Nuestros intelectuales (escritores, pintores, músicos, pensadores) hablan de sus libros publicados, sus premios, sus reseñas, sus viajes y su estatura intelectual, en el mismo tono utilizado por magnates y mafiosos para referirse a sus haciendas, sus autos, sus caballos, sus modelos y sus reinas de belleza.

 

GUSTAVO COLORADO IZQPor Gustavo Colorado G.

Nunca perseguí la gloria

Ni dejar en  la memoria

De  los hombres mi canción

Yo amo los mundos sutiles

Ingrávidos y gentiles

Como pompas  de jabón”

(Antonio Machado. Cantares)

“El hombre es un ser de la distancia”, escribió Martin Heidegger en una disertación titulada De la esencia del fundamento.

Como sucede con todos los grandes pensadores, la idea ha sido objeto de múltiples interpretaciones, pero sus posibles sentidos nunca se agotan. Todo lo contrario: cada nueva exégesis amplía el radio de lo posible.

Una de esas interpretaciones nos dice que los humanos solo podemos concebirnos como tales si nos proyectamos en el futuro, si trascendemos: somos lo que podríamos llegar a ser. Esa premisa es lo único capaz de darnos la idea de un destino. Pero todo es espejismo: si el presente ya es pasado antes de nombrarlo, el futuro deviene pretérito justo en el momento de acaecer. En ese punto el filósofo nos recuerda que somos “los lugartenientes de nuestra propia nada”.

No estamos aquí frente a un juego de palabras: sobre esa base, y casi siempre de manera inconsciente, los hombres edificamos lo que, en las jergas de los discursos corporativos, se ha dado en llamar “Proyecto de vida”. Esto último nos lleva a imaginar un puente con soportes en cada uno de sus extremos pero nada en el medio.

Vista así, la historia personal sería como un enorme saco vacío llamado tiempo, que tratamos de llenar con una sucesión de anécdotas. Sublimes unas, terribles otras, pero anécdotas después de todo.

Mi vecino, el poeta Aranguren, lo expresa de esta manera: navegamos en medio de un mar tormentoso, a bordo de una nave al garete y sin brújula. Para colmo, el capitán está borracho o se ha vuelto loco.

Se supone que en ese punto de la aventura deben irrumpir los poetas, los artistas, los creadores. Los que desde hace por lo menos dos siglos conocemos como “Los intelectuales”. Según los cánones aceptados de manera tácita, ellos serían los encargados de portar la antorcha que nos permita recomponer la marcha en medio de la noche cerrada.

Pero no hay tal cosa.

En nuestro tiempo los intelectuales -cuando escucho esa palabra pienso en hombres tan íntegros como Stefan Zweig, Antonio Machado o Bertrand Russell- apenas si llevan consigo sus propios fuegos fatuos. Y como bien sabemos, estos últimos solo sirven para alumbrar las hiperbólicas estancias del ego, el yo divinizado por una vertiente de la sicología y, sobre todo, por la publicidad y los medios de comunicación. Dicho de otra manera: el yo consumidor, incapaz de comunión alguna con los otros.

Por eso, el poeta Rafael Alberti se pregunta en medio del caos de la Historia: “¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?”

Copiando el título del libro de Walt Whitman, podemos responderle que se cantan a sí mismos. Nuestros intelectuales (escritores, pintores, músicos, pensadores) hablan de sus libros publicados, sus premios, sus reseñas, sus viajes y su estatura intelectual, en el mismo tono utilizado por magnates y mafiosos para referirse a sus haciendas, sus autos, sus caballos, sus modelos y sus reinas de belleza. “Mañana estaré firmando libros”, proclaman algunos en sus cuentas de twitter, dejando claro que lo importante es su firma y no el libro.

¿En qué se diferencia entonces una fatuidad, una soberbia de la otra?

Por lo visto, en nada. Incluso los gangsters son más honestos: no presumen de espiritualidad, esa palabra tan manoseada desde el advenimiento de las sectas nueva era. Lo suyo es el poder puro y duro, sin eufemismos ni edulcorantes.

Pero hay algo positivo en todo esto: por primera vez tendremos que apañárnoslas por nuestra cuenta y riesgo. Sin guías, sin mentores, sin gurús. Y, lo mejor de todo, sin seguidores, esa palabra tan cara a las demagogias y a los lenguajes digitales: no imagino a Zweig, a Machado o a Rusell preguntado por el número de sus seguidores en Twitter. Quizá este sea el momento para empezar, como lo pedía don Martín en sus disertaciones, a mirarnos a nosotros mismos de la única forma posible: en la distancia.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

 https://www.youtube.com/watch?v=SPIK9wUXogo