CARLOS MARÍNDon Guillermo, quien logró desde la verdad acribillar en la senda de la desconfianza nacional a los que actuaron de mala fe, se ha ido para no volver; se ha marchado y con él, la justicia que reclaman quienes fueron contemporáneos a su valentía hace 27 años.

Por: Carlos Marín

En vano son las decisiones que se han logrado respecto al asesinato de uno de los periodistas más valiosos que ha tenido Colombia. Aquél 17 de diciembre de 1986  se empezó a escribir una historia que no está lejos de ser una vergüenza más en la rama judicial.

La  semana anterior se conoció que uno de los detenidos por el asesinato del periodista Guillermo Cano es inocente y que el Estado deberá indemnizarlo con mil millones de pesos. ¿No es esto una vergüenza en la  mal llamada justicia colombiana?

El caso queda sin rumbo, después de la noticia que pone en el peldaño de la inocencia a Pablo Enrique Zamora, uno de los hombres sindicados por la supuesta participación en el asesinato del periodista; este hombre terminará siendo una víctima de la injusticia; los jueces responsables del caso, se dice actuaron de manera apresurada y lo condenaron para presentar resultados en un caso que conmocionó a la nación, como otros que se perpetuaron en los años 80. Enrique pagó 10 años de cárcel de los 16 de su condena, y entonces pide ser indemnizado por la torpeza de haber sido privado de su libertad siendo ajeno a tal situación.

Zamora hace parte de un grupo de supuestos autores materiales que desde su captura le han venido reclamando al Estado la inocencia de la que sólo los peritos del proceso pueden dar fe; entendiéndose que algunos de ellos ya están libres, pues esa justicia cínica y mediocre no pudo dar con los verdaderos autores materiales.

Alberto Donadio, en su libro ‘Guillermo Cano, el periodista y su libreta’ hace honor al maestro, compilando varias editoriales y apuntes del mismo, aludiendo sin algún tipo de maquillaje narrativo a un hombre que le sirvió a Colombia desde la más sincera intención social.  Donadio, en el prólogo, describe a Don Guillermo junto con Héctor Abad Gómez, como los ciudadanos que llevaban marcado en el corazón el sentir social, la necesidad del pueblo.

Es una vergüenza que después de 27 años, la justicia que tanto pidió Guillermo en sus editoriales actúe en su contra; porque los marrulleros de la burocracia y los empalagosos del poder y la justicia, no tienen el coraje de encontrar la verdad, en tiempos que la impunidad agobia.

Quiero compartir en este artículo un apunte que encontré en el mismo libro que compila cantidad considerable de editoriales de Guillermo, denuncias que hacía por medio de su Libreta de apuntes. Esta, particularmente, fue publicada un mes antes de su asesinato.

-Noviembre 02 de 1986

La última palabra

“En Colombia estamos bajando la guardia frente al crimen organizado. En una campaña publicitaria para mejorar la seguridad de nuestras ciudades se ha dicho que los buenos pueden más que los malos. Estamos por creer que esa ecuación ha dejado de ser exacta. Los malos parecen ser ahora más que los buenos, a diferencia de otras épocas de la historia Colombiana. (…) Estamos cansados de diagnosticar los riesgos que corre nuestra sociedad… Cada día nos asombra más comprobar que en el Congreso se presentan proyectos de ley que van a favorecer a los narcotraficantes. Que la receta milagrosa es legalizar el narcotráfico. Que la panacea es el diálogo de la iglesia con los capos del narcotráfico. Que declaremos bienvenidos a los dineros acumulados por el narcotráfico, a costa de la vida de jueces, periodistas, ciudadanos inermes. (…) Sólo resta un paso en este panorama desolador; que los jueces todos, sin excepción, abdiquen  del poder de juzgar: que los legisladores cambien las leyes al acomodo y a la necesidad de los delincuentes; que los gobernantes se hagan los de la vista gorda en su cumplimiento de defender la vida, honra y bienes de los ciudadanos. Entonces estará dicha la última palabra. Esa palabra, en labios del narcotráfico, será una sola: ¡Vencimos!”

(Donadio, 2011)

Casi tres décadas después, las palabras de quien no ha sido reparado siguen retumbando, tal vez porque la realidad no es distinta, tal vez porque no hay garantías o tal vez porque ya la justicia en el caso de Don Guillermo Cano Isaza se ha marchado para no volver.