“Quiero traerte/ de mi tierrita/ la cosechita / que ya está en flor”, cantó con indecible ternura don Luis Ramírez, “El caballero Gaucho”, un juglar que nos legó un caudaloso cancionero, compuesto mientras veía pasar las aguas del río Cauca por el puerto de La Virginia, un pueblo que una vez fuera refugio de negros cimarrones.
Por: Gustavo Colorado Grisales

“Me contaron los abuelos/ que hace tiempo/navegaba en el Cesar una piragua/que partía de El Banco/ viejo puerto/ a las playas de amor en Chimichagua”, escribió el trovador José Benito Barros en tributo al Río Grande de la Magdalena, que cruza de sur a norte el mapa de Colombia.

Igual que a los países, a los mortales nos corre un río cuerpo adentro, desde el nacimiento hasta la desembocadura.

Por eso el río es un tópico en las músicas y las literaturas de todos los lugares y de todos los tiempos. Del Mackenzie al Mississippi y del Amazonas al Río de La Plata en las Américas. Del Támesis al Don y al Dniéper, pasando por El Sena, El Danubio y El Po, en Europa, hasta llegar al Nilo, El Ganges y el Río Amarillo en África y Asia, sus crecientes y sequías han sido cantadas y contadas a lo largo de las generaciones, porque ni los hombres ni los pueblos pueden ser sin el río: Sin el río no hay Historia.

Lo supieron los viejos que bajaron de las montañas donde nace el Mississippi a plantar en otras tierras la semilla de ese fruto amargo y dulce llamado blues.

Lo descubrieron tatuado en la propia piel los aventureros y contrabandistas que navegaron aguas arriba y aguas abajo el cauce de ese Amazonas tan insondable como el sueño de la serpiente Anaconda.

Lo vieron en los desvelos del destierro poetas como don Antonio Machado, cuando le cantó al rumor memorioso de El Duero y El Guadalquivir.

Lo temieron los legionarios romanos, que vieron correr las aguas cada vez más teñidas de sangre a medida que el imperio se desmoronaba.

En sus aguas se sintieron benditos los hombres y mujeres que bajaban al Ganges a descansar de sus reencarnaciones milenarias.

“¡Somos del agua!” exclamó el gitano Melquiades, contemplando uno de esos aguaceros de Macondo que parecían ríos precipitándose desde el cielo.

Es el río que trae y lleva dichas y horrores a partes iguales.

“Quiero traerte/ de mi tierrita/ la cosechita / que ya está en flor”, cantó con indecible ternura don Luis Ramírez, “El caballero Gaucho”, un juglar que nos legó un caudaloso cancionero, compuesto mientras veía pasar las aguas del río Cauca por el puerto de La Virginia, un pueblo que una vez fuera refugio de negros cimarrones.

En todas esas cosas pienso sentado en una piedra en la mitad del río Otún, que es él mismo la Historia de Pereira desde su primera fundación en 1540. Junto al río Consota, su eterno compañero de viaje, acaricia los bordes de la ciudad con sus manos de limo y arena. A veces, algunas veces, la mano se hace puño y golpea con una andanada de troncos y piedras. Entonces, el temor anida en los corazones y algunos sacan en peregrinación la imagen de Nuestra Señora de La Pobreza. De ese tamaño es nuestra fragilidad. Basta un mazazo de la naturaleza para reavivar el rescoldo de la fe.

Habitamos en el río y el río nos habita. Los poetas lo saben. Por eso, músicos tan dispares y tan cercanos a la vez como Rubiel Pinillo y Carlos Elliot Jr. Le cantan a la cadencia y al furor de las aguas del Otún. Rubiel con su picaresca de arrieros y Carlos Elliot con su blues de la montaña. Es su manera de enviarles una ofrenda, a través de sus aguas, a todos los ríos del mundo, como lo hiciera Robert Johnson con su entrañable Mississippi o el nostálgico Bruce Springsteen cuando canta: “We´d ride out of that valley/down where the fields were green/ we´d go down to the river/ and into the river we´d dive/ oh down to the river we´d ride”.

Todos los ríos el río, pienso a estas horas, mientras evoco unos versos diáfanos y puros del poeta colombiano Henry Luque Muñoz, que dicen más o menos así: “Por el Ganges bajaba una vaca/ bajaba muerta/ con el ternero vivo en las entrañas/ lo vi desde la barca, mortales/ vi por el agua bajar ese milagro”.

Cosas que lo asaltan a uno cuando le da por sentarse en una piedra enorme, como una barca varada en la mitad del río.
PDT. Les comparto enlace a la doble banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=BJV1cxR1rzI

 https://www.youtube.com/watch?v=nAB4vOkL6cE