Gustavo ColoradoLa vida individual y colectiva es un animal insaciable que se devora a sí mismo en un rito incesante. Nuestros esfuerzos y desvelos son una ofrenda a su voracidad.

Por: Gustavo Colorado

Vivir en un gueto nigeriano equivale a una doble exclusión: la del mundo de las naciones ricas y la de cualquier posibilidad de bienestar en el propio país. En esa frontera malvive Ázaro, hijo de una pareja dedicada a labrarse la supervivencia en los límites de la miseria.

Pero, además, la familia vive en otra frontera: aquella donde se aproximan -o separan- la ciudad y la selva. De un lado, mientras se lucha por la vida, los inventos de la ciencia y la tecnología, materializados en un automóvil o en un cableado de energía eléctrica titilan en la distancia como una promesa de redención demasiado hermosa para ser cierta. Del otro las fuerzas de la naturaleza, es decir, la magia, se ofrecen como única salida para luchar contra los poderes de este mundo  y del otro abatidos sobre la población.

Con esos materiales,  el escritor nigeriano Ben Okri nos regala “El camino hambriento”, una novela que es a la vez epopeya de la marginalidad y grito de rebelión ante  la opresión padecida por la mitad de África. En sus  580 páginas asistimos  a un choque, sí, pero también al encuentro desgarrado de dos mundos que intentan convivir en  medio del dolor, el hambre y la desolación sin medida: el de la llamada civilización europea y el de los mitos y códigos ancestrales de un continente que  se resiste a la disolución.

Como millones de pobres en el mundo, los  padres de Ázaro se levantan cada día y se lanzan a las calles en procura de algún trabajo que les permita llevar el pan a casa. Eso sí, nunca saben si regresarán a ella al final de la jornada, tantas son las asechanzas del camino.

“Somos el milagro que Dios creó para probar los frutos amargos del tiempo. Somos preciosos y un día nuestro sufrimiento se transformará en las maravillas  de la muerte (…) es por eso que nuestra música es dulce. Hace que el aire recuerde”, recita un día el padre en una suerte de salmodia de consuelo heredada de los mayores.

Como si se tratara de un viaje al corazón mismo del blues,  “El camino hambriento” suena a modo de una vieja canción destinada a sanar viejas heridas. Una suerte de viento  capaz de cobijar  con la amnesia a los millones de peregrinos desarraigados de todo lo que hace amable la existencia. Pero la amnesia lleva implícito su propio veneno: el de la pérdida de lo más valioso, el legado de los ancestros consignado en rituales y conjuros capaces de mantener a raya al opresor. Convertida en fetiche, la antigua magia corre el riesgo de desvanecerse y hacerse divertimento, caricatura.

Es por eso que, acorralado por la desesperanza, el  padre decide un día hacerse boxeador. “…No importa en qué nos sentemos, algún día nos hará caer”, dice a modo de declaración de principios, antes de intentar abrirse paso a puñetazo limpio en un mundo que ha extirpado cualquier noción de justicia. Muy pronto comprueba que el poder no es solo físico: los discursos de los políticos y la fe ciega de la masa que los sigue seducida por sus regalos y promesas lo llevan a intentar una salida  en esa dirección, como un animal acorralado que huye retrocediendo entre el tumulto de sus perseguidores.

Entre tanto, Ázaro libra sus propios combates. Es un abiku, un niño-espíritu atrapado en los umbrales de la vida y la muerte. Va y viene del mundo de los vivos al de los difuntos, tal como sus mayores deambulan  por un territorio que no acaba de definirse. En ese tránsito lo acompaña siempre la sombra de Madame Koto, una especie de metáfora del poder, investida a la vez con los dones de la bruja y la capacidad de maquinación de una líder política.

No exenta de una dosis de humor que siempre  salva a los personajes de la locura total, la novela de Okri deviene parábola: el camino hambriento es la historia personal de cada quien. La vida individual y colectiva es  un animal insaciable que se devora a sí mismo en un rito incesante. Nuestros esfuerzos y desvelos son una ofrenda a su voracidad. Débiles  y poderosos son apenas figurantes de feria y por eso mismo la vida individual se hace ofrenda y la social, expresada en la política, simple mascarada. Sin embargo, desde lo profundo de la selva y a través de los siglos llega un sonido de cánticos, un redoblar de tambores destinado a recordarles a los protagonistas y a los lectores que  viajamos con ellos que, a pesar de todo, hay en este mundo una franja de luz donde algo parecido a la esperanza es posible.

PDT: les  comparto enlace a una canción del músico nigeriano Batabunde Olatunji

http://www.youtube.com/watch?v=51O2ymTtsR8