Yo nací después de ir a la luna, en una era súper tecnificada que cumplía las profecías de las más ambiciosas obras de ciencia ficción. Yo nací tras la caída del muro de Berlín, con la URSS disolviéndose a plazos.

 

Giussepe Ramirez (col)Por: Giussepe Ramírez

Yo vine al mundo cuando para ser escritor no había que ir a París. Yo nací varios años después de esa generación de utopías y sueños de cambio, paz y amor, flores y rock and roll, ilusiones y optimismo exagerado. Yo nací cuando la madrugada del 1 de enero de 1959 ya era historia y Fidel Castro estaba bien atornillado al poder. Yo nací después de ir a la luna, en una era súper tecnificada que cumplía las profecías de las más ambiciosas obras de ciencia ficción. Yo nací tras la caída del muro de Berlín, con la URSS disolviéndose a plazos. Yo nací cuando las drogas dejaron de ser el recreo de unos pocos para convertirse en la financiación de los gobiernos. Yo nací cuando los hombres esperaban poco de los hombres, cuando ya éramos tantos en el planeta que intentar convencer a los demás no era una razón para la lucha sino una estúpida quimera. Yo nací en una época de realismo a secas. A los de nuestra generación nos llaman millennials.

Del XX me alcanzan a llegar nítidas las canciones de Nirvana y el humor flojo del Príncipe del Rap. Si Kurt Cobain no se hubiera volado la cabeza en 1994 también habría muerto este año y lo estaríamos llorando con Where did you sleep last night? Las muertes de íconos mundiales durante 2016 parecen ser los estertores del siglo XX. Las elecciones populares de este año han destruido sueños de cambio. Con la muerte de Fidel Castro se fue el último vestigio de una utopía que para algunos fue pesadilla, tanto como para atravesar noventa millas marítimas en balsa. Hay gente de esas generaciones anteriores a nosotros los millennials muy nostálgica de señores con barba y gafas urdiendo desde la selva maneras de cambiar el orden del mundo, o al menos el de sus países. Algunos de esos señores alcanzaron el poder. ¿Cambiaron el orden de las cosas y pusieron a gozar a su país de mejores condiciones? No parecen haber muchos ejemplos exitosos o aceptables fuera de toda duda razonable.  

Aquí en Colombia algunos lo intentaron y nunca lo lograron. Unos fueron asesinados después de abandonar las armas y otros negocian ahora para llevar a la alta esfera política su plan de país. En Latinoamérica algunos exguerrilleros y representantes de la izquierda democrática obtuvieron presidencias. El robo y la corrupción continuaron. En Colombia aún no sabemos qué es estar a manos de la izquierda con sus promesas de redistribución de la riqueza y reducción del hambre.

Hoy en el mundo hay más comida, eficiencia en la producción, investigación científica y recursos. Proporcionalmente no hay más hambre que en el siglo XX o esos siglos de pestes y hambrunas cotidianas, pero ahora sí vemos cara a cara a los que la padecen. Los vemos en fotos estremecedoras que recorren las agencias internacionales de prensa y ganan premios. Lo que pasa a continuación ya lo escribió Leila Guerriero en una crónica sobre un joven de Medellín: “Y aquí estoy yo, escribiendo sobre Yidis, y ahí están ustedes, leyendo sobre él. Y eso es todo lo que hacemos: no hacemos nada.”. Así es la cosa. El XXI es el siglo de la información y la indiferencia. 

El siglo XX podría definirse como el siglo de la utopía, el sueño y la contracultura, sobre todo su segunda mitad, porque la primera fue una carnicería. La segunda década del XXI parece va a terminar con escasez de figuras de contracultura. Hoy la figura de poder más transgresora —quién lo creyera—la tenemos en una institución de viejos y oscuros cimientos: la Iglesia. Europa y Estados Unidos son gobernados por discursos anacrónicos de odio y xenofobia. Latinoamérica lentamente retorna a sus costumbres políticas anteriores al Socialismo del Siglo XXI (vaya nombre para duración tan corta). Posiblemente la historia se repita cuando los millennials sintamos la soga al cuello y lo único que quede sea lanzarse a las calles a retomar viejas utopías. O probablemente, esto con más certeza, veamos al mundo irse al diablo desde Facebook o Twitter, porque este es el siglo de las revoluciones digitales.

@Giusseperamirez