Sospecho que siempre ha existido ese impudor, presuntuosamente especialista, a opinar sobre tal o cual tema, sin temor al equívoco; la dictadura del sentido común, la fobia a decir “no sé”, el capricho por llenar el silencio después de una pregunta con barbaridades eruditas o carreta ilustrada. Han de ser rasgos humanos.

 

Por: Giussepe Ramírez

@Animalmoribundo

Lo que más admiro del capitalismo es el relato clásico de Adam Smith sobre la fábrica de alfileres para explicar la eficiencia de la división y especialización en el trabajo: repetir la misma tarea hasta que sea casi lo único que sabemos a ciencia cierta y sobre lo que tenemos autoridad intelectual (empírica).

También es tenebroso, claro, que un individuo repita una acción productiva durante años y su creatividad, sacrificada en la producción, se esterilice. Pero bastante avanzó la humanidad, técnicamente, cuando entendió que se podían producir alfileres a ritmo exponencial si en vez de enseñarle a un obrero todo el proceso, se le instruía en solo una parte de él.

El internet y el fácil acceso a la información ha creado un espejismo: el saber enciclopédico o especialista en distintas disciplinas a un click. Es muy probable que las gentes en la antigüedad, incluso las más anodinas, también apelaran a la manía de opinar sobre todo y pontificar en asuntos ajenos a su experiencia y estudio, de arreglar el mundo en un par de minutos y creer que sí, que sus palabras eran la solución a este mundo complejo y compungido. La diferencia sustancial es que no tenían, los anónimos y anodinos, los canales para ser escuchados por una gran masa, y lo peor, que fueran tomados en serio.

Sospecho que siempre ha existido ese impudor, presuntuosamente especialista, a opinar sobre tal o cual tema, sin temor al equívoco; la dictadura del sentido común, la fobia a decir “no sé”, el capricho por llenar el silencio después de una pregunta con barbaridades eruditas o carreta ilustrada. Han de ser rasgos humanos.

Antes, en los años cuando no existían años y nadie sabía escribir porque a nadie se le había ocurrido el milagroso artificio, el conocimiento era motivado y adquiría sentido por la sobrevivencia en sí, por tener que resguardarse de la lluvia y dar muerte a la comida de la noche. Después, cuando empezó a escribirse en piedra y a comunicarse el conocimiento de forma menos efímera, los motivos eran más intrínsecos y menos afanosos: conocer por conocer.

La imagen del intelectual antes de internet quizás esté asociada al individuo estudioso y con criterio, clavado décadas en lo concerniente a una disciplina, con un tipo de vida asceta y lectora hasta el desgaste masoquista de los ojos. El internet ha distorsionado esa imagen y ha creado la ilusión de que podemos tener acceso al conocimiento profundo de manera exprés. Hay un desdén por el saber riguroso, el tiempo dedicado a ello y la autocrítica del sistema científico. Creemos que sabemos sobre todo y una autoridad suprema nos unge porque leímos un articulito (de dudosa procedencia) o escuchamos el encadenamiento de descabellados relatos mimetizados como ciencia.

Advierto que no me embarga la nostalgia por esos intelectuales encerrados en monasterios, dándole vueltas a una misma idea por años, hasta el cansancio, alimentándose de lecturas de tratados larguísimos y complejos. La democratización de la información, cómo no, es algo deseable. Lo que me preocupa es la opinión ligera de cualquiera, con un convencimiento miedoso, sobre temas a los que algunas personas han dedicado gran parte de su vida para alcanzar un entendimiento limitado pero riguroso.

Un incauto, mientras almuerza sopa de sobre, ve un video en Youtube (narrado por una de esas voces robóticas prediseñadas) sobre el dólar y los illuminati y que en la guerra de poder las potencias no alineadas con Estados Unidos van a dejar de usar el dólar para comerciar, y entonces dice que ahora sí van a aprender los gringos, que la moneda les va a quedar valiendo nada. Y uno piensa en los analistas de comercio internacional y los economistas que todavía construyen modelos con agentes racionales.

Otro se topa con un video que anuncia que la misión china a Marte, con siete tripulantes, despega en dos semanas, y concluye que los gringos se quedaron atrás y los ojirasgados van a poner primero la bandera. Y uno piensa en los ingenieros espaciales analizando datos y materiales para poner al menos una sonda en órbita que no se prenda fuego a la salida.

Es posible enfrentarse, al hacer zapping, con un especialista en lectura del tarot al que le preguntan, en cadena nacional, sobre ondas gravitacionales, y responde fluido, sin arredrarse ante su ignorancia.

Los ejemplos podrían extenderse a todos los campos del saber.

Del relato de los alfileres hay que rescatar que nos va mejor si cada uno se dedica a lo suyo y opina, en tono especialista y con autoridad, sobre lo que de verdad sabe. En esta época hipertextual hay que luchar, además de las fake news, contra la seudociencia y el “conocimiento” ligero.

(Este subgénero del columnismo, esta columna, es la principal fuente de impudor intelectual, además de los taxistas e intelectuales de cafetín).