mismas garantías que siendo presidente, un algo de intachable, de poderoso, de héroe: de personaje que busca  sacar a Colombia de lo que no pudo sacar en ocho años. O bueno, lo único que sacó fue a varios jefes guerrilleros y copartidarios de la ideología de extrema izquierda: muerte, más muerte y más muerte (parafraseando al paisano, pues).  Incluso, uno de atrevido, podría conjeturar que sus logros en materias de seguridad, son solo el producto de imágenes evocadoras y activas, de procedencias del pasado desgarrador: la muerte de su padre  perpetrada por la guerrilla. ¿Quién puede decir que eso no fue parte de su ideología política y de su persecución asmática contra la guerrilla? Y hay una manera de probarlo: está supremamente encabronado con el Proceso de Paz, lo tilda de impune, de pasivo, de subversivo…

Hace cuatro líneas escribí la palabra seguridad en cursiva porque tal vez el significado que nosotros le tenemos no es el mismo que conoce Álvaro Uribe, quizá el solo lo comprende como lo que le hace daño y le afecta; razón por la cual vale la pena combatir. ¿Acaso no hizo parte él de la desmovilización de los paramilitares? ¿Y no propuso penas bajísimas de prisión para estos delincuentes, hampones y canallas? ¿Amnistías e indultos? ¿A eso no se le llama impunidad? Al parecer el expresidente Uribe ha construido un nuevo diccionario de sinónimos. Esperemos que salga pronto su publicación.

Vale la pena poner en negrilla la palabra “expresidente” porque últimamente a todo el mundo, sobre todo (y qué paradójico) a sus precandidatos presidenciales, les da por decir todo el tiempo “presidente, presidente”. ¿Y si él es el presidente cómo podrán, amigos, llegar ustedes a ser presidentes? ¿En serio, creen que si llegan al cargo podrán compartir trono con Uribe Centro Democrático? Si el nombre del partido político lleva el de su ideólogo, ¿cómo no denotaremos un deseo infinito por figurar o hacerse notar en el poder? Uribe babea.

Continuemos: según cifras se desmovilizaron cerca de 30.000 paramilitares, pero se desmovilizaron del nombre porque aún existen como pequeños grupos que se les conoce como Bacrim.  Vemos entonces que la desmovilización no fue más que simbólica y que la supuesta reparación a las víctimas ha sido solo una fachada para ocultarle al país la verdad de ese proceso. ¿Por qué Uribe prefiere acribillar a un grupo ilegal y no al otro? ¿De dónde saca las conclusiones para odiar más a un asesino que a otro? Tanto las guerrillas como los paramilitares merecen nuestro rechazo. ¡Ah! Y se me olvida: ¿Qué me le unta a los militares?: otro grupo perverso, que ha cometido atrocidades, que impulsa los más perversos valores: la sumisión, la obediencia ciega y el abuso de la autoridad.

Vemos que ocho años en el poder no sirvieron para hacer de Colombia un país más seguro, como lo cuenta Samir Elhawary en Humanitarian Practice Network:

“(…) En 2002 y 2003, cifras oficiales muestran que los niveles de desplazamiento disminuyeron el 44% y el 9% respectivamente, pero desde entonces se han incrementado un 19% en 2004, un 5% en 2005, un 6% en 2006 y un 6.3% en 2007, lo que representa un total  aproximado de cerca de 2,5 millones de desplazados internos registrados en el sistema del Gobierno. La gran mayoría de estos desplazamientos –un 65%– ocurrieron entre 2002 y 2008, un 83% concentrado en 15 de los 32 departamentos de Colombia. Esta tendencia a un descenso en las cifras seguido por un firme incremento puede ser atribuida en parte al rearme de los paramilitares desmovilizados,al aumento de la acción militar por parte del Estado y al desarrollo de programas antinarcóticos“.

Nos preguntamos, entonces: ¿Si no hizo nada siendo presidente durante ocho años, qué podrá hacer siendo senador?  Hay conjeturas, pero de algo estamos seguros: el poder excesivo corrompe.