El arte, en este caso el cine, trae a la luz aquellas dificultades que tienen los cubanos; sin embargo, el cine y la conversación con el director les recuerda a los asistentes al cine que cada país tiene sus tragedias, que los políticos están hechos, en la mayoría de casos, de un material nauseabundo y que la vida, en muchas ocasiones, se pierde en laberintos que no logramos abandonar.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Cuba es un país que despierta amores y odios en Colombia. No se puede pasar inadvertido cuando en medio de una conversación evocamos al país de los barbudos, de Silvio Rodríguez o Celia Cruz; idealizamos o repudiamos.

A Belén de Umbría (Risaralda) llegó en medio del sexto Festival de Cine por los Derechos Humanos la película-documental cubana La singular historia de Juan sin nada y junto a ella su director, guionista y productor Ricardo Figueredo.

Belén de Umbría es un pueblo conservador donde el café y el plátano mueven la economía. Para llegar a él es preciso atravesar el Valle del Risaralda y los cultivos de caña; después serpentear las montañas de la cordillera Occidental para toparse, de un momento a otro, con el pueblo. Las calles empinadas y una plaza con un Bolívar solitario son el primer cuadro con el que se encuentran los foráneos. Los campesinos y habitantes del pueblo caminan por sus calles, al parecer sin ningún rumbo, siempre están moviéndose.

A este pueblo llegó Ricardo Figueredo desde Cuba. Él tampoco se detiene, moviendo su delgada figura, caminó por el teatro municipal con la mayor confianza, como si estuviera en su Cuba natal, bebió del café y se tomó fotos con los niños del pueblo.

El gran logro de este festival por los Derechos Humanos fue invitar a este cubano a charlar con los habitantes de un pueblo cafetero. Así se vio a Ricardo, conversando con las personas, respondiendo y también haciendo preguntas; se conversó para anular las distancias que hay entre dos países tan distintos como Cuba y Colombia.

Conversar para espantar idealizaciones y ahuyentar odios. Quizá esa sea la gran fuerza del arte de la conversación, como lo llamaría Montaigne, porque al darnos la posibilidad de escuchar al otro, ¡escucharlo realmente!, es posible conocer otros mundos, otras opiniones y abandonar esos monólogos en los que se vive a diario. Ricardo conversó con los asistentes, respondió a interrogantes, planteó dudas y dejó entrever como el arte rompe con las idealizaciones.

Ahora bien, la película-documental La singular historia de Juan sin nada describe como una pintura realista los problemas económicos por los que pasa un cubano para llegar a fin de mes. Una libreta que sirve para reclamar un pequeño mercado que no dura más de diez días, una moneda devaluada y un salario que hay que estirar para conseguir los demás productos, un mercado negro, una segunda moneda de cambio, el dólar, el bloqueo… Juan habita un laberinto económico del cual no se sabe si existe la salida.

Al final, Ricardo Figueredo, con la confianza que da el arte y la alegría que lleva en las venas –herencia del mestizaje cubano–, dio la oportunidad a los asistentes de preguntar y opinar respecto a la vida en Cuba. Sin las pretensiones de un político comunista o un detractor, se dejó llevar por la palabra.

¿Cuba es el paraíso?, ¿cómo hacer cine en un país, al parecer, con tantas restricciones?, ¿los cubanos viven esclavizados?, ¿cómo les va a los defensores de derechos humanos en Cuba? Preguntas y más preguntas se fueron dando en el ambiente y Ricardo, con el cariño del Caribe, las respondió una a una.

El objetivo de la película-documental es mostrar la Cuba que muchos por sus creencias no quieren ver. Se hacen la imagen de un paraíso en la tierra, lo cual no es cierto: los cubanos enfrentan problemas serios en su cotidianidad y los políticos, como en todos los lugares, no hacen mucho por solucionarlos, relata Ricardo.

Esto no les gusta a muchos, en especial a esos comunistas de libros que se han formado una imagen romántica de Cuba. Sí, Cuba tiene grandes triunfos, al igual que grandes problemas y el cine es una forma de retratar esa realidad que muchos no quieren ver. Así se expresa Ricardo, mientras se mueve de un lugar a otro, se inclina y observa a las personas que lo escuchan.

Tampoco voy a desconocer los avances que tienen, por ejemplo: que una mujer pueda practicarse un aborto en cualquier circunstancia o que un padre pueda ir a la cárcel diez años por no enviar a su hijo a la escuela. Medidas que, unidas a la buena educación y salud, beneficien a todos los cubanos. Es indispensable conversar alrededor de la complejidad cubana.

Tras la pregunta de los derechos humanos, Ricardo confiesa que el discurso de los derechos humanos no es bien visto en Cuba (para muchos comunistas se ha utilizado como arma ideológica de la derecha); sin embargo, relata que allá a nadie lo han matado por defender los derechos humanos y espera que no imiten lo que sucede en Colombia, donde casi a diario muere un líder social o defensor de derechos humanos. El auditorio guardó silencio y todos agachamos la mirada.

Así en medio de la charla, se revela que La singular historia de Juan sin nada es un ejercicio de atreverse a ver de frente la realidad y los problemas de un país. Tanto en la vida privada como pública se evaden las responsabilidades y se oculta el fracaso.

El arte, en este caso el cine, trae a la luz aquellas dificultades que tienen los cubanos; sin embargo, el cine y la conversación con el director les recuerda a los asistentes al cine que cada país tiene sus tragedias, que los políticos están hechos, en la mayoría de casos, de un material nauseabundo y que la vida, en muchas ocasiones, se pierde en laberintos que no logramos abandonar.

Al final Ricardo se quedó conversando con dos hombres que seguían intrigados por las preguntas y la vida en Cuba, mientras las demás personas abandonan el auditorio y la noche avanza en tierras cafeteras a la espera de que otra conversación se pueda dar.

ccgaleano@utp.edu.co