Se nos olvida por un momento que en el nombre de la libertad también se cometieron muchos crímenes. Es verdad que religión y política es una mala combinación, pero fe y deseo de ver bien al otro, no lo es. ¿O no se supone que son las autoridades las primeras que debieran dar ejemplo de vida ciudadana?

 

Por: Diego Firmiano

¡Imponerse!, dice una columnista, a propósito de su nota de opinión publicada en este medio titulada: “A Dios lo que es de Dios y… que habla de una polémica que envuelve política y religión. En esa tajante declaración de la autora no se deja ver sino la intolerancia hacia la tolerancia. El irrespeto hacia las creencias de los demás. ¿Quién dijo que los laicos tienen la verdad en Colombia, que además de citar mal la Constitución del 91 para sus propios fines, tratan de imponer a otros al silencio? 

En lo que crea un laico es asunto personal, pero tampoco el laicismo debe rebasar los límites y el respeto por la fe que profesa una persona individual o pública. ¿Hicieron estos alcaldes rebaja de impuestos locales por creer en Jesucristo? O ¿prometieron la vida eterna al que vote por ellos? Los medios siguen haciendo la noticia y el morbo social sigue deseando que el desgraciado y el delincuente sigan en las mismas sin posibilidad de cambio. ¡Que hipocresía!

No conozco a la señora columnista, pero conozco bien el sistema capitalista en el que estamos (ella, yo y todos) para asegurar que en la sociedad a la gente le han quitado la risa, el descanso, el alma y ahora su fe está puesta en entredicho.  Se nos olvida por un momento que Pereira fue consagrada a la virgen de la pobreza, y no por eso estamos obligados a ser pobres. De igual manera, un par de alcaldes (Luz Marina Cardozo y Óscar Jhonny Zapata Ruiz) que deciden entregar las llaves de la ciudad a Jesucristo, o consagrarla a su deidad, no obligan a la gente a ser creyentes a fuerza de lid.

Que arrogancia ciudadana es obligar a los servidores públicos a creer o descreer en algo o en nada, por el hecho de pagar un par de monedas o billetes arrugados como impuestos. Sobre este revuelo pienso, sin duda, que se puede ser intelectual sin necesidad de ser inteligente, y opinante profesional al oír las noticias sensacionalistas del medio día y escuchar lo que dicen en la plaza y los mercados.

El inmanentismo de la columnista mencionada (bienes terrenales, aquí y ahora) ¿no reduce a la gente a meras tuercas reemplazables de un sistema, sin posibilidad de esperanza? Porque arrebatarles la fe en Dios, influenciada por el ejemplo de sus líderes (alcaldes). Y aquí pregunto: señora, ¿desea que los alcaldes consagren ciudades a San Pablo Escobar, a San Garavito de Pereira, o al diablo, como ya lo hacen en Riosucio? La libertad tiene sus límites y nadie es árbitro para juzgar qué decisión para bien, social o espiritual debe tomar un funcionario o funcionaria pública.

Con las reacciones laicas  sobre el asunto (reacciones que respeto, pero no comparto) se impone la Intolerancia contra la Tolerancia. Siendo humanista, como creo que es la señora columnista mencionada, me asombra que tache esa máxima de Evelyn Beatrice Hall, mal atribuida al gran Voltaire, “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Yo no la subrayo, la resalto.

@DFirmiano